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Publicado el 1 septiembre, 2020

Sergio Muñoz Riveros: Allende y la UP ante la historia

Analista político Sergio Muñoz Riveros

Al cumplirse 50 años del triunfo electoral de Salvador Allende, a la cabeza del bloque de la Unidad Popular, la pregunta es inevitable: ¿podemos aprender de la historia? En realidad, no hay garantías al respecto, ya que el eventual aprendizaje exige resistir las simplificaciones, los relatos convenientes y los mitos, asunto nada sencillo.

Sergio Muñoz Riveros Analista político
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En el mundo de la izquierda, ha durado demasiado tiempo la coacción moral orientada a silenciar cualquier análisis crítico de la experiencia del gobierno de la Unidad Popular. Así, las críticas a la gestión de Allende se suelen calificar como ofensas a su memoria y a la memoria de las víctimas de la dictadura. Pero, en realidad, lo que ofende a las víctimas es tapar las verdades incómodas, convertir en tabú la revisión de lo que fue aquel gobierno con el argumento de que reconocer sus errores implica darle la razón a Pinochet. Es el temor de que una revisión rigurosa implique cuestionar la visión que adjudica el bien al bando propio y el mal a los adversarios.

Lo concreto es que la UP llevó a Chile adonde lo llevó. El escenario y la dinámica del período 70-73 fueron definidos ante todo por el diagnóstico y la terapia que la izquierda consideró que necesitaba Chile. El proyecto no dejaba dudas sobre los objetivos. “El objetivo central del gobierno del pueblo, –decía el programa de la UP-, es ponerle fin al poder de los imperialistas, de los monopolios y de la oligarquía terrateniente, y comenzar la construcción del socialismo en Chile”. En un país que había logrado significativos avances sociales durante el gobierno de Frei Montalva, la izquierda impulsó, bajo la promesa de la igualdad, una revolución que debía apuntar a la derrota del capitalismo. La UP hablaba de “conquistar el poder” para construir “un Chile bien diferente”, como decía una canción de entonces.

La UP se había constituido en octubre de 1969 como alianza del Partido Socialista, el Partido Comunista, el Partido Radical, el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) que surgió ese año luego de escindirse de la DC, y la Acción Popular Independiente, un movimiento formado por ex colaboradores del General Ibáñez. El sello, en todo caso, estaba dado por el PS y el PC, de raíz marxista, que habían alcanzado fuerte arraigo en el proletariado minero e industrial, además de influencia en sectores medios y el mundo de los artistas y escritores. La relación de socialistas y comunistas había sido largamente conflictiva, y en los años 60 ello se tradujo en una posición discrepante frente al gobierno democratacristiano: dialogante y abierto a los acuerdos el PC, y duramente opositor el PS. No solo eso, en los años de Frei, el PS derivó hacia la fascinación por el régimen de Fidel Castro en Cuba, que proclamaba que la lucha armada era el único camino de liberación de los pueblos de América Latina. Así, y no obstante que el gobierno de Frei Montalva garantizaba plenamente las libertades, el PS aprobó en sus congresos de Linares (1965) y Chillán (1967) la posibilidad de recurrir a las armas para conquistar el poder. En esos años, nació también el MIR, que llevó a cabo asaltos a bancos y supermercados, a los que llamaba “expropiaciones”. Lo que importa destacar aquí es el hecho de que aquel PS, solidario incluso con la guerrilla del Che Guevara en Bolivia, es el que entró con Allende a La Moneda.

¿Qué era el socialismo para aquella izquierda? En primer lugar, el dominio estatal de la economía, mediante la expropiación o nacionalización de los medios de producción, pero también mediante el control de la emisión monetaria, el control del crédito, el control de precios, etc.  El principio cardinal de la concepción del cambio era la lucha de clases: había que derrotar a la burguesía, por medios legales si era posible, o por otros medios si era necesario.

La única transformación impulsada por Allende que consiguió apoyo transversal fue la nacionalización del cobre, negociada con la oposición y que posibilitó su aprobación unánime en el Congreso. El mandatario pudo haber consolidado ese cambio y buscado acuerdo en todo lo demás. Pero no fue así. Con poca conciencia de los límites, Allende avaló la línea dogmática y rupturista de los responsables del área económica. Así, el gobierno de la UP se apoderó, directa o indirectamente, de casi todos los bancos; confiscó o intervino cientos de industrias; expropió tierras a marchas forzadas, todo ello en un proceso caótico, que chocó una y otra vez con la legalidad.

A fines de 1971, y pasada la bonanza de las alzas de salarios y aumento del consumo, vinieron las consecuencias de una línea de diseño precario que empezó a desarticular la actividad económica. En 1972, el cuadro termina por volverse crítico: desabastecimiento de productos de primera necesidad, mercado negro, caos en las empresas intervenidas, inflación desatada, etc. El gobierno fue sumando enemigos por todos lados, y provocando franca animadversión entre los afectados por los cambios: agricultores, industriales, comerciantes, funcionarios públicos perseguidos, etc.

Luego del Paro de Octubre de 1972, que comprometió a los gremios de camioneros, empresarios, comerciantes, agricultores y a la mayoría de los colegios profesionales, Allende intentó negociar con la DC, pero con poca claridad y escaso apoyo de la UP, sobre todo de su propio partido, en el que parecían prevalecer los impulsos suicidas. En ese contexto, los discursos de dirigentes como Carlos Altamirano, jefe del PS, en los que se anunciaba que el enfrentamiento era inevitable, acrecentaron los temores de los empresarios, las capas medias y ciertamente de los militares, sobre la posibilidad de que la UP copara todo el poder. A ello ayudó el empeño del MIR por sobrepasar al gobierno y crear un clima de ruptura revolucionaria, que tuvo como contrapartida las acciones de movimientos de ultraderecha como Patria y Libertad.

Un proyecto agotado

En noviembre de 1972, Allende llevó a las FF.AA. al gobierno (los propios comandantes en jefe se incorporaron al gabinete), con el fin de poner cierto orden en el país y asegurar que la elección parlamentaria de marzo del año siguiente se efectuara normalmente. En los hechos, el proyecto de la UP se agotó el 72, puesto que cogobernar con los militares no estaba en el libreto revolucionario. Allende recurrió a las FF.AA. para salvar su gobierno, pero eso mismo agudizó la confrontación política, e incluso la llevó a los cuarteles.

A esas alturas, los sentimientos dominantes en la sociedad chilena eran el miedo y el odio. Los choques entre partidarios y adversarios del gobierno se volvieron frecuentes, y se hizo ostensible que en ambos extremos se juntaban armas. Era el resultado de una dinámica devastadora: el enfrentamiento entre quienes consideraban que nada era más importante que “hacer la revolución”, y quienes consideraban que lo más importante era impedirla a toda costa. Allí está el origen de la tragedia. De ese modo fue que la irracionalidad contaminó la convivencia, el diálogo se hizo imposible y la violencia abonó el terreno para el colapso de las instituciones.

¿Pudo haber estallado una guerra civil entonces? El PC, la fuerza más realista del gobierno, lo creyó así. Luego del levantamiento del regimiento Blindados N°2, el 29 de junio de 1973, sofocado por el General Carlos Prats, el PC lanzó la campaña “No a la guerra civil”, que era inocultablemente defensiva y revelaba que sus dirigentes no se hacían ilusiones respecto de cuál sería el desenlace si se desataba la violencia en gran escala. Luis Corvalán, el líder comunista de entonces, llegó a pedirle públicamente al cardenal Raúl Silva Henríquez que la Iglesia Católica interviniera para lograr el apaciguamiento. Para desgracia de Chile, ese apaciguamiento no se produjo.

No hay duda de que la intervención extranjera gravitó en el desenlace. La intervención norteamericana fue investigada por el propio Senado de los EE.UU., y probó que el gobierno de Richard Nixon buscó por todos los medios el fracaso de la experiencia izquierdista en Chile. Pero hubo otra intervención, aparentemente solidaria y amistosa con el gobierno de Allende, la del régimen cubano (ver “Allende y la intromisión cubana, El Líbero, septiembre de 2018). En cualquier caso, el factor principal fueron los efectos económicos, sociales, políticos, militares y hasta sicológicos que provocó el experimento de la UP en la sociedad chilena.

En voz baja

El experimento de la UP respondió a la visión reduccionista que se derivaba de esa forma de pensamiento mágico que era el marxismo-leninismo, en rigor una religión que llegó a tener millones de fieles en el mundo, y que sostenía que “el sentido de la historia” llevaría ineluctablemente al hundimiento del capitalismo y al triunfo del socialismo, primera etapa de la sociedad comunista. Tal era el principio articulador con el que las fuerzas de izquierda habían hecho su camino en Chile desde fines del siglo XIX. La redención del proletariado y los pobres solo se alcanzaría mediante la derrota de la burguesía, de los dueños de las fábricas, las tierras y los bancos, para poner las bases de una nueva sociedad. No sería sencillo, se decía, pues habría resistencia. Por lo tanto, había que estar dispuestos a vencer esa resistencia. El relato sostenía que la lucha de clases podría expresarse de diversas formas, pero finalmente se resolvería a favor de los trabajadores y haría necesaria una etapa –la dictadura del proletariado- que debía impedir que los explotadores recuperaran el poder. En confianza, en voz baja, así razonaban los dirigentes comunistas y socialistas en ese tiempo.

Se ha dicho quela  UP exploró una vía democrática para llegar al socialismo. Eso fue apenas un eslogan. Nunca hubo detrás de ello una concepción madura, que tuviera, por ejemplo, alguna cercanía con la experiencia socialdemócrata en Europa. Por lo demás, Allende solía contar que el Che Guevara le había regalado un libro en cuya dedicatoria afirmaba que el líder chileno buscaba los mismos fines que él por otros medios. Cuando visitó la URSS, Allende declaró delante de los jerarcas soviéticos que ese país era “el hermano mayor” de los pueblos.

Todas las fuerzas políticas llevan velas en el entierro de la democracia. La derecha hizo a un lado los escrúpulos republicanos para optar tempranamente por la salida de fuerza. En la DC, se terminó imponiendo la idea de “que pase lo que tenga que pasar”. Pero, la responsabilidad mayor, en realidad abrumadora, es de la izquierda, la cual, aunque ha transcurrido medio siglo, sigue eludiendo la raíz de la catástrofe. Culpar a EE.UU. y los opositores permite escabullir el bulto respecto del asunto más difícil de enfrentar: la relación entre la siembra de vientos y la cosecha de tempestades.

Fue tan estremecedora la caída del gobierno de la UP en 1973, tan brutal la vasta operación miliar que se inició con el bombardeo a La Moneda, que en ese mismo momento el fracaso de la experiencia izquierdista quedó cubierto por los sufrimientos y el duelo de miles de familias. El horror se impuso frente a cualquier otra consideración. Por lo menos la mitad de los chilenos celebró o aceptó el golpe de Estado de 1973, y mucha gente optó por cerrar los ojos ante la represión porque pensaban que los militares, en el contexto de una sociedad tan dividida, tenían que usar los métodos que estaban usando. En el fondo, esa gente se sintió aliviada porque temió que la solución de fuerza viniera del lado de la izquierda. En la lógica devastadora de “ellos o nosotros”, sintió que se había salvado de un golpe marxista, e incluso de la guerra civil.

Los informes Rettig (1991) y Valech (2004) documentaron la magnitud del costo humano de la dictadura. Fracasó el relato que buscó explicar los crímenes como consecuencia de una supuesta guerra interna. No hubo guerra en Chile, sino represión inmisericorde. Las FF.AA. cargan con la ignominia del asesinato de prisioneros. Es explicable entonces que las heridas no hayan cicatrizado del todo.

Enfrentar la historia

Necesitamos que la memoria no sea estéril. Para extraer lecciones duraderas de lo vivido, hay que examinar las causas del desastre, enfrentar la historia sin coartadas. Eso implica un esfuerzo para que las filiaciones políticas o ideológicas no adormezcan la capacidad reflexiva. Tácita o explícitamente, las corrientes de izquierda y centroizquierda han aceptado que, respecto del análisis del período 70-73, es mejor pasar de largo. Así, la reflexión y la autocrítica han tenido muchas dificultades para abrirse paso. Como consecuencia de ello, hay gente joven que tiene una visión idealizada del período allendista, y hasta cree que es necesario retomar ese camino. Ello es notorio cuando se escucha razonar a algunos jóvenes diputados socialistas, comunistas o del Frente Amplio. El problema es que hay viejos que podrían explicarles ciertas cosas básicas, y en lugar de eso, y quizás para sentirse jóvenes, prefieren avalar la mitología.

Así, se ha afianzado en el mundo de la izquierda una narración sostenida en la confortable visión de que las responsabilidades por la tragedia están en otro lado, nunca en el propio. Ello ha impedido tener conciencia de que, para que no se reediten las violaciones de los DD.HH., hay que evitar que se reproduzcan las condiciones que permitieron la instalación de la dictadura. Fue la pérdida de la democracia, y por ende del sistema de protección de las garantías individuales, lo que dejó el campo abierto para los peores crímenes. Y esa democracia fue debilitada en gran medida por el discurso revolucionario que la despreciaba por formal y burguesa. Hasta que vinieron los tanques y pasaron por encima de esa democracia.

La UP no puede ser salvada históricamente por consideración a lo que vino después: es exactamente al revés, porque fueron terribles las consecuencias, no pueden excusarse la ceguera ideológica, el mesianismo y la incapacidad para entender el camino hecho por la nación para construir un régimen de libertades y de avances graduales. La superstición revolucionaria en los hechos borró la historia distintiva de Chile, los antecedentes sobre cómo construyó lo que tenía, cuál fue la contribución de los diversos sectores. La maqueta ideológica no dejó ver el país real. Incluso al identificar males verdaderos como la desigualdad, la pobreza y las injusticias, la UP erró completamente en el tratamiento de esos males al creer que su causa era la propiedad privada de los medios de producción y que el mejor remedio era ponerlos en manos del Estado.

El mundo ha cambiado en los últimos 30 años de un modo muy distinto al que imaginaba la izquierda de entonces. Se hundió la URSS, que era vista como la vanguardia del mundo nuevo. Cuba, luego de 61 años de dictadura, no es ejemplo de nada. En suma, aquel socialismo no significó ni libertad, ni prosperidad ni igualdad, y está asociado al sacrifico de millones de seres humanos.

“Se cometieron errores”, dicen a veces como último recurso quienes no quieren reconocer la causa última de la derrota de la izquierda. Es comprensible, pues la verdad es demasiado dolorosa. La UP fue un proyecto equivocado, que se fundaba en la ensoñación creada por la matriz ideológica soviética que se vino al suelo a partir de la caída del Muro de Berlín, en 1989. Es hora de reconocer que el balance del totalitarismo comunista fue desolador en todas partes. Lo increíble es que las tres dictaduras que subsisten en América Latina -las de Cuba, Venezuela y Nicaragua-, sigan enarbolando las banderas del fracaso, y más increíble aún que tengan seguidores en Chile.

El avance hacia la tragedia

¿Qué se puede decir sobre Allende? Es evidente que se ha convertido en leyenda, y ya sabemos que con las leyendas no se puede discutir. Se trata de un personaje dramático de nuestra historia, que no tuvo conciencia de las implicancias del proceso que puso en marcha. No era un extremista, pero cedió ante quienes sí lo eran. Toda su trayectoria política se desarrolló en el marco de una institucionalidad que, paradójicamente, su gobierno buscó cambiar completamente. Ignoraba las leyes de la economía y, sin embargo, puso el destino de su gobierno en manos de quienes adoptaron las medidas económicas. El deseo de ser reconocido como revolucionario lo hizo actuar frente al régimen cubano de un modo que no lo honra. Solo en la etapa final percibió la tragedia que venía, pero no tuvo fuerzas para buscar, en contra de sus camaradas que gritaban “avanzar sin transar” una salida que salvara las libertades. Así, el país avanzó hacia una inmensa tragedia. Es cierto que Allende no estuvo dispuesto a convertirse en dictador, pero su gobierno fue visto por muchos chilenos como el prólogo de una dictadura marxista. Mostró coraje y dignidad en la hora final, cuando se abatió sobre Chile la noche de la dictadura, y miles de personas sencillas, que habían voceado su nombre en las campañas, pagaron con cárcel, tortura y muerte el fracaso de una penosa aventura.

La ausencia de reflexión ha impedido sacar lecciones de fondo sobre lo ocurrido. No es casualidad que a propósito de la revuelta del 18 de octubre de 2019 y el deterioro de nuestra convivencia que vino enseguida, muchos compatriotas se pregunten si estamos viviendo un momento parecido al del período allendista. El compromiso de una parte de la izquierda con el plan de interrumpir el mandato presidencial hace dudar por supuesto de su lealtad con las instituciones democráticas.

¿Qué decirles a los jóvenes en estas circunstancias? Que deben tratar de no tropezar en las mismas piedras que las generaciones anteriores, que es peligroso creer que de la violencia puede surgir una vida mejor. Hay que convencerlos de que nada es más importante que sostener la democracia, que ofrece la posibilidad de convivir en la diversidad. Necesitan saber que las libertades nunca están garantizadas y que cuando se pierden es muy doloroso. Es indispensable que sepan que este país fue construido ladrillo a ladrillo, y que para mejorarlo, no se puede destruir lo mucho bueno que hicieron los padres y los abuelos. En fin. Hay que decirles que, para mejorar el país que tenemos, es vital defender la paz, la libertad y el derecho.

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