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Publicado el 6 marzo, 2021

Sebastián López: Artesanos de la palabra

Andrés Bello iluminó para mí ese estrecho vínculo que hay entre el lenguaje y el derecho, que es clave para entrar de lleno a un riquísimo universo, entre literario y jurídico, que tiende a sernos esquivo. ¿Cómo ocurrió esto? De la mano de un libro que, como una llave maestra, abrió de par en par una frase arcana, nunca olvidada.

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Un artículo que leí por ahí hablaba de un estudio que había partido de la siguiente pregunta: ¿por qué los alumnos de religión judía normalmente se destacan en sus estudios de Derecho en las universidades estadounidenses? La respuesta era simple y sorprendente a la vez: porque su formación religiosa los ha acostumbrado a trabajar con textos escritos, los cuales no solo deben conocer bien, sino que saber interpretar correctamente. Esto hace que cuando llegan a las escuelas de Derecho, el estudio que los espera no les impresione en lo más mínimo. Viniendo de una tradición distinta, mi experiencia como alumno de pregrado en Derecho fue muy diferente. No así la que tuve después como estudiante de postgrado. En ese cambio, tuvo mucho que ver Andrés Bello, quien iluminó para mí ese estrecho vínculo que hay entre el lenguaje y el derecho, que es clave para entrar a un riquísimo universo, entre literario y jurídico, que tiende a sernos esquivo.

¿Cómo ocurrió esto? De la mano de un libro que, como una llave maestra, abrió de par en par una frase arcana, nunca olvidada. Me explico. A pesar de haber escuchado de post-adolescente hablar de Bello una y otra vez, nunca me pregunté cómo es que este venezolano llegó a redactar el Código Civil chileno; ni por qué conocía tan bien el derecho romano; ni las razones que tuvo para escribir el primer tratado de derecho internacional en Latinoamérica: todo lo anterior, sin haber tenido instrucción jurídica formal en su juventud. Las respuestas a cada una de esas preguntas, que no me hice, las encontré años después en la excelente biografía que Iván Jaksić publicara el 2001.

Ahí descubrí que Bello comenzó su estudio del Derecho en las Siete Partidas, a las que derivó de su análisis filológico del Cantar de Mio Cid; que su interés en el Derecho Internacional se originó en el ejercicio de sus cargos en las legaciones colombiana y chilena en Londres, y en el Ministerio de Relaciones Exteriores en Chile; y que la redacción de nuestro Código Civil, basado en un Derecho Romano tardío, estuvo íntimamente ligada a sus estudios de gramática y ortografía. En el libro de Jaksić también descubrí que el gran motivo que llevó a Andrés Bello a emprender estos y otros desafíos intelectuales era su afán por crear un orden sobre el cual las nuevas repúblicas latinoamericanas pudieran prosperar. Un orden que, según Bello, sólo se podía fundar en el reconocimiento de nuestras raíces hispánicas comunes, y de nuestra individualidad como estados autónomos.

Lenguaje, derecho, soberanía y progreso quedaban, así, indisolublemente vinculados en el pensamiento de Andrés Bello, y en su obra. Leyendo a Iván Jaksić recordé un episodio de mis años escolares. Cuando estaba en educación media, cercano a egresar, nos llevaron al teatro del colegio para escuchar a un grupo de ex alumnos hablar sobre sus respectivas carreras. De ellos, sólo guardo en mi memoria de un conocido abogado, que después fuera presidente del colegio de la orden en Chile. En ese entonces no tenía idea quién era, y si hoy me acuerdo de él, a diferencia de los otros invitados, es por una frase que dijo y me intrigó por años. No retuve los términos exactos que usó ese día, pero sí el sentido de su frase: la poesía no puede serle ajena a un abogado.

Ya en mi segundo año de Derecho llegué a la temprana (y errada) conclusión que las Humanidades estaban separadas del Derecho. Sufría con esta aparente separación, y al recordar la frase del abogado en cuestión, la encontraba carente de sentido; sonora, pero vacía. Casi irónica. Sólo una vez titulado, pude comprobar cuán acertada era su aseveración. Ejerciendo como abogado, me di cuenta que mi trabajo se podía resumir de la siguiente manera: interpretaba lo que leía de otros, y anticipaba la interpretación que podían dar éstos a lo que yo escribía. Comprobé, en otros términos, que más que profesionales de la palabra, los abogados estamos llamados a ser artesanos de la misma, pues buscamos darle sentido y alcance.

Como tal, un licenciado, magíster o doctor en derecho que no se sienta alguna vez atraído por la interpretación que hay en la poesía, la más compleja y profunda de las manifestaciones de la palabra oral y escrita, dirigida tanto a lo sagrado como a lo profano, corre el serio riesgo de no llegar a ser más que un tinterillo, un empresario frustrado, un tecnócrata, un político de profesión, o un simple empleado o funcionario. Eso lo sabía Andrés Bello. Yo, en cambio, solo lo vine a aprender tiempo después de haber memorizado buena parte de su código.

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