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Publicado el 01 de mayo, 2020

Sergio Melnick: La paradoja del nuevo economista

El virus finalmente pasará, dejando su dolorosa huella de víctimas fatales. Pero la situación económica, política y social quedará por mucho tiempo. Reactivar la economía sí es la especialidad de los economistas, pero se encontrarán en un mundo entero deprimido y sin ninguna capacidad fiscal para impulsarla.

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El Covid-19 marcará literalmente una nueva era mundial que se inicia precisamente en el emblemático 2020. Esta gran crisis global será estudiada durante mucho tiempo en la academia, como lo fue la crisis del año 30, los dos conflictos mundiales, o la Guerra Fría. Son muchas las cosas sorprendentes que estamos observando.

Por ejemplo, está el curioso desafío de los economistas para tratar de lograr detener la economía sin llegar a matarla. Pero, ¿cómo se hace eso? Los economistas fuimos entrenados para hacer crecer las economías, para optimizar el bienestar de los ciudadanos como resultado de la asignación de recursos, pero no estamos preparados para detenerla. Esta novel situación es una enorme paradoja que merece el inicio de una reflexión profunda.

En este caso, a diferencia de la crisis del 1930, o la del 2009, el factor gatillante no fue propiamente un desequilibrio económico o eventualmente político. Los economistas habían estudiado en profundidad las crisis y la del 2009, aunque fue sorpresiva, sí lograron finalmente controlarla. Esta, en cambio, es una crisis sanitaria, y es la salud la que manda en el camino. Este extraño virus ataca el pulmón o la sangre (no está totalmente claro aún) del individuo, pero a la vez ataca al pulmón o la sangre de la sociedad que es la economía. En ambos casos lo hace de manera potencialmente mortal. ¿Cómo se equilibra esta nueva ecuación? Bueno, nadie lo sabe porque el problema es nuevo.

Como no hay cura al virus por ahora conocida, la prevención se hace en parte fundamental deteniendo el movimiento de la población, es decir, a la economía, para evitar la propagación. Y ocurre entonces que nadie sabe realmente cómo se hace inteligentemente, más allá de los decretos mandatorios de la salud, y por ende se está haciendo obligadamente por prueba y error. Es decir necesariamente hay error, lo que políticamente es insostenible en sistemas democráticos inmaduros, como lo es claramente el chileno. La oposición, más que colaborar, ha querido trabar al gobierno desde el inicio, y desde octubre literalmente derrocarlo. Su actitud, entonces, no es precisamente colaborar en este extraño proceso de prueba y error que vamos experimentando. El caso portugués, por ejemplo, ha sido exactamente lo opuesto.

La detención de la economía sin duda genera pobreza, diferentes formas de inequidad, y distintas formas de discriminación. ¿Cómo saber que es lo justo? ¿Hasta dónde se puede detener la economía (destrucción de valor) sin dañarla en forma permanente? Lo más sorprendente es la liviandad de los políticos, especialmente los más ignorantes o los más populistas. Hemos incluso visto propuestas para aumentar los impuestos, o también de emitir dinero de manera indiscriminada. Otros quieren expropiar fondos previsionales y algunos más bien trasnochados proponen que el estado tome propiedad en las grandes empresas nacionales.

Lo colectivo y lo individual es parte del eterno drama de la vida en sociedad, y la raíz de grandes opciones ideológicas con sus pugnas fenomenales. Pero el individuo es previo al estado, a lo colectivo organizado, y por ende deberíamos buscar que el estado (necesario por cierto) esté siempre al servicio del individuo y no al revés. El estado no es un fin en sí mismo, al igual que la democracia; son medios. Confundir medios y fines es normalmente algo que se deriva de los fundamentalismos, que por definición se oponen a la democracia como modelo de decisiones y acuerdos en que todos ceden algo. Los fundamentalistas no ceden nunca, ya que son dogmáticos. Veamos un ejemplo. El fin de la salud es que las personas no se enfermen o sanen; si es pública o privada es un medio. Para la izquierda cavernaria, que se sea pública es igual o hasta más importante que el resultado, el fin. De esa manera se agotan en el logro del medio (como si fuese un fin) y el verdadero fin nunca llega. Chile es el mejor ejemplo.

Adicionalmente, se nos vendrán temas éticos muy complejos. Si, digamos a modo de ejemplo, quedan 10 respiradores y hay 15 enfermos que lo requieren, ¿quién y cómo se decide? Esto ya ha ocurrido en Europa, sin duda, ocurre cotidianamente en países más pobres. Es otra manera de ver el desafío de la asignación de recursos.

En esta economía en detención, los gobiernos deben salir a apoyar a la población que empieza a sufrir, además de la pandemia, por la falta de ingresos y empleos. Caen empresas, aumenta el desempleo. Los gobiernos se deben endeudar de modo inédito para apoyar a la economía y a las personas. Pero nuevamente surge la pregunta de qué es lo justo. ¿Hasta dónde se pueden endeudar los gobiernos sin hipotecar la economía en forma permanente cayendo luego en estruendosos default?

Yo estimo que Chile se terminará endeudando para esta crisis al menos entre 30.000 a 40.000 millones de dólares. Ya se han anunciado programas por más de 16.000 millones de dólares, y el problema está recién empezando. El déficit fiscal contingente llegará quizás al 15% o más, y el peso de esta deuda por intereses impedirá el desarrollo futuro perpetuando un déficit fiscal irreparable. Y entonces, en una economía ya deprimida, en algún momento el sector público deberá recortar gastos y de manera muy fuerte. ¿Será eso sostenible políticamente? Claro que no, sólo agudiza la pobreza y el desempleo. Pero no hay opción frente a esos déficit fiscales que ya no admiten más deuda y la economía simplemente no resiste más impuestos. Podrían fácilmente venir revoluciones, revueltas masivas, grandes saqueos, y quizás qué más.

Pero el problema es más grave aún, ya que todos los gobiernos del mundo se están endeudando al mismo tiempo. Los más irresponsables lo hacen imprimiendo dinero con el horroroso impuesto inflación que fulmina siempre a los más pobres. Esto ocurrió exactamente igual (pero en proporciones menores) desde el año 1973 con la crisis del petróleo. Cuando un país lo hace en forma individual no ocurre nada en el sistema financiero, pero cuando lo hacen casi todos los países, a pocos años se desata una crisis financiera enorme. En la segunda mitad de los 70’s la tasa de interés libre de riesgo llegó al entorno del 10% en dólares y para las empresas sobre el 15%. Eso generó la enorme crisis del principio de los 80’s.

En paralelo, las fake news inundan los sistemas de comunicación. Las teorías conspirativas son asombrosas y siempre tienen seguidores apasionados. La OMS ha hecho un papelón porque su director, el etíope Tedros Adhanom, es un político más que un técnico, con una trayectoria sobre ideologizada, y que por ello mismo cubrió en complicidad lo que ocurría en China. China fue determinante en su nombramiento en la entidad internacional, amistad cultivada cuando este personaje era ministro de relaciones exteriores. La OMS entonces tiene responsabilidad directa por cierto no en el origen del virus pero si en su difusión mundial y la generación de la pandemia.

Hoy diversos países, como India y Alemania, y un estado de Estados Unidos, empiezan a demandar indemnizaciones a China. La presión será enorme, las respuestas imprevistas y no podemos descartar acciones de fuerza, quizás guerras. Esto se acrecentará con la pobreza que crecerá en todos los países.

El virus finalmente pasará, dejando su dolorosa huella de víctimas fatales. Pero la situación económica, política y social quedará por mucho tiempo. Reactivar la economía sí es la especialidad de los economistas, pero se encontrarán en un mundo entero deprimido y sin ninguna capacidad fiscal para impulsarla.

En estas crónicas profundas intento ir examinando temas como esta nueva paradoja de la economía, también el increíble impulso a la economía digital y sus implicancias en la sociedad especialmente en la libertad. Hoy grandes motores de inteligencia artificial tratan de monitorear el movimiento de la pandemia. Como nuestras comunicaciones son casi todas digitales en esta crisis, están siendo todas estudiadas y seguidas por esos motores. Están también los temas psicológicos que enfrentaremos. Por otro lado está la necesaria crisis de las democracias tradicionales para enfrentar estos nuevos problemas. Esta situación se parece mucho a las crisis que detonarán los cambios climáticos, y quizás es una forma de entrenamiento.

En la próxima columna, examinaré el tema del especial tipo de autoritarismo que estamos viviendo en la actualidad. Una especie de dictadura que por cierto tiene el apoyo de la población, en principio sólo de manera transitoria. Hoy tenemos restringidas muchas de nuestras libertades personales más esenciales. Tenemos que solicitar un permiso para ir a comprar o ir a trabajar. Hay militares en las calles, hay toque de queda. Hay bandos oficiales diarios y otras condiciones tan propias de un sistema no democrático. Y no sabemos cuánto puede durar. Esto va a la par del áspero debate de la globalización y las teorías conspirativas.

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