En la obra Hamlet de Shakespeare se hace una reflexión sobre el ser, la esencia, lo que se es y lo que se debe ser. Es una historia de traición y engaño. Es una obra de reflexión y crecimiento por parte del príncipe de Dinamarca quien crecerá en virtud y sabiduría. De dudar y temer, pasará a estar dispuesto a hacer lo que corresponde, incluso pagando el más alto precio para hacer lo correcto. La justicia sólo podía lograrse mostrando el engaño y castigando a todos los involucrados. Para salvar el Reino el príncipe debía estar dispuesto a pagar con su propia vida para así salvar a los justos de las garras de los pecadores.

Esta obra hace más sentido hoy desde Chile al enfrentarla a nuestra realidad. Tenemos a los que estuvieron y están dispuestos a engañar, a hacer lo incorrecto, intentando parecer “santas palomas”, argumentando que lo que hacían era legal y que el problema del mal comportamiento es la ley, la mala ley. Olvidan las responsabilidades individuales y el real sentido de la libertad que frente al mal siempre debe decir que no. En nuestro país están los que buscan maquinar y espiar cual Polonio en la obra de Shakespeare, quien con tal de mantener su poder estuvo dispuesto a sacrificar a sus propios hijos. Están los que, sabiendo el mal de los hechos, decidieron seguir el flujo y hacer vista gorda y hacer lo incorrecto, justificando que no podían hacer otra cosa. Ofelia enloqueció al obedecer la instrucción de su padre que la obligaba a espiar a su amado, ese siempre es un camino peligroso. Nuestra realidad parece salida de una tragedia, sin duda. El ministro de Desarrollo Social, el llamado “rostro de la corrupción” según algunos, termina renunciando no en arrepentimiento, sino por conveniencia.

El mal avanza y se instala, por lo que Shakespeare deja claro que esto es así, hasta que alguien esté dispuesto a hacer lo que corresponde al más alto precio. Nuestro problema país es que no hay un Hamlet. En nuestra tragedia hay responsables penales, los que ejecutan los posibles delitos y responsables políticos, quienes en la línea de mando dejan que estos actos sean posibles, ya sea por falta de acción o fiscalización. El no saber es también una falta, ya que ningún jefe nunca puede exculparse de una responsabilidad argumentando que no sabía. No saber es una falta al rango y cargo de jefe. Se es o no se es jefe. Ser jefe implica poder dar órdenes, cosa que les gusta; pero es también asumir la responsabilidad de los errores de todo el equipo liderado por él. ¡Ser o no ser jefe es el problema!

El Presidente dice que “condena” pero no hace lo que debe hacer. ¿Es o no es el Presidente? Actúa no precisamente acorde a lo que el cargo necesita, saliendo cual líder estudiantil a gritar desde un megáfono a viva voz. Ser, implica ser y parecer. El dilema es mayor, es o no es. ¿Es un líder que vela por el bien del país y que conduce sus actos por el bien de la República? ¿Es un alguien que desde el liderazgo está dispuesto a sacrificar sus deseos por un bien mayor? Frente a la crisis pareciera ser evidente que no lo es. Entonces la pregunta es, ¿tiene conciencia de lo que implica su cargo? ¿Es o no es el Presidente? ¿Está dispuesto a los sacrificios para lograr que el bien prevalezca? Pareciera ser que no.

No fue él quien estuvo dispuesto a sacar a quienes dañan al país, no ha tomado cartas reales en las acciones que muestren realmente que condena la corrupción y que es necesario que se haga justicia.  El ministro Jackson tampoco salió por entender que era necesario que diera un paso al costado por el bien del país. Salió por temor a ser inhabilitado y para ejercer presión sobre la derecha y lograr que el plan establecido, continúe. Insisten en culpar a la “derecha” de todo. De no avanzar en pensiones y en el llamado “ pacto fiscal”. Han sido ellos que en medio de escándalo de corrupción han congelado las opciones de diálogo y sí, el malgasto  de los dineros fiscales hace éticamente imposible hablar de “reforma tributaria”.

No puede haber más plata hasta que efectivamente caigan todo los involucrados en los “robos” y sí devuelvan la plata. Lo más grave pareciera ser que para ellos el bien y el mal se mide por el sólo y simple hecho de que algo es o no legal. Buscan adornar las cosas para evitar la ilegalidad, perdiendo de vista que la moral está por sobre toda ley y que la ley positiva que atenta contra la ley natural es siempre inicua, no válida. Robar es siempre objetivamente malo. No hay justificación que haga que un mal se transforme en bien. Por tanto, condenar no pueden ser sólo lindas palabras, las acciones son necesarias, porque el mal avanza no solo porque los malos hacen cosas, sino que también porque los buenos, dejan de hacer lo que debieran.

El Presidente habló de algunas personas como “sinvergüenzas” y se refirió a quienes sufren por las acciones de éstos. Pero qué hace para realmente condenar y enmendar, ¿es o no es alguien que condena? Esa es la gran pregunta. Necesita crecer, para tal vez algún día poder ser un Hamlet o bien quedarse en un Polonio.

Deja un comentario