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Publicado el 26 de diciembre, 2018

Rodrigo Jara: Por la razón y la tolerancia

Coordinador Estudiantes por la Libertad - Chile Rodrigo Jara

A algunos les gusta creer y defender cosas pese a la evidencia en contra. ¿Qué es lo que podemos hacer como sociedad frente a estos casos?

Rodrigo Jara Coordinador Estudiantes por la Libertad - Chile
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Hace 73 años, Karl Popper definió lo que en su libro “La Sociedad Abierta y sus Enemigos” llamó la “paradoja de la tolerancia”. En medio de un ambiente altamente polarizado y gravemente afectado por una de las guerras más cruentas de las que tiene registro la historia de la humanidad, el filósofo se elevaba en defensa de la tolerancia, último bastión de la libertad en la sociedad. Allí explica que lo mejor no es impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes sino que, por el contrario, es necesario que éstas se pongan en la palestra de la opinión y debate público, siendo la herramienta ideal para contrarrestarles el argumento racional.

A pesar de los presagios y advertencias, parece que una de las características definitorias de la naturaleza humana es la habilidad para tropezar siempre con la misma piedra, que, dicho sea de paso, es lo que está ocurriendo en la arena política chilena por estos días. Es cierto que parte de los hechos recientes de nuestra historia como país son oscuros y dolorosos y que no debería negarse que el Estado incurrió en acciones que vulneraron derechos de los mismos habitantes que debía proteger, pero en efecto así es. No todas las personas son iguales, por lo que no podemos asegurar que todos piensen lo mismo. En consecuencia, tendremos personas que de forma desafortunada tendrán un discurso intolerante o fuera de lugar, pasando a llevar la sensibilidad de ciertas personas o grupos que se han visto afectados, manteniendo su postura incluso frente a la evidencia empírica.

En el 2000, la doctora Deborah Lepstadt -de nacionalidad judía- escribió el libro “Denying the Holocaust: The Growing Assault on Truth and Memory”, en el que indicaba que el historiador David Irving era un negacionista del Holocausto. Para contextualizar, ella afirmaba que éste planteaba de forma categórica que Hitler nunca dio la orden de matar judíos de forma sistemática y que en Auschwitz nunca existieron crematorios. Al leer esto, Irving, con un profundo sentimiento de indignación, demandó a la doctora Lepstadt y su editorial por el delito de injurias. El caso fue tremendamente mediático, ya que, además de ser controversial, daba plataforma a la dispersión de las ideas negacionistas; pero tal como Popper indicó con anterioridad, la argumentación racional basada en la evidencia dio resultado. Estando los ojos del mundo puestos en los tribunales británicos, se demostró que efectivamente Irving era un negacionista y que no había duda alguna de la veracidad del Holocausto y todo lo que ello implicó.

Así, no fue necesario prohibir por ley el negacionismo. Tampoco fue necesario encarcelar a quienes lo promovían. Lo único que bastó fue una defensa férrea de las ideas correctas para demostrar lo errado del pensamiento contrario. Hoy nos encontramos frente a la misma situación. Como chilenos sabemos que se cometieron violaciones a los Derechos Humanos. Sabemos que se torturó y asesinó a personas. Somos conscientes de que no se respetaron derechos tan básicos como la libertad de expresión, un juicio justo y el debido proceso en tiempos de dictadura. No obstante todo esto, pretender callar, castigar o encarcelar a quienes defienden lo contrario -aunque estén fuera de todo foco de la realidad- hace más mal que bien. Después de todo, no queremos que aquellos que defienden éstas ideas sean mártires.

Hoy siguen vigentes las palabras que Thomas Jefferson dijera en 1801, cuando planteó que era necesario que “dejemos que sus opiniones sean monumentos a la seguridad de que dichas opiniones erróneas pueden ser toleradas, así la razón es libre de combatirlas”.

 

FOTO: ALONSO REBOLLEDO/AGENCIAUNO

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