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Publicado el 28 de agosto, 2015

Sin dedos y buscando el piano

Periodista Marcel Oppliger
Si había una forma de NO manejar lo que pasó ayer, es precisamente la que escogió La Moneda, con notable creatividad.
Marcel Oppliger Periodista

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Cuesta parecer convincentemente ecuánime en la crítica política al actual gobierno. Y no por ojeriza opositora, sino veamos la larga (y creciente) lista de figuras de la centroizquierda que han disparado por toda clase de motivos contra la Nueva Mayoría, su programa y su administración: Ricardo Lagos, José Miguel Insulza, Mariana Aylwin, Andrés Velasco, José Joaquín Brunner, Edmundo Pérez Yoma, Oscar Guillermo Garretón, Eduardo Aninat, Carlos Figueroa, Camilo Escalona, Manuel Marfán, René Cortázar y varias más.

Hace menos de dos años ésas eran personalidades políticas con experiencia, prestigio y autoridad a juicio de los mismos que hoy gobiernan desde La Moneda y el Congreso, pero ya no quedan dudas de que no creen que esta administración represente las ideas ni el legado que hicieron de la centroizquierda chilena un ejemplo elogiado a nivel mundial.

Entonces, ¿qué pensarán esos líderes ex concertacionistas del bochorno de ayer con los camioneros? Porque una cosa es que no compartan un programa de reformas o cierta manera de conducir los procesos —como está pasando con gran parte del país—, y otra muy distinta constatar el nivel de incompetencia política que se ha vuelto el estándar de este gobierno, desde el impasse de los cuasi subsecretarios despedidos en adelante.

¿Cómo no va a ser incompetencia que, por una decisión que avaló el gobierno central, lo que era una protesta localizada y sobre un tema específico —los ataques incendiarios a camiones en La Araucanía y el paso por la Alameda de los manifestantes— se haya transformado en una crisis nacional que nada tiene que ver con eso? Si había una forma de NO manejar lo que pasó ayer, es precisamente la que escogió La Moneda, con notable creatividad. Porque prohibir la entrada a Santiago de todos los camiones de “doble eje” era quizás el único modo imaginable de subir al mismo bote a todo el gremio a lo largo del país, como siempre han soñado los conductores de la IX Región y procurado evitar los gobiernos de cualquier signo.

En suma, antes había razones para dudar que el gobierno tuviera “dedos para el piano”, pero desde ayer ni siquiera está claro que alguna vez se siente al instrumento.

Esto es grave por las razones obvias, pero también por otras que son menos obvias y más inquietantes en el largo plazo. Diversos autores han demostrado que, en la percepción ciudadana, la legitimidad de la democracia está muy asociada a las capacidades del Estado y del Ejecutivo. Cuando el Estado entrega servicios deficientes o cuando el gobierno de turno es incompetente, muchas personas tienden a atribuirlo a fallas del sistema democrático como tal. Lo cierto es que democracia y buen gobierno no van necesariamente de la mano, y ésa es una de esas ecuaciones que las sociedades libres están siempre en proceso de resolver, porque no admite una solución única y definitiva.

No son pocos los problemas del ámbito público en años recientes atribuibles al Estado o a la autoridad gubernamental, como el Transantiago, el descenso de la matrícula municipal o, claro, la violencia en La Araucanía, una situación en que los estamentos políticos, judiciales y policiales tienen directa responsabilidad.

Cuando cosas así parecen suceder una tras otra y no hay soluciones a la vista, es casi natural que más gente crea que el problema debe estar en “el sistema”, que algo no funciona en “el modelo” o que incluso la sociedad entera sufre de “malestar”. Las culpables serían las instituciones que tenemos —por anticuadas, injustas o corruptas, según esa tesis—, rara vez las personas a las que ponemos a cargo.

No puede haber buen gobierno sin buenos gobernantes. Hoy el problema no es el piano, es el pianista.

 

Marcel Oppliger, periodista.

 

 

FOTO:MARIO DAVILA/AGENCIAUNO

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