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Publicado el 9 septiembre, 2020

Rodrigo Barcia: Un voto informado

Director del Doctorado de la Universidad Autónoma de Chile. Doctor en Derecho y Magister en Economía Rodrigo Barcia

¿Qué criterios pueden ayudarnos a determinar, responsablemente, qué votar en el plebiscito de octubre?

Rodrigo Barcia Director del Doctorado de la Universidad Autónoma de Chile. Doctor en Derecho y Magister en Economía
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No cabe la menor duda que el plebiscito de octubre será tan importante como el plebiscito que determinó el retorno a la democracia. Sin embargo, la decisión sobre cómo votar en 1988 era más fácil que en el que enfrentamos ahora. La Concertación era un sólido conglomerado de centro izquierda, guiado en ese momento por uno de los políticos más brillantes de la historia reciente, como lo era don Patricio Aylwin. A ello se sumaba que la alternativa era la continuación de las ideas de la dictadura. El plebiscito del 88 nos cambió la vida, ¡qué duda cabe!, y lo hizo para mejor.

Lamentablemente, no ocurre lo mismo con el plebiscito de este año. La gente está poco informada y no entiende demasiado lo que está en juego, aunque lo percibe. Para tomar una decisión acertada podríamos preguntarnos: ¿cuál podría ser un criterio adecuado para orientador nuestro voto? Pues bien, la respuesta, tal como antes, está dada por determinar qué será lo mejor para usted y para el país. Adentrémonos en este análisis (dejemos por ahora fuera el tema de la legitimidad de origen).

Lo clave en una Constitución o en un sistema jurídico es el tipo de sociedad que se promueve. Dicho en otras palabras, debe optar por un modelo social, cultural y económico. El mecanismo adoptado para llenar el contenido de la eventual nueva Constitución es una aprobación de 2/3 del constituyente. Pero lo realmente relevante es que el tercio restante tendrá derecho a veto. ¿Será posible adoptar entonces alguna estrategia de país en la nueva Constitución? Me temo que ello será muy difícil.

Los temas relevantes, como estado de bienestar/igualdad de oportunidades; estado subsidiario/estado interventor; parlamentarismo/presidencialismo; estado unitario/estado federal; independencia del Banco Central/dependencia del Banco Central a la política; subsistencia del Tribunal Constitucional serán muy difícil de incluir en la Constitución (a lo menos en sus aspectos de peso). Lo fundamental de estos temas, como la propia Constitución, quedarían sujetos a la decisión de mayorías transitorias. La nueva Constitución, dada la increíble sed refundacional de la izquierda, será el camino hacia el populismo. Con una simple mayoría se podrán expropiar los fondos de pensiones, intervenir el poder judicial, expropiar empresas, establecer impuestos al patrimonio, elevar la carga tributaria, haciendo que los inversionistas huyan despavoridos,  etc.

Pero, aún dejando el populismo de lado, si el Ejecutivo dura, por ejemplo, cuatro años renovables -ojalá este sea el escenario- podría imponerse un modelo de sociedad diferente en cada período. Así, por ejemplo, tendríamos por 4 u 8 años un programa a favor del Estado de Bienestar, pero luego, dado los malos resultados económicos del modelo propuesto, puede ser que gane la elección un presidente liberal, que tenga mayoría en el Congreso; pero luego producto de una crisis económica puede ser que se imponga un gobierno de extrema izquierda, que cree en un modelo de economía centralizada. De este modo, si no se opta por un modelo de sociedad, se estaría modificando sustancialmente el modelo cada período presidencial (en la medida que ganen visiones opuestas). Si este escenario es probable, entonces el país iniciaría una verdadera montaña rusa de modificaciones legales, que nos acercaría nuevamente al líder carismático que nos imponga un modelo estable de sociedad.  

Este escenario pesimista, por cierto, se puede conjurar si centro izquierda y centro derecha llegasen a acuerdos que le diesen estabilidad al país. Ello supone nada menos que estos conglomerados existan y que tengan un modelo de sociedad común. Lo que supone además que acuerden algún tipo de quorum, que sean superiores a la mayoría, respecto de los aspectos estratégicos como sociedad. Pero, dado lo que hemos visto de nuestra clase política, ¡esto es factible? ¿Se está fortaleciendo el centro o más bien los extremos del abanico político? Si se fortalecen los extremos, entonces no habrá una estrategia/país a largo plazo. Los extremos harán imposible el acuerdo, ya sea internamente (acusando de traidores a los que negocien) o simplemente vetando desde los extremos (si tienen el suficiente peso político).

Ahora bien, la elección de una estrategia a largo plazo no siempre depende de la política. En muchos casos suele provenir de afuera. Por ejemplo, la propia constitución americana, que es una constitución de mínimos, no se explica sino ante la imposibilidad de imponer un modelo de sociedad que represente a todos los estados. En la independencia de los Estados Unidos era muy difícil adoptar lo que hoy denominamos como una constitución fuerte. Así, en la Constitución no se resolvió, por ejemplo, el gran problema americano, que los condujo a la guerra de secesión: la esclavitud. El modelo de desarrollo americano de alguna forma es fuerte hacia afuera (desde la política Monroe) y débil hacia dentro (es complejo imponer un estado fuerte, desde que los estados que conformaban confederación siempre han recelado del poder central o federal). Alemania, es otro ejemplo, todavía más claro. La Constitución provisoria de Bonn, que se transformaría en definitiva, es impuesta por los vencedores, los aliados. El modelo de sociedad en estos sistemas jurídicos es externo, está dada por la realidad.

En Chile, algunos profesores universitarios han planteado que los tratados internacionales impedirían aventuras populistas (el contenido de los tratados sería legislación interna), pero ignoran lo que ha ocurrido en todos los países en que ha primado el populismo (Argentina, Ecuador, Venezuela, Nicaragua, etc.). Es verdad que tal vez nuestra sociedad está madura y podría resistir los embates del populismo, dado que llevamos años en una economía social de mercado, pero la historia latinoamericana nos enseña lo contrario.

Para finalizar el proceso constituyente no está poniendo fin a una dictadura -como desde el extremo de la izquierda no se cansan en repetir-, sino a un exitoso modelo de sociedad, por lo que a lo menos es de esperar que tengamos la sensatez de cambiar lo que tenemos por algo mejor. Si usted se convence que esto no será así, por favor vote en consecuencia.

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