Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 17 de noviembre, 2018

Sergio Muñoz Riveros: ¿Va EE.UU. hacia una crisis política?

Analista político Sergio Muñoz Riveros

¿Cuánto resistirá la democracia norteamericana? ¿Qué va a pasar cuando la Cámara de Representantes, ahora con mayoría demócrata, intente poner coto a las demasías de Trump?

Sergio Muñoz Riveros Analista político
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Pese a que Donald Trump obtuvo 2,8 millones de votos menos que Hillary Clinton en la elección presidencial de 2016, el sistema de elección indirecta que existe en EE.UU. le permitió llegar a la Casa Blanca. Dicho sistema le entrega la decisión definitiva a un colegio electoral cuyos miembros son elegidos de un modo que otorga un peso desmesurado a los estados con menos población, y en ese colegio Trump obtuvo más votos. De esta manera, se produjo el hecho insólito de que llegara a la Presidencia de los EE.UU. un postulante respaldado por una minoría de los ciudadanos. Fue la evidencia de un defecto estructural de la democracia en ese país, cuyo origen se remonta al pacto fundacional de la unión americana que, en los hechos, niega el principio “un hombre, un voto”, puesto que el valor del sufragio depende del Estado en el que vota una persona.

 

Extrañamente, este anacronismo no forma parte del debate público norteamericano. Nadie lo cuestiona abiertamente. Hay una mezcla de respeto y resignación ante las reglas históricas. Incluso algunos analistas dicen que se trata de un asunto imposible de reformar porque los estados favorecidos siempre se opondrán. O sea, se trataría de una disposición petrificada, que en la práctica puede neutralizar la voluntad de la mayoría de los ciudadanos al elegir al Jefe del Estado, con todas las consecuencias que ello tiene. La grieta constitucional es, entonces, muy profunda, y permitió hace dos años que un demagogo inescrupuloso alcanzara el poder.

 

Todos los estados eligen dos senadores, con independencia de su población. Por ejemplo, el estado de Wyoming, con menos de 600.000 habitantes, tiene la misma representación que el estado de California, con casi 40 millones de habitantes.

 

Paul Krugman (premio Nobel de Economía, columnista del New York Times) celebró el contundente triunfo conseguido por el Partido Demócrata en la elección de la Cámara de Representantes el 6 de noviembre, pero llamó la atención sobre la enorme distancia que hay entre “la América real y el Senado real”, que a su juicio plantea un problema de legitimidad del sistema político. “Casi el 60% de los estadounidenses viven en zonas urbanas con más de un millón de habitantes, y más del 70% en áreas con más de 500.000 residentes. Aunque los políticos conservadores ensalcen las virtudes del ‘Estados Unidos verdadero’ de las zonas rurales y las ciudades pequeñas, el Estados Unidos verdadero en el que vivimos, a pesar de contener ciudades pequeñas, es mayoritariamente metropolitano” (NYT, 9 de noviembre). Y sucede, agregó, que al momento de elegir el Senado, todos los estados eligen dos senadores, con independencia de su población. Por ejemplo, explicó, el estado de Wyoming, con menos de 600.000 habitantes, tiene la misma representación que el estado de California, con casi 40 millones de habitantes. Esto, por supuesto, no es un asunto puramente electoral, sino que desnuda una distorsión profunda de la verdadera fisonomía demográfica, económica, social y cultural del país.

 

“El Estados Unidos verdadero –dice Krugman-, es racial y culturalmente diverso; el Estados Unidos del Senado sigue siendo muy blanco. El verdadero incluye un gran número de adultos muy preparados; el del Senado, que quita peso a las dinámicas áreas metropolitanas que atraen a los trabajadores altamente preparados, tiene una proporción más alta de personas que no han cursado estudios universitarios, y en especial de blancos no universitarios. Con esto no pretendo denigrar a los votantes blancos no universitarios de las zonas rurales. Todos son estadounidenses, y todos merecen igual voz a la hora de forjar el destino de su país. Pero tal y como están las cosas, algunos son más iguales que otros. Y eso plantea un gran problema en una época de profunda división partidista”.

 

Moralmente desinhibido, conocedor de las técnicas del reality show, Trump tuvo la habilidad de explotar los miedos de los sectores que, frente a los factores de incertidumbre que provoca la globalización (en primer lugar, el temor al desempleo), son sensibles al discurso simplificador del populismo, que levanta enemigos execrables contra los cuales descargar las rabias y frustraciones (México, los musulmanes, China, los inmigrantes, etc.). Krugman dice que lo que Trump y el Partido Republicano venden “cada vez más se reduce a mero nacionalismo blanco: odio y temor hacia las personas de tez más oscura, con una fuerte dosis de antiintelectualismo combinado con antisemitismo”.

 

Trump ha socavado la cultura de la integración racial y cultural. Se trata de un gobernante que, de acuerdo al conteo que lleva la prensa, lanza un promedio de 100 mentiras o inexactitudes por semana.

 

Krugman anticipa un proceso de debilitamiento de la legitimidad del sistema político de EE.UU., y hasta una crisis constitucional en los próximos meses. Ni más ni menos. Una conclusión tan inquietante como esta, hecha por un hombre muy respetado, da la medida de la situación creada por una administración encabezada por alguien que representa la negación de muchos de los valores con los que se construyó la democracia norteamericana. En realidad, Trump convirtió la Presidencia de los EE.UU. en una trinchera de los grupos más retrógrados, al extremo de haber llamado “very fine people” a los grupos neonazis norteamericanos, representantes del supremacismo blanco. Trump ha socavado la cultura de la integración racial y cultural. Se trata de un gobernante que, de acuerdo al conteo que lleva la prensa, lanza un promedio de 100 mentiras o inexactitudes por semana. Ha calificado a los medios de comunicación que son críticos de su gestión como “enemigos del pueblo”, en primer lugar CNN, y denomina “fake news” a todas las informaciones que lo incomodan.

 

Arbitrario, misógino, vulgar, con una desorbitada capacidad para insultar a quienes se le oponen, Trump ha puesto en entredicho los fundamentos del sistema político de EE.UU., pero además, ha erosionado la autoridad de su país ante el mundo con una política atrabiliaria, de la que son muestras la hostilidad hacia México, los manotazos en materia de inmigración, el maltrato a los aliados europeos, la ruptura del compromiso sobre el calentamiento global, la guerra comercial con China, las simpatías hacia Putin y otros gobernantes autoritarios, etc. Fue visible su aislamiento en las ceremonias del fin de la Primera Guerra Mundial que tuvieron lugar en París. Al regresar a Washington, no dudó en disparar tuits rencorosos en contra del Presidente Macron, que había dicho que “el nacionalismo es una traición al patriotismo”.

 

El historiador mexicano Enrique Krauze dedicó un capítulo de su ensayo “El pueblo soy yo” (Debate, 2018) a la encrucijada que vive EE.UU. bajo el gobierno de Trump, y lo tituló así: “Fascista americano”. Allí, dice: “La democracia de Estados Unidos ha sido admirable justamente por haber acotado de raíz el poder absoluto concentrado en una persona. Su división de poderes, la autonomía de sus jueces, sus sagradas libertades cívicas, su pacto federal, sus pesos y contrapesos, integran una prodigiosa maquinaria que ha durado 240 años. Pero increíblemente hoy, con el arribo de Trump al poder, esa democracia está sometida a una prueba sin precedentes, la ambición del demagogo caprichoso e ignorante que buscará a toda costa el poder absoluto. No es seguro que lo logre, pero tampoco es seguro que no”.

 

Sobran las pruebas de la intervención rusa en la elección de 2016 con vistas a favorecer a Trump, y éste se limita a decir que no hubo colusión.

 

En una entrevista reciente, el famoso actor y director Robert Redford expresaba así su consternación frente al momento que vive su país: “No sé si podemos caer más bajo. Sigo de luto por un país que nunca he visto tan dividido. Crecí en el Los Ángeles de posguerra y como país nunca estuvimos más unidos. Fueron buenos años. El ambiente actual es tóxico” (El País, 11/11/2018). Ese es un sentimiento compartido por millones de norteamericanos abrumados por el cotidiano discurso de odio de Trump.

 

Desde el punto de vista de los intereses de EE.UU., ¿qué es lo más grave que ha hecho Trump? Haber establecido nexos turbios con el gobierno de Vladimir Putin y los millonarios rusos protegidos por este, en los que se han mezclado los negocios y los intereses políticos. Sobran las pruebas de la intervención rusa en la elección de 2016 con vistas a favorecer a Trump, y éste se limita a decir que no hubo colusión. Sin embargo, las agencias de inteligencia de EE.UU. parecen no tener dudas de que Rusia, que sigue siendo el mayor adversario estratégico, ha contado con aliados dentro de EE.UU. para extender sus redes de influencia económica y política, y que varios de ellos han formado parte del círculo de confianza del mandatario. Es probable que los recelos que Trump despierta en esa comunidad, y también en las Fuerzas Armadas, sea ya irreparable. No es un detalle que John Brennan, que se desempeñó como director de la CIA entre 2013 y 2017, haya hablado de “traición” al referirse al comportamiento obsecuente de Trump frente a Putin.

 

El Partido Republicano ha llegado muy lejos en su apoyo a Trump, pero es improbable que acepte hundirse junto a él.

 

¿Cuánto resistirá la democracia norteamericana? ¿Qué va a pasar cuando la Cámara de Representantes, ahora con mayoría demócrata, intente poner coto a las demasías de Trump? La pugna de poderes puede volverse muy enconada. El mayor interrogante es, por cierto, el desenlace de la investigación que lleva adelante el fiscal especial Robert Mueller desde hace más de un año sobre la intromisión rusa en la elección de 2016 y los delitos vinculados a ella, lo que ha significado el procesamiento de varios colaboradores de Trump. Todo indica que la información acumulada en esa investigación es una bomba de tiempo. Luego de que Trump despidió, al día siguiente de las elecciones, al Fiscal General Jeff Sessions, se han alzado numerosas voces que advierten sobre el peligro de que el Mandatario intente frenar a cualquier precio la investigación del fiscal Mueller, lo que plantearía un caso flagrante de obstrucción a la justicia y abriría la posibilidad de un juicio político. El Partido Republicano ha llegado muy lejos en su apoyo a Trump, pero es improbable que acepte hundirse junto a él.

 

Es innegable que la institucionalidad norteamericana está sometida a una tensión no conocida antes. ¿Será cierto, como afirma Krugman, que viene una crisis constitucional en los próximos meses? Parece haber fundamentos para razonar así. De Trump, que es propiamente un megalómano, puede esperarse cualquier cosa. Y lo que pase en EE.UU. puede repercutir, para bien o para mal, en el mundo entero.

 

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: