Los recientes dichos del futuro ministro de Educación, Marco Ávila, respecto a que “repensarán la obligatoriedad” de regresar a las clases a un mes de que comiencen, son al menos, una imprudencia. No solo deja entrever una falta de dimensión al gigantesco problema que vive el mundo y nuestro país con esta pandemia educacional, sino que además pareciera ser que no está conversando con el próximo mandatario -quien hace solo unas semanas sostuvo que en su gobierno las escuelas serán las primeras en abrir y las últimas en cerrar-.

La evidencia científica ha sido bastante clara en cuanto a los efectos perjudiciales que ha generado a las niñas, niños y jóvenes la medida de suspender las clases presenciales. Si bien era comprensible en un inicio de la emergencia sanitaria, su extensión entre los años 2020 y 2021 ha traído consigo problemas al sistema completo -por ejemplo, el aumento de la exclusión escolar-, y a las propias comunidades educativas – por ejemplo, el aumento en las brechas de aprendizaje y de problemas ligados a la salud mental-.

Si bien el Ministerio de Educación logró a fines del 2021 una “apertura total” de los establecimientos -99% de educación escolar y 97% en parvularia-, el año escolar cerró con un 49% de los alumnos asistiendo a clases presenciales, independiente de los protocolos sanitarios. En esta línea, a pesar de que terminamos diciembre con un porcentaje bastante elevado de familias que al parecer aún tienen dudas respecto a enviar a sus hijos a clases, lo relevante es que quedó definida una tendencia al alza.

Así, poner siquiera en duda la posibilidad de establecer la obligatoriedad amenaza profundamente la posibilidad de retomar las clases de una vez por todas, en pos de ir sanando los estragos que el Covid-19 ha dejado para la educación de niños y jóvenes. En un área tan valiosa como esta no se puede priorizar el intentar quedar bien con Dios y el diablo -pareciera ser el caso, considerando que el futuro ministro cambió sus dichos en solo unas horas-, ni utilizar la toma de decisiones anteriores como arma para distanciarse políticamente del gobierno saliente.

Ojalá que el plan para solucionar los desafíos que aún están pendientes en este tema no pase por los filtros antes descritos. Hoy, el foco debiese estar puesto en cómo hacer para que los estudiantes asistan a clases, de la mano de cómo sanar las heridas que ha dejado la pandemia. Todo lo demás es un retroceso innecesario, que no hace otra cosa que poner jaque a un sistema educativo que está bastante deteriorado -producto de brechas que no hemos logrado cerrar- y el derecho que tienen niñas, niños y jóvenes de recibir una formación integral de calidad.

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