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Publicado el 2 mayo, 2021

Sebastián López: El vaso medio lleno

Cuesta ser optimista en tiempos de pandemia. Sobre todo para los millones de extenuados jóvenes hiperconectados, que aguardan con impaciencia el momento de salir sin restricciones, a ese día enceguecedor y de frescura intoxicante, donde los esperan sus amigos y conocidos.

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Todos los días son como el domingo. Eso nos cantaba Morrissey hace algunos años, en un temazo de ese nombre. ¿Qué nos proponía, por entonces, este tan particular gringo? “Escóndete en la costanera / Graba en una postal: / ‘Cómo desearía no estar aquí’ / En la ciudad costera / Que se olvidaron de bombardear”. Terminaba el párrafo invitando a las bombas: nucleares, para mayor abundamiento. ¿Tétrico? No para los que han sentido ese tedio mortal que tan bien describe Morrissey. Cuando dejo de trabajar, esta pandemia me recuerda ocasionalmente su canción, que superara el mero gusto de época en mi discografía personal. ¿Por qué pienso en ella? No solo por el aburrimiento de estar encerrado día y noche, sino por esos millones de adolescentes y post-adolescentes pegados a unas agotadoras pantallas, a la espera que esa vida, que hoy pareciera no transcurrir en ningún lado, vuelva a tocar sus puertas. Pienso especialmente en ellos, porque veo a unos pocos en las pantallas de mis clases online. Puedo observar esos días silenciosos y grises, de los que nos hablaba Morrissey, a través de las que están prendidas, pero sobre todo de las que están apagadas. ¿Como para llamar al Armagedón? Ni de cerca. Hay luz al final de esas pantallas, incluso en las más negras.

Cuesta ser optimista en tiempos de pandemia. Ante todo, en una que se alarga más allá de todo pronóstico, gracias a un virus que muta y sorprende, siempre para mal. Para los que ya hemos pasado por varias de las experiencias que la vida nos depara, tanto las buenas como las malas, la espera no es tan acuciante. Los mundos que hemos dejado atrás, nos acompañan en el recuerdo y no nos mortifican tanto, porque al menos los pudimos vivir.

No tienen eso los millones de extenuados jóvenes hiperconectados, que aguardan con impaciencia el momento de salir sin restricciones, a ese día enceguecedor y de frescura intoxicante, donde los esperan sus amigos y conocidos. Empatizo con ellos. Cuando hemos conversado al respecto, virtualmente, como se hace casi todo ahora, he notado diferencias sustanciales respecto de generaciones anteriores; esas que no fueron hijas del rigor, como esta. Me ha llamado positivamente la atención lo educados y agradecidos que son. En un ambiente cordial, hemos comentado lo complicado que resulta el confinamiento, hasta para el mas retraído de nosotros, y hemos compartido nuestros refugios personales, donde encontramos amparo cuando la suerte nos es adversa. Todos tenemos uno, o más de uno. Los míos son la familia, el trabajo, los amigos, la lectura, los paseos, y los documentales, más que el cine. No en ese orden, pues en la adversidad hay que improvisar. En días difíciles, no hay método que aguante.

Qué diferencia entre estas conversaciones, y ese ambiente de creciente crispación reivindicativa, de lo que sea, perceptible en los patios, pasillos y aulas chilenas, hasta hace tan poco. Trabajando duro por salir de ese país pobre en el que vivimos, le dimos todo lo que pudimos a nuestros hijos, sin saber que se nos estaba pasando la mano. Pero las cosas parecen estar cambiando. Hoy, las generaciones que alcanzaron a vivir en esa ilusión de tenerlo todo han comenzado a darse cuenta de que las cosas cuestan, que trabajar por ellas vale la pena, y que la satisfacción de lograrlas no tiene comparación. ¿Será necesario pasarlo mal, para poder pasarlo bien? ¿Habrá que perder, para volver a ganar? Cuando estemos nuevamente de acuerdo en que lo perfecto es enemigo de lo bueno, nuestra suerte habrá cambiado.

Las vueltas de la vida. He venido a encontrar una luz de esperanza para nuestro golpeado Chilito en el lugar más inesperado: al fondo del pequeño enjambre de pantallas que veo semana tras semana. Mi mayor logro, estos días, es conseguir que una de las que están apagadas se encienda. Mientras espero que eso ocurra, converso con las que ya están iluminadas, y sueño que de a poco estamos volviendo a esa comunidad de maestros y alumnos que alcancé a conocer, antes de la masificación de la otrora universitas.

Es increíble, pero hemos terminado combatiendo la industrialización de la enseñanza superior por medio de computadores. Quién lo diría. Después de casi año y medio de clases, mis alumnos todavía no conocen físicamente a sus compañeros. Me gusta pensar en el día en que se empiecen a encontrar, y a descubrir. Curtidos, y un poco más sabios que al principio de esta pandemia, entonces verán al mundo de fiesta, como deseaba Charly García; el mismo que nos recordaba que la alegría no es solo brasilera. Puede parecer extraño, pero en estos momentos, en que el vaso pareciera vaciarse un poco más cada día, no puedo dejar de visualizarlo como medio lleno. Como Charly, yo tampoco quiero ver chicos con odio. Gracias a Dios, no los estoy viendo. Al menos, en mi pantalla de computador.

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