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Publicado el 26 septiembre, 2020

Sebastián López: El Príncipe de la Araucanía

La línea dinástica continuó superando los meandros de la historia, hasta llegar a nuestros días con Frédéric I, el de la incendiaria declaración y las surrealistas fotos. Hijo de español y francesa, Frédéric Rodríguez-Luz es un heraldista, sin estudios superiores formales conocidos. Siguiendo la larga tradición de turbulencias del reino, Frédéric tiene un contendor al trono.

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Hace poco tiempo atrás, me llegó por WhatsApp un archivo en PDF con una declaración y unas fotos bastante particulares. Tiene un encabezado que dice: “A continuación, el mensaje de SAR el Príncipe Frédéric I a la nación mapuche relacionado con la pandemia Covid-19. El texto original se encuentra escrito en francés”. En seguida viene un pomposo escudo, cubierto por una gran corona real y unas cortinas rojas, abajo del cual se pueden leer las frases “Marhi marhi pu Lonko, Marhi marhi pu Machi, Marhi marhi pu Werken, Marhi marhi kompuche”.

El tenor de la declaración es combativo. Parte por dirigirse “a los que luchan”, dentro de los cuales enumera a los presos políticos (sic) mapuche y a las comunidades reprimidas, entre otros destinatarios más específicos, a quienes les da su “más firme solidaridad”. La declaración en sí es un panegírico populista, de esos a los que lamentablemente nos hemos ido acostumbrado este último tiempo.

Al final de este extraño documento, hay un par de peculiares fotos. La primera corresponde a un francés canoso, con barba de candado y anteojos. Tiene unos cincuenta y tantos años, viste de manera formal y sonríe como novio en fiesta de matrimonio. Del cuello le cuelga un elaborado collar de algún metal aparentemente precioso, del que pende lo que asemeja ser una variante del mencionado escudo. En la segunda se puede ver al mismo señor rodeado por lo que parecen ser tres mapuches vestidos a la usanza tradicional, o casi, frente a la Wenufoye, la bandera del Wallmapu, o país mapuche. Las explicaciones que acompañan estas fotos no son menos raras. Ahí se explica que el 24 de marzo de 2018, en una reunión del “Consejo de Regencia del Reino de Araucanía”, Frédéric fue elegido el nuevo “Príncipe de Araucanía y Patagonia”. Las fotos corresponden a dicha ocasión. El texto termina por señalar que a Frédéric “[a]lgunos le llaman ‘alteza’ y otros ‘monseñor’” y que “[é]l firma sus correos como Frédéric Luz d’ Araucanie”.

¿Plop y exijen una explicación? Bueno, así mismo quedé yo. Al principio pensé que esto era falso. O fake, como se tiene que decir ahora, para no parecer demodé, por utilizar una palabra del idioma en que está redactado originalmente el comunicado del príncipe a sus súbditos… mapuches. Pero no, la declaración es verdadera, tanto como esa historia inverosímil que alguna vez leímos o escuchamos en el colegio, y que vale la pena recordar, aunque sea brevemente.

Antoine de Tounens era un oficial legal francés que a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX partió a la Araucanía a fundar un reino. Una vez allí, se reunió con el lonco Quilapán, a quien la idea de Tounens le pareció buena. Poco después fue elegido rey de la Araucanía por los principales caciques mapuche, bajo el nombre de Orélie-Antoine I. Promulgó una Constitución en francés bajo la cual unió a la Araucanía con la Patagonia, y fijó como límites para su reino: al norte, el río Biobío en Chile y el río Negro en Argentina; al oeste, el Océano Pacífico; al este, el Océano Atlántico; y, al sur, el Estrecho de Magallanes. Así no más. Perquenco fue la capital de este peculiar reino que, como era de esperar, duró muy poco.

Investido como monarca, Orélie-Antoine partió a conseguir el apoyo de Brasil y de Paraguay, sin éxito. Ante la amenaza de una posible intervención extranjera, las autoridades chilenas y argentinas reaccionaron rápidamente, ocupando militarmente estos territorios. Nuestro aventurero amigo fue detenido y enviado de vuelta a Francia, donde trató de obtener que las autoridades de ese país apoyen a su reino. Como antes, la respuesta fue no. Instalado en París, Orélie-Antoine no solo creó su pequeña corte de los milagros, sino que entregó condecoraciones y confirió títulos, a pesar de estar pobre y endeudado. Allá en Francia, intentó recaudar fondos para su reino, trató de volver tres veces a la Araucanía y terminó sus días arruinado, vendiendo títulos nobiliarios para sobrevivir.

Esa parte de la historia la conocemos. Nadie le asigna mayor importancia a este asunto, por la sencilla razón de que no pasa de ser una mera anécdota o, a lo más, una curiosidad histórica. Lo que ustedes probablemente no sepan, como yo no lo sabía, es lo que vino después de la muerte de Orélie-Antoine. Porque el Reino de la Araucanía ha sobrevivido en personajes tan disparatados como su primer rey, que no tuvo descendencia. Un par de años después de su muerte, apareció Achille Laviarde, quien fuera secretario de Tounens, con un testamento que según él lo transformaba en sucesor al trono de la Araucanía y la Patagonia. Se hizo llamar Achille I, y para seguridad del reino hizo firmar un acta de renuncia a Adrien de Tounens, sobrino de Antoine, carnicero del pueblo donde este murió, y su heredero natural. Este fue el primer Príncipe de la Araucanía. Como su antecesor, Achille se sacó fotos rocambolescas y creó órdenes de caballería, entre otros despropósitos.

La línea dinástica continuó superando los meandros de la historia, hasta llegar a nuestros días con Frédéric I, el de la incendiaria declaración y las surrealistas fotos. Hijo de español y francesa, Frédéric Rodríguez-Luz es un heraldista, sin estudios superiores formales conocidos. Siguiendo la larga tradición de turbulencias del reino, Frédéric tiene un contendor al trono. Se trata de Stanislas Parvulesco, un joven corredor de propiedades que vive con sus abuelos y que considera a Frédéric un usurpador. Se hace llamar Stanislas I y se saca fotos insólitas, supongo que para no desentonar. Para qué los mareo con más detalles. Como sus antecesores, estos últimos tampoco hablan mapudungún, ni siquiera castellano. Siguiendo una triste tradición, son unos pobres diablos a quienes nunca les han importado los mapuches, pero juegan a ser nobles a costa de ellos. Algo despreciable, si no fueran tan, pero tan ridículos.

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