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Publicado el 11 de marzo, 2020

Rodrigo Barcia: La sangre de la democracia son los partidos políticos

Doctor en Derecho y Magíster en Economía Rodrigo Barcia

Si la gente quiere cambios, el mecanismo para generarlos existe y se llama partidos políticos, y elecciones democráticas. De la actual crisis que vive el país, solo se saldrá si se dejan las calles y se vuelve al lugar dónde se debe discutir la política: la plaza pública, que no es otra que el Congreso.

 

Rodrigo Barcia Doctor en Derecho y Magíster en Economía

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Es curioso que personeros de muy distinta sensibilidad, como el intelectual y rector de la UDP Carlos Peña, el economista Sergio Urzúa, el sociólogo y experto en educación  Joaquín Brunner y la ex ministra de Educación Marcela Cubillos pongan su acento en el peligro de validar el vandalismo como método de lucha política. Peña se centra en la pérdida del orden público, y la actual anomia reinante en el país (falta de eficacia en las normas); Sergio Urzúa pone el acento en un estudio del CEP por el cual los universitarios son el grupo que mayormente justifica la violencia como método legítimo de lucha política; y  Brunner nos habla del descrédito de la política en la educación previa a la universidad, que palidece antes los problemas más técnicos de aprendizaje. Algunos de estos autores también se sorprenden ante la justificación infantil, o no tan infantil, de la violencia en matinales, o por parte de periodistas, políticos e intelectuales.

Sin lugar a dudas, la violencia en Latinoamérica tiene fuentes multicausales. La justificación de ella por razones de justicia social es la más espuria y peligrosa, por cierto. Ella parte de señalar que Chile es un país muy desigual, lo que es solo relativamente cierto, ya que hemos avanzado mucho en la creación de una clase media, como nunca existió en la historia de Chile, y hemos vencido unos bolsones de pobreza que eran endémicos en el país. Por otra parte, nuestro Gini no es peor que muchos países de la región, y ha mejorado bastante en los últimos años. Y, del discurso de la injusticia social, hemos avanzado torpemente a la justificación de la violencia, como método de lucha política.

Incluso se ha llegado al absurdo de señalar que esto sería una revolución. Ello deja de lado que la revolución es un mecanismo para derrocar una dictadura, un régimen comunista o una monarquía absoluta, no un régimen democrático (puede haber protestas tendientes a mejorar cual o tal injusticia, pero no una revolución). Esta supuesta revolución para algunos lo que busca es una democracia popular, es decir, una dictadura de izquierdas, algo simplemente absurdo. Por tanto, esto más bien puede definirse como una sedición contra un régimen democrático. Si la gente quiere cambios, el mecanismo para generarlos existe y se llama partidos políticos, y elecciones democráticas.

Por ello la reacción que necesitamos desde los sectores de centro, cosa se está produciendo, pero de forma muy lenta, es precisamente un gran acuerdo nacional, con estado de sitio incluido si fuera necesario, para la recuperación del orden público. Ello, con garantías de utilización de la fuerza por parte del Estado, pero también con la utilización del Ministerio Público como garante de la utilización de la fuerza de fuego. En este sentido hay que acordar una utilización adecuada de la fuerza, contra los que saquean e incendian, respecto de los que sólo cabe la utilización de poder de fuego, y contra los que se enfrentan a carabineros (la primera línea o los que mantienen aprisionados algunos espacios públicos), su pronta detención. Acá se requiere un acuerdo para la pronta reforma del Ministerio Público y remoción de jueces de garantía. Pero también es fundamental el trabajo sobre las causas basales de la violencia: término de las barras bravas, expulsión de los narcos de las poblaciones (como destacara Ciper, alrededor de 3 millones de chilenos viven como ahora se comienza a vivir en Chile después del 18 de octubre), y una revisión de las políticas educacionales, a nivel de colegios, liceos y universidades, para centrar los procesos educacionales en lo que les corresponde y no en la justificación de la violencia como método legítimo de lucha.

Estas son medidas básicas y fundamentales para recuperar el orden público, pero nada de ello resultará si es que  no hay un gran acuerdo nacional en lo que hemos perdido durante los últimos 10 ó 20 años, y es la legitimidad del proceso político. De la actual crisis que vive el país, solo se saldrá si se dejan las calles y se vuelve al lugar dónde se debe discutir la política: la plaza pública, que no es otra que el Congreso. Nada de esto hubiese pasado si es que los chilenos hubiésemos aprendido algo de nuestra historia y nuestros vecinos; la democracia sólo funciona a través de los partidos políticos. Es necesario que nuestros jóvenes, y nuestros ciudadanos, se hagan responsables del buen funcionamiento de los partidos políticos, y eso no sólo se hace votando, sino inscribiéndose en ellos. Acá todos tenemos responsabilidad, pero rectores, decanos, religiosos, profesionales, autoridades de distinta índole, etc. tenemos la mayor responsabilidad. Tenemos que volcarnos en masa a inscribirnos en los partidos políticos y ojalá sean los tradicionales. La sangre de este organismo, que llamamos democracia, son los partidos políticos. Y si ellos son capturados por caudillos, y por la corrupción, entonces no hay sistema democrático que sobreviva. Este es el aspecto fundamental, al que en realidad estamos enfrentados, que es mucho más relevante que el primero, que es simplemente urgente.

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