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Publicado el 15 de noviembre, 2019

Sergio García: Un silencio que no debió ser

El año 2005, el entonces Presidente Ricardo Lagos promulgó la Constitución que reformó la anterior en numerosas disposiciones. “Esta nueva constitución ya no nos divide y tiene que ver con los reales problemas de la gente”. Sólo 14 años después constatamos que de esas frases no queda nada.

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Desde hace más de tres semanas el país está sufriendo un embate producto de asonadas, saqueos, incendios y profanaciones que no sólo ha alterado la normalidad sino que ha producido un enorme entorpecimiento a los chilenos en el trabajo, los traslados, abastecimientos y seguridad. Y en especial por la incertidumbre del devenir.

Las peticiones de los asoladores son cada vez mayores en número, naturaleza y amenazas; un verdadero póker político que se proyecta casi al infinito. Lo que se exige, entre tanto, es la renuncia a su cargo al Presidente de la República. Los esfuerzos del gobierno por intentar satisfacer las aspiraciones de quienes agreden al país resultan inútiles, en especial porque no hay un interlocutor válido al frente para obtener la pacificación de los espíritus. Como si ello fuera poco, se requiere a las autoridades, especialmente, una nueva constitución y por mecanismos ausentes en nuestro ordenamiento jurídico.

Pues bien, ante este verdadero tumulto y montonera se echa de menos a quien el año 2005 promulgara con su firma la Constitución que reformó la anterior en numerosas disposiciones. Al hacerlo, Ricardo Lagos sostuvo que “tenemos hoy por fin una constitución democrática acorde con el espíritu de Chile y su alma permanente. Es nuestro mejor homenaje a la independencia, a las glorias patrias, a la gloria y a la fuerza de nuestro entendimiento social”. Pero no sólo ello, además señaló que “este es el comienzo de una nueva etapa de la historia, con una patria más grande, más unida, más prestigiosa, reconocida en el mundo”; “esta nueva constitución ya no nos divide y tiene que ver con los reales problemas de la gente”.

Sólo 14 años después constatamos que de esas frases no queda nada. Esa constitución que hoy se impugna totalmente, resulta que no sería democrática, no correspondería al espíritu de Chile; que la patria es una larga franja destruida en sus monumentos, estructura, comercio, medios modernos de locomoción; más desunida que nunca, nada prestigiosa y mal conocida en el mundo por su falta de cultura, entendimientos y proyección; y que –por último- no tiene nada que ver con los reales problemas de la gente.

En consecuencia, pensamos que el silencio de dicho ex mandatario hiere. Porque debía haber estado desde el primer momento, no sólo defendiendo lo que dijo y su obra, sino que, además -en una actitud republicana- abogando con pasión para que su conglomerado político que contribuye a la desunión por su intransigencia y falta de condena a la violencia, respetara la institución de la Presidencia de la República. Mal que mal fue él quien acuñó esa conocida frase: “hay que dejar que las instituciones funcionen”.

Porque si no se respeta la permanencia del presidente válidamente elegido y cae producto de un golpe de fuerza, la izquierda no sólo se transformará en un grupo antidemocrático, sino que restará para siempre la estabilidad social, política y económica de Chile. En efecto, si el Presidente Piñera renuncia a su cargo y la derecha gana nuevamente las elecciones, podría caer en otro embate al año siguiente; y si triunfara en ellas la izquierda, al cabo de un tiempo -si no satisficiera todas las aspiraciones del pueblo- su oponente podría también realizar otra asonada, transformando a Chile en una verdadera republiqueta.

Cabe recordar que si el Presidente Lagos pudo evitar su colapso y concluir su mandato presidencial después de los escándalos de sobresueldos, Mop Gate y otros fue porque dirigentes políticos de la UDI, liderados por su presidente, impidieron su dimisión el año 2003 en el acuerdo denominado “de modernización del Estado”. Precisamente para consolidar la institución de la Presidencia de la República de un mandatario elegido por voto popular, contando con el apoyo político del conglomerado opositor.

El vacío de poder actual debe ser llenado, entonces, por políticos generosos, visionarios, que piensen en la gente que necesita prosperar, proyectar y antes que eso sobrevivir en el caos que vive Chile. Recordando, además, que el proceso constituyente es largo en el tiempo, y que en el intertanto las obras se detienen y se congelan los proyectos -ya que éstos requieren garantías de estabilidad- lo que lleva a la cesantía. Caldo de cultivo que aprovechan aquellos mismos que han sojuzgado durante más de un siglo y cuatro generaciones, a sus pueblos a través de muros y cortinas de concreto y hierro.

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