Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 1 enero, 2021

Sebastián López: ¿El peor año?

Convengamos en que el 2020 no fue fácil para nadie, y que para muchos ha sido duro, cuando no extremadamente severo. No solo mucha gente no ha podido trabajar por largos meses, sino que no son pocos los que perdieron sus negocios y empleos, fruto de una pandemia arrolladora, que en Chile fue no ya la guinda, sino que el cajón de guindas de una torta que pasó a la historia como estallido social.

Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

En High Fidelity, la notable película que Stephen Frears dirigiera hace ya un par de décadas, un todavía joven John Cusack hacía compulsivamente listas de top 5, de lo que sea, junto a los particulares empleados de su tienda de discos. Esta obsesión adolescente por los rankings parece ser una característica nacional en EE.UU., donde todo amerita uno. Incluso los años, como puede verse en la última portada de la revista Time, que califica al 2020 como el peor de la historia. Independiente de que esta sea una más que discutible etiqueta, pues los años son buenos o malos únicamente desde la perspectiva de cada persona que los vive, cuando no los sobrevive. Si bien en base a diversos indicadores, podemos obtener resultados para una ciudad, un país o una región, estos siempre serán parciales, pues solo muestran lo que las variables utilizadas nos permiten observar. Nada más.

Un ejemplo cercano: Chile tuvo sus mejores años a partir del retorno de la democracia. Eso es lo que dicen los más variados indicadores, y así los vivimos muchos, sin darnos cuenta. Sin embargo, un porcentaje indeterminado pero no desestimable de nuestra población no comparte esta apreciación, como de seguro lo recogerá la historia política que corresponda a estos últimos intensos meses. De hecho, ahora pagamos las consecuencias de solo fijarnos en los fríos números, y de no atender a esos múltiples otros factores no siempre cuantificables que hacen que una sociedad se proyecte en el futuro, saludablemente. Pero volvamos al 2020. Convengamos en que no fue un año fácil para nadie, y que para muchos ha sido duro, cuando no extremadamente severo.

No solo mucha gente no ha podido trabajar por largos meses, sino que no son pocos los que perdieron sus negocios y empleos, fruto de una pandemia arrolladora, que en Chile fue no ya la guinda, sino que el cajón de guindas de una torta que pasó a la historia como estallido social. Años de esfuerzo para levantar ese negocio o para desarrollar esa profesión u oficio que tanto orgullo producía, hoy quedan en lo que parece ser nada. Cómo empezar de nuevo, sin plata y a veces sin esas ganas que el tiempo tarde o temprano se lleva, es la triste disyuntiva de muchas personas que tienen que reinventarse porque no queda otra. Familias enteras dependen de esas fuerzas que tienen necesariamente que volver a surgir, y de ese tesón que debe encontrarse en algún lado, como sea.

A esto hay que sumar los meses de encierro, y las dificultades que esto ha traído consigo para millones de personas. Se han visto afectados por igual tanto los alumnos de colegio como los de universidad, cualquiera sea el programa que cursen y el establecimiento al que asistan. En esa etapa de años largos, en que la cercanía con los otros nos forma, y también deforma, los estudiantes han tenido que conformarse con agotadoras pantallas que ni pálidamente reflejan la vitalidad de las interacciones personales que se dan al llegar al colegio o a la universidad, en la sala de clase, durante los recreos y el almuerzo, de vuelta a casa, y en esos fines de semana en que el futuro pareciera estar esperándonos a la vuelta de cada esquina.

Los profesores no tuvimos un mejor año, alejados de nuestros alumnos y colegas, tratando de entusiasmar a una audiencia virtual, cansada de pantallas y conexiones remotas. Quienes hemos tenido la suerte de poder seguir trabajando a distancia, experimentamos en carne propia las dificultades de la mediatización de nuestras labores. No estando nadie preparado para soportar un confinamiento de meses, hemos convivido en entornos que son más pequeños de lo que quisiéramos, y que a veces son estrechos y precarios. Hacerlo ha sido un desafío que no todos han superado con éxito. Y eso que todavía no he hablado de los enfermos, tanto los contagiados por el aciago virus, como de los afectados por otras dolencias en plena pandemia. Para que sigo: el panorama general que nos presenta el 2020 es desolador. No hay cómo negarlo.

Sin embargo, ¿es así como lo hemos vivido todos? En mi caso, me ha pasado algo inesperado. Por decirlo de otra forma, curioso. Perder la libertad de movimiento y el contacto físico con tantos otros me han llevado a estar más consciente que nunca de esos pequeños privilegios que tenemos y que damos por sentado, de tan ocupados que estamos persiguiendo nuestros propios unicornios, que la mayor parte del tiempo de azul tienen bien poco. De una u otra manera, en estos extraños meses del 2020 he echado de menos reunirme con mi familia y amigos; hacer clases a mis alumnos; hablar con colegas, y también con desconocidos; caminar sin rumbo aparente, a vontade; viajar tranquilo adonde sea; ir a vitrinear sin prisa, lo que me venga en ganas; tomarme un café, bien conversado o leído; almorzar en el boliche que quiera; tocar un libro y hojearlo, antes de comprarlo; ir al cine, con o sin cabritas y Coca-Cola; ver una obra de teatro; ir a un concierto de música, principalmente clásica, entre tantas otras cosas.

El 2020 nos ha mostrado la fragilidad de nuestras vidas, esa que rara vez estamos dispuestos a reconocer. Sin esa salud milagrosa que damos por hecho, quedamos postrados, soñando con días de bienestar pasados, preguntándonos si alguna vez volveremos a vivir algo parecido. Este año me permitió ver las cosas con más perspectiva. Ahora valoro más lo que tengo, y estoy más agradecido de lo que soy. En estos peculiares meses he cambiado no una, sino un par de veces mis prioridades laborales, porque las otras por suerte las tenía claras de antes, y esas infaltables tonteras que los chilenos llamamos de una forma menos elegante, pero tanto más gráfica, me han ido importando cada vez menos. El año de la pandemia terminó con vacunas para un virus que muta en nuevas cepas y variantes con denominación de origen.

En algún momento, las cosas volverán a ser parecidas a lo que eran antes. Es entonces cuando tendremos que recordar todo lo que este difícil año nos está legando, para que sus duras lecciones se transformen en verdaderos aprendizajes. Por mi parte, al menos, no considero al 2020 como inferior a otros años. Fue simplemente tan distinto al resto, que resultó ser único: ni peor ni mejor, como todo lo inclasificable.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

APOYA AL LÍBERO

A diferencia de muchos medios de comunicación en EL LÍBERO hemos mantenido nuestra web y noticias sin costos para todos. Creemos que hoy, más que nunca, es necesario que la mirada de EL LÍBERO llegue a más personas y cubra más contenido.

Si quieres ayudarnos a lo anterior hazte miembro, hoy mismo, a la Red Líbero, por 1 U.F. mensual (o 0,5 U.F. para los menores de 40 años) con lo que estarás realizando un aporte fundamental para que podemos ampliar nuestra labor.

HAZTE MIEMBRO
Cerrar mensaje

APOYA AL LÍBERO

A diferencia de muchos medios de comunicación en EL LÍBERO hemos mantenido nuestra web y noticias sin costos para todos. Creemos que hoy, más que nunca, es necesario que la mirada de EL LÍBERO llegue a más personas y cubra más contenido.

Si quieres ayudarnos a lo anterior hazte miembro, hoy mismo, a la Red Líbero, por 1 U.F. mensual (o 0,5 U.F. para los menores de 40 años) con lo que estarás realizando un aporte fundamental para que podemos ampliar nuestra labor.

HAZTE MIEMBRO