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Publicado el 1 abril, 2021

Sebastián López: Nuestra Señora de la Soledad

Estaremos varados en pandemia, pero nada nos impide viajar virtualmente. Siendo Semana Santa, los invito a dar una pequeña vuelta por un rincón de una vieja iglesia bruselense, donde nos espera una señora muy especial, que visito de tanto en tanto en mi memoria.

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Les Marolles es un popular barrio de Bruselas, famoso por su mercado de las pulgas, lleno de construcciones antiguas y de anticuarios, con un ambiente entre bohemio y decadente. Está coronado por el enorme Palacio de Justicia, al que se puede acceder por un gigantesco ascensor público o caminando por los más elegantes Le Sablon o Ixelles, que son algo así como los primos pudientes de este alicaído barrio bruselense. En Les Marolles, una iglesia destaca por su tamaño y ubicación. Se llama Notre-Dame de La Chapelle, y sucesivas reconstrucciones le dan un aspecto indefinido, entre románico y gótic. Es una iglesia antigua, como tantas otras en Europa. La capilla que le dio origen fue erigida en 1134 por Godofredo I de Lovaina, fuera de lo que eran por entonces las murallas de la ciudad. Transformada en iglesia en 1240, Notre-Dame de La Chapelle ha conocido guerras y revoluciones, siendo restaurada en diversas oportunidades. Hoy sirve de parroquia a la comunidad católica polaca de Bruselas, y tiene ilustres moradores, como Pieter Brueghel el Viejo, enterrados en ella. Un paseo por sus naves es un verdadero placer para los que gustan del arte y de la historia.

Una de las numerosas capillas laterales de esta iglesia cobija una imagen de María, que representa el momento en que Jesús ha expirado en la cruz y ella se queda sola, en el desamparo posterior a la partida de su hijo. La Virgen le da la espalda a un Cristo que, en este preciso momento, no es más que un cuerpo exánime, que no permite anticipar al Mesías que va a resucitar días después. María deja a su hijo crucificado, llevándose con ella únicamente el inmenso dolor que su ausencia le provoca. Notre-Dame de la Solitude es una imagen original, hermosa como pocas. Un texto del dramaturgo belga Michel de Ghelderode está a su costado. Ahí describe cómo esa Virgen llegó con las tropas castellanas de Fernando Álvarez de Toledo, el implacable Duque de Alba, y cómo quedó olvidada en Flandes una vez que el Imperio Español dejara para siempre la hoy capital de Bélgica. Descrita por de Ghelderode como última de su estirpe en los antiguos Países Bajos españoles, Nuestra Señora de la Soledad es en verdad única en su linaje, pero no sólo en lo que fuera Flandes. Su abolengo no requiere de trajes deslumbrantes, decoraciones fantasiosas, ni de joyas o metales preciosos. El ropaje austero y las facciones transidas de dolor de esta Virgen castellana difícilmente dejan impasibles a los pocos transeúntes que miran hacia esta pequeña capilla de la nave izquierda, de esta gran iglesia marolense.

Charles Baudelaire, quien no tuvo palabras amables para Bélgica y sus habitantes, meditó muchas veces frente a esta señora de la soledad, que lo cautivara en su destierro voluntario en Bruselas. Notre-Dame de la Solitude es una imagen distinta, para algunos perturbadora, para otros profundamente emotiva. A una madre que sufre con la muerte de su hijo no se la molesta con peticiones personales, ni con consideraciones de otra especie. Es por eso que a Nuestra Señora de la Soledad no se le reza. Sólo se la visita, y a lo más se la acompaña.

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