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Publicado el 27 diciembre, 2020

Sergio Merino: Un mal año, pero no un año perdido

Presidente de USEC Sergio Merino

No sacar lecciones de lo que nos ocurrió sería como decir que nada valió la pena, que bien podría repetirse y todo volvería a ser igual.

Sergio Merino Presidente de USEC
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Cada uno tiene sus motivos para pensar que 2020 fue un mal año. Pérdida de seres queridos, dificultades económicas, incertidumbre política, confinamiento de distinto grado, etc., nos hacen ver el año 2020 como un mal año. Y efectivamente lo fue para una gran mayoría. No voy a intentar persuadirle de lo contrario. Pero me niego a pensar que este fue un año perdido. Si lo damos por perdido, habremos sufrido una enorme derrota. A todos los dolores del 2020 agregaremos ahora el error de no sacar las conclusiones correctas, de no aprender las lecciones necesarias, al menos, para no repetir aquellas que podríamos haber evitado.

No sacar lecciones de lo que nos ocurrió sería como decir que nada valió la pena, que bien podría repetirse y todo volvería a ser igual. Un año perdido sería olvidar los esfuerzos de aquellos que dieron la vida –literal y metafóricamente hablando— este año. Creo que podemos encontrar las lecciones si atendemos a la doble naturaleza de esta tribuna: la de empresario, ejecutivo o emprendedor y la de cristiano.

Partamos por lo último. Hace pocos días, los cristianos celebramos el nacimiento del hijo de Dios. Un niño vino al mundo en circunstancias muy adversas, en la periferia del mundo en ese entonces y, sin embargo, fue una luz de esperanza que abrazó a todos los hombres de todos los tiempos y que hoy celebran por igual creyentes y no creyentes. Hablando desde la fe, es esa esperanza la que no muere y da sentido a todo lo que ocurrió este año 2020. Sin lugar a duda la celebración de esta Navidad fue muy diferente de la que estábamos acostumbrados: reuniones de poca gente, concentrados en la familia íntima, sin posibilidad de asistir a la Misa de Navidad presencial, etc., pero esta forma de celebrarla nos ayudó a centrarnos en lo importante y dejar de lado lo accesorio.

Como hombres y mujeres de empresa, estamos acostumbrados a la idea de balances y evaluaciones de fin de año. La vocación empresarial ayuda a estar atento al entorno y buscar oportunidades, a mirar lo que se está gestando, lo que está naciendo. Fue el año en que aprendimos a sonreír con los ojos, a valorar la presencia de otros, normas de cuidado y educación que tienen enormes repercusiones sanitarias, adelantos tecnológicos y científicos acelerados y cambios en la forma de trabajar que rompieron paradigmas y que llegaron para quedarse.

Se perdieron millones de puestos de trabajo, cerraron varios miles de empresas y algunas cuya marca era parte de nuestra identidad e historia desaparecieron quizás para siempre. Vimos que no es cuento que estamos todos conectados, que dependemos de muchos factores que no controlamos y que otras personas dependen de nosotros también. Condiciones de vida más duras y la incertidumbre hacen que, por contraste, valoremos a las empresas que ponen a las personas en el centro, que promueven la conciliación entre el trabajo, la familia y el desarrollo personal de sus colaboradores, y aquellas que han utilizado toda su creatividad para no llorar frente a la adversidad, sino aprovechar la oportunidad para transformarse. Y no está demás resaltar que obtener una vacuna en tiempo récord, nos muestra lo importante que es la empresa privada para la solución de problemas que afectan a todos.

Además, fruto de la necesidad, cientos de miles de personas se transformaron en emprendedores, lo que nos señala que el emprendimiento no es una palabra de moda, sino un pilar de la vocación empresarial que hay que descubrir y potenciar.

Confirmamos también la importancia de la libre iniciativa de las personas, la necesidad de que haya muchas y buenas empresas. La explosión de buenas ideas y la creatividad forzada por la escasez de recursos, nos hizo tomar conciencia de la diversidad de maneras en que podemos servir a los demás. Es cierto que ha sido un año difícil y malo para la gran mayoría, pero no podemos decir que ha sido un año perdido.

Nuestra visión cristiana y espíritu empresarial, nos obliga a rescatar todo lo positivo y lo aprendido en este tiempo de pandemia, y proyectarnos al 2021 con energía, renovada esperanza y confiados en la tarea que Dios nos ha puesto por delante, al servicio del bien común, como verdaderos protagonistas de nuestro tiempo.

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