El 18 de octubre del 2019 me encontraba fuera de Chile. Un usualmente tranquilo chat de ex compañeros de mi universidad comenzó a estar súbitamente inundado de mensajes, que incluían fotos y videos de una violencia que pasmaba. En los días y semanas que siguieron, los medios de comunicación tradicionales a los que tenía acceso llegaban tarde y mal a las noticias. Ese y otros chats de WhatsApp se transformaron en mis fuentes más fiables de información. Nunca antes había tenido una línea tan directa y descarnada con Chile. No es lo mismo leer una noticia medianamente procesada que un bombardeo de imágenes descontextualizadas, acompañadas de comentarios entre alterados y confundidos, cuando no derechamente apocalípticos.

Por la diferencia horaria, y por la gravedad y masividad de los hechos, empecé a dormir mal. De a poco se empezó a hablar de estallido social, un término que denota espontaneidad. Algo que sigo sin ver en el incendio simultáneo de las estaciones del Metro, los ataques sistemáticos a todo tipo de edificios institucionales, y los saqueos constantes de farmacias, supermercados, cafés y restoranes, entre otros comercios y servicios, que se produjeron por semanas. Para qué hablar de los verdaderos asaltos a iglesias, universidades, museos y centros culturales. Cuando pude finalmente volver a Chile, después de casi un mes de lo que hoy se sincera como revuelta, por los sectores políticos que reivindican su violencia revolucionaria, me encontré con un Santiago muy distinto al que había dejado.

Llegar al Centro, en los últimos meses de ese año, se convirtió en una verdadera odisea. El Metro funcionaba cuando y como podía. En sus calles, estrambóticos personajes dirigían el tránsito en reemplazo de los semáforos descabezados. Se podía percibir en el ambiente una mezcla de temor y rabia. La violencia era una amenaza constante, pero con horario. Por las tardes y noches, se desataba una furia nihilista. Durante el resto del día, se intentaba retomar alguna rutina que le diera sentido a la jornada.

Nuestra ciudad se llenó de planchas de metal o madera, que hacían las veces de improvisadas y precarias protecciones a las múltiples marchas que se anunciaban, intimidantes, por redes sociales hacia todos los sectores de la ciudad. La revuelta tenía apoyo popular, por lo que gente común y corriente se mezclaba con estudiantes radicalizados, grupos de anarquistas, barras bravas, delincuentes y narcos, en protestas que invariablemente terminaban en serios desmanes. Eran semanas en las que se podía sentir un viciado aire de fiesta desaforada y resaca en loop.

Caminé por un Centro devastado, plagado de grafittis de una agresividad y vulgaridad inusitadas. Claramente, no era mayo del ’68. Conversé con varias personas que trabajaban en los locales cercanos a la así llamada zona cero. Todos tenían historias del terror que contar, en esos otrora simpáticos barrios devenidos en pequeños infiernos. Chile había cambiado, pero no para mejor. La tan coreada dignidad no se veía por ninguna parte.

El verano del 2020 trajo una especie de tregua. A medias, porque la violencia no terminó. Cuando esta prometía retomar la fuerza que tuvo en los últimos meses del año anterior, una larga e intensa pandemia sofocó la revuelta. Esta ha reaparecido toscamente sublimada en una Convención Constitucional, donde la picaresca y la desmesura se han enseñoreado.

En estos meses, he leído cuanto libro me ha caído en las manos sobre nuestra nueva revolución en curso. Me gustaron “Bencina y pasto seco” de Joaquín Garcia-Huidobro y “Octubre en Chile” de Hugo Herrera; y algo menos “Sobre la marcha” de Patricio Fernández, “Pensar el malestar” de Carlos Peña y “El desborde” de Eugenio Tironi. “Siete Kabezas”, de Iván Poduje, me sigue pareciendo el más interesante de estos valiosos ensayos. A su manera, todos ellos mencionan y explican las múltiples y complejas causas que nos tienen como estamos. Sin embargo, echo de menos una, que no se ha destacado lo suficiente: el sobreendeudamiento. El crédito ha llegado a ocupar un lugar tan central en la economía chilena, que son muy pocos los que hoy no viven permanentemente en rojo, haciendo todo tipo de bicicletas para malvivir un mes más. La mayoría de los chilenos no tienen capacidad alguna de ahorro, por lo que consumen todos sus ingresos, y un poco más, como si no hubiera mañana. ¿Enfermarse, jubilar? Impensable. Vivir en Chile ha pasado a ser una ruleta rusa de la que no se escapa más que evadiéndose, lo que a su vez crea una falsa impresión de bienestar, que termina por angustiar más a los ya perpetuos deudores que pueblan nuestro golpeado país.

¿Cuántos de esos agobiados chilenos salieron a las calles en esos calurosos días de finales del 2019? Imposible saberlo, pero aventuro que fueron muchos. Es que el consumo crediticio opera de la misma manera que la adicción a cualquier droga. Se parte probando y rápidamente se pasa a depender de los dealers de turno, que proveen esos mágicos productos que permiten olvidar por un momento toda clase de frustraciones, mientras el círculo vicioso en el que se entra, pero no se sale, se va haciendo cada vez más estrecho y sofocante.

Para el adicto, la solución no está en dejar de consumir, sino en que le faciliten el consumo. Como sea. La desesperación enceguece y cualquier propuesta, por mala que sea, se convierte en una alternativa viable. Aunque no tenga ni pies ni cabeza. Eso también estuvo detrás del otro 18. Una fecha que no es para conmemorar, sino para meditar y conversar más allá de todo eslogan.

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