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Publicado el 27 noviembre, 2020

Sebastián López: En deuda con Francisco Orrego Vicuña

Me encontré con un señor de modos formales y muy amable; de hablar pausado; serio, pero no grave; que mezclaba la sencillez con la generosidad de una manera que no había conocido entre sus pares en Chile. Con los años, lo seguí contactando, mandándole las cosas que publicaba y juntándome de vez en cuando con él, cuando su apretada agenda se lo permitía.

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Mientras estudiaba un postgrado en Holanda, hace ya algunos años, solíamos ir con un amigo italiano a la Biblioteca del Palacio de la Paz, donde funciona la Corte Internacional de Justicia. Lo hacíamos porque estábamos escribiendo nuestras respectivas tesis de magíster y ahí encontrábamos publicaciones de todos lados, muchas de ellas no disponibles en la bien provista biblioteca de nuestra universidad. Hablo de tiempos en que dependíamos de las siempre limitadas fotocopias, y ni podíamos soñar con las bondades de las bibliotecas digitales de hoy. En el Palacio de la Paz leíamos libros y revistas especializadas, y cuando nos cansábamos íbamos a caminar por donde nos estaba permitido, hablando de lo humano y lo divino, u hojeábamos textos que nos parecían interesantes, comentándolos en voz baja. En uno de estos necesarios recreos, nos dio por ver qué publicaciones tenían de los profesores por entonces más conocidos en Chile e Italia; así de aburridos estábamos a veces. En estas búsquedas, a mi amigo le fue mucho mejor que a mí. Los que por esos años pasaban por eminencias en Chile, brillaban por su ausencia en La Haya. Al que sí encontré en la impresionante Biblioteca del Palacio de la Paz es a Francisco Orrego Vicuña, a quien no conocía.

Ya una vez en mi radar, empecé a rastrear sus libros y artículos, y a leer los que se relacionaban con los temas que me interesaban. Naturalmente, quise saber quién era este señor de perfil inusualmente bajo, siendo que era el único chileno que jugaba en las grandes ligas del derecho internacional. Bueno, el único en ese momento, porque antes estuvo Alejandro Álvarez, casi completamente olvidado en Chile. Descubrí que Orrego era hijo de un diplomático chileno; que había vivido su niñez y juventud en Egipto y España, además de nuestro país; que había estudiado derecho en la Universidad de Chile, y que después se había doctorado en el London School of Economics and Political Science; y que sus principales líneas de investigación eran el derecho del mar, el derecho antártico y el derecho internacional económico, en particular el por esos años naciente derecho internacional de la inversión. Decidí contactarlo una vez que volviera a Santiago. Así lo hice, y me topé con un señor de modos formales y muy amable, de hablar pausado, serio pero no grave, que mezclaba la sencillez con la generosidad de una manera que no había conocido entre sus pares en Chile. Con los años, lo seguí contactando, mandándole las cosas que publicaba y juntándome de vez en cuando con él, cuando su apretada agenda se lo permitía.

Para mí era motivo de gran orgullo recibir sus comentarios favorables a mis trabajos. El reconocimiento que me daba como internacionalista en ciernes, de manera tan elegante como liberal, cada vez que lo veía, era el mejor incentivo para seguir trabajando con ganas. La última vez que estuve con él fue en su oficina en Santiago, donde nos recibió con un par de ayudantes por un proyecto de investigación que estábamos desarrollando. Conversamos un buen rato, y pude expresarle por primera vez mi admiración sin avergonzarlo, pues era muy discreto.

Muy poco tiempo después Francisco Orrego moría, producto de complicaciones de salud que traía desde hacia un tiempo. Lamenté mucho su partida, ocurrida a comienzos de octubre del 2018. Cuántos conocimientos, anécdotas sugestivas y buenos consejos se iban con él. Donde encontrar esa caballerosidad en ese mundo académico de trinchera, en el que lamentablemente se ha transformado el chileno de hoy. Me sentí un poco huérfano, porque lo que él representaba como académico desaparecía para mí en nuestro país, quedando relegado en colegas y amigos extranjeros que están físicamente tan lejos de esta tierra tan centrada en el cóndor, en desmedro del huemul, como dijera la siempre sorprendente Gabriela Mistral. Desde entonces me he sentido en deuda con él. Escribiendo estas y otras líneas espero poder empezar a saldarla.

  1. Mariana Orrego dice:

    Muchas gracias por compartir estos recuerdos y por los agradecimientos a nuestro querido tio. Saludos

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