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Publicado el 28 de julio, 2019

Sergio Merino: Vivir la solidaridad en la empresa

Presidente de USEC Sergio Merino

Agosto es el mes de la Solidaridad en memoria de San Alberto Hurtado, fundador de USEC hace más de 70 años. Este sacerdote jesuita fue uno de los primeros chilenos en enseñarnos con su ejemplo y compromiso incansable que la pobreza material ponía en riesgo el alma de las personas, que era un problema estructural y, como tal, requería de soluciones estructurales.

Sergio Merino Presidente de USEC
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Cuando uno es miembro de una institución como USEC y en los titulares de las noticias aparece una empresa que enfrenta una crisis que afecta a muchas personas, la gente legítimamente nos pide respuestas claras a preguntas que son incómodas. Uno mismo tiene que detenerse y revisar sus propias convicciones y prepararse para dar explicaciones ante cuestionamientos que son legítimos: ¿Ante quién responde una empresa? ¿Cuáles son las obligaciones que asume la empresa frente a la sociedad, sea ésta regulada o no? ¿Cuál es su compromiso y hasta dónde llega su responsabilidad en lo que hace bien, hace mal o deja de hacer?

Como este jueves parte agosto, el Mes de la Solidaridad, me propuse abordar la respuesta de un modo distinto. En esta tribuna hemos insistido en que las empresas tienen un fin que trasciende el de las utilidades, que pone en el centro de su atención la dignidad de la persona y que su meta es el bien común. Pues este mes quiero proponer un paso más allá. Que las empresas deben ser solidarias.

Agosto es el Mes de la Solidaridad en memoria de San Alberto Hurtado, fundador de USEC hace más de 70 años. Este sacerdote jesuita fue un pregonero incansable de la solidaridad y, probablemente, uno de los primeros chilenos en enseñarnos con su ejemplo y compromiso incansable que la pobreza material ponía en riesgo el alma de las personas, que era un problema estructural y, como tal, requería de soluciones estructurales. Esa forma de mirar la realidad es la solidaridad.

El concepto ha sido tan diversamente interpretado que hemos perdido su verdadero significado… y pocos serían capaces de relacionarlos directamente con la actividad empresarial. Para comprender la solidaridad, hoy es necesario definirla correctamente.

Convengamos primero y ante todo que la solidaridad no es un sentimiento. Solidarizar es equivalente a “soldarse” con el otro, lo que significa, en primer lugar, empatizar con el otro, es decir, ponernos en su lugar, mirar al mundo desde su perspectiva y no la nuestra. Y a continuación hacernos cargo de su problema, que puede ser económico, pero también puede estar en otros ámbitos de la vida: soledad, frustración, etc., y poner todo nuestro esfuerzo en ayudar a solucionarlo. Si nos quedamos en la empatía y no pasamos a preocuparnos realmente del otro, no estamos siendo solidarios; sería un buen primer paso, pero insuficiente.

Un segundo error muy extendido es creer que la solidaridad consiste en que los más ricos contribuyan al bienestar de los más pobres, por ejemplo, vía impuestos. Pagar los impuestos para financiar políticas públicas sociales no es solidaridad, es más bien un deber. Solidario es el que toma como propios los problemas del prójimo y hace algo por solucionarlos. En este sentido, tanto el emprendimiento como la actividad empresarial, cuando existe rectitud de intención, son en esencia una acción solidaria.

La solidaridad que recordamos de modo especial durante el mes de agosto es, al mismo tiempo, una virtud de las personas y un principio que ordena la vida en común, y en ambos niveles ésta consiste en “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común”. En ese sentido, la responsabilidad de las empresas consiste en empeñarse por alcanzar el máximo bien posible de todas las personas y organizaciones con las que está relacionada. Por ello es que los hombres y mujeres de empresa tenemos mucho que hacer en el campo de la solidaridad: siendo solidarios nosotros con quienes están en nuestro entorno inmediato; haciendo que en nuestras empresas haya un ambiente que fomente la solidaridad entre nuestros colaboradores; y contribuyendo al bien común, que es la mejor manera de solidarizar con aquellos que no conocemos.

San Alberto Hurtado nos ha dejado una tarea difícil a los hombres y mujeres de empresa. Ojalá podamos estar a la altura.

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