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Publicado el 09 de mayo, 2020

Rodrigo Ahumada: Sergio Onofre Jarpa, un puente para la transición

Académico Correspondiente, Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Asociado de Historia y Filosofía Rodrigo Ahumada

En momentos en que la intolerancia y la violencia parecieran renacer, articuladas y promovidas por una izquierda minoritaria, no democrática y mesiánica, que no cree en el diálogo y que no ha aprendido nada de las lecciones del pasado, es importante recordar a la figura del recién fallecido Sergio Onofre Jarpa, quien ocupó un lugar preponderante en el proceso de transición a la democracia a fines de los 80.

Rodrigo Ahumada Académico Correspondiente, Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Asociado de Historia y Filosofía
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Los grandes personajes históricos siempre han sido y serán motivo de controversias o polémicas. El historiador sabe que no existe un pasado único, porque una cosa es el pasado vivido por los hombres de antaño y otro muy diferente el pasado narrado por el historiador (Henri Marrou). Por eso el historiador puede colocar, mediante la síntesis histórica, un siglo en veinte páginas (Paul Veyne). Muchas veces se suele olvidar que en el corazón de la historia, como saber y como relato, existe un conflicto de interpretaciones (Paul Ricoeur), sobre los eventos, procesos o personajes que constituyen la textura temporal de una sociedad, cultura o civilización. Tal es el caso de Sergio Onofre Jarpa, pero también de Jorge Alessandri Rodríguez, Eduardo Frei Montalva o Patricio Aylwin, por mencionar a políticos que fueron contemporáneos del destacado líder recientemente fallecido. Por eso serán inevitables las distintas visiones y discusiones sobre su contribución a la historia política de nuestro país. No somos pocos los que pensamos que, con su muerte, Chile pierde a uno de los políticos más destacados de la historia de Chile de la segunda mitad del siglo XX.

Son muchas cosas que se podrían escribir sobre su persona y su obra, especialmente para quienes tuvimos la ocasión de seguir de cerca su trayectoria pública en la década de los 70, 80 y 90, como estudiantes secundarios y universitarios, y posteriormente como profesionales. Nuestro presente sería incomprensible si se prescindiese de su destacada participación en el devenir político de nuestro país, en momentos históricos que fueron particularmente críticos para nuestra tradición democrática.

En estas breves reflexiones, quisiera señalar al menos dos momentos históricos donde se puede apreciar con claridad los atributos que nos permiten reconocer en Sergio Onofre Jarpa un destacado hombre público. En primer lugar, su infatigable tarea en defensa de la democracia, para evitar que se instaurase en nuestro país un régimen socialista marxista, bajo el gobierno del presidente Salvador Allende y la Unidad Popular (1970-1973). En segundo lugar, su breve participación en el Gobierno Militar, asumiendo el cargo de ministro del Interior (1983-1985), en un momento histórico donde el país atravesaba por una grave crisis política, donde la espiral de violencia se había instalado nuevamente en Chile.

En defensa de la democracia

Sergio Onofre Jarpa, líder natural del Partido Nacional (fundado en 1966), fue un claro opositor al proyecto político y al programa de gobierno del presidente Salvador Allende. Siempre tuvo claro que la ideología y utopía de la “vía chilena hacia el socialismo”, no era otra cosa que un socialismo de clara inspiración marxista-leninista, más allá de las intenciones personales del mismo presidente Allende (Cf. Salvador Allende, Primer Mensaje al Congreso Pleno, 21 de mayo 1971). En efecto, tal como lo señalaba el Programa de la Unidad Popular de manera clara: “En Chile las recetas ‘reformistas’ y ‘desarrollistas’ que impulsó la Alianza para el Progreso e hizo suyas el gobierno de Frei no han logrado alterar nada importante. En lo fundamental ha sido un nuevo gobierno de la burguesía al servicio del capitalismo nacional y extranjero, cuyos débiles intentos de cambio social naufragaron sin pena ni gloria entre el estancamiento económico, la carestía y la represión violenta contra el pueblo, con esto se ha demostrado una vez más, que el reformismo es incapaz de resolver los problemas del pueblo” (Programa Básico de Gobierno de la Unidad Popular, Santiago, 17 de diciembre 1969, n°2, p. 4). Cualquier conocedor del pensamiento de Marx y Engels, lo mismo que de Lenin, sabe que las reformas políticas siempre han sido el enemigo natural de la Revolución. En el fondo, lo que se reprochaba a Eduardo Frei Montalva es no haber sido capaz de hacer una revolución al estilo de la Revolución cubana encabezada por Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara (1959).

En este sentido, Sergio Onofre Jarpa era plenamente consciente, lo mismo que Eduardo Frei Montalva, que en Chile no se estaba construyendo un socialismo más, o un socialismo democrático al estilo de la socialdemocracia europea, sino que un socialismo marxista. Los mismos obispos chilenos encabezados por el Cardenal Raúl Silva Henríquez (fundador de la Vicaría de la Solidaridad) ya habían denunciado este hecho en el primer año de gobierno del presidente Allende: “Es cierto que no conocemos el rostro definitivo y final del socialismo que se busca en nuestra patria, pero sí conocemos los agentes reales que están influyendo actualmente en su construcción y que serán también los que contribuyan a determinar sus rasgos futuros. Es posible, por eso, prever en parte lo que puede devenir a la larga el socialismo chileno, si examinamos con detención estos agentes. Entre ellos, nos merece especial consideración el papel que le cabe en el actual proceso de transformación histórica que vive Chile a la ideología marxista. En Chile no se está construyendo un socialismo cualquiera, sino un socialismo de inspiración marcadamente marxista” (Obispos de Chile, Evangelio, Política y Socialismos, Santiago 27 de mayo 1971, n°30).

El asesinato del ex ministro del Interior y amigo personal del presidente Eduardo Frei, Edmundo Pérez Zujovic (8 de junio 1971), por un grupo extremista de izquierda (VOP), precipitó los acontecimientos políticos, provocando el distanciamiento definitivo entre la Democracia Cristiana y el gobierno del presidente Allende, y con ello toda posibilidad de diálogo con la Unidad Popular, cuyos sectores más radicales, encabezados por el Partido Socialista de Carlos Altamirano y el MAPU de Rodrigo Ambrosio y Óscar Guillermo Garretón (apoyados por el MIR de Miguel Enríquez), imponían las tesis del sector más radical del gobierno bajo el lema “avanzar sin transar”.

Es en este contexto histórico, es decir, un país sumido en una profunda crisis política, social y económica y radicalizado ideológicamente, que parecía encaminarse de manera inquietante hacia un enfrentamiento entre los chilenos, donde la figura de Sergio Onofre Jarpa destaca por el rol político que jugará en pro de salvar la democracia chilena, frente a la amenaza real de que se instaure un régimen marxista en Chile. En efecto, junto a la DC encabezada por Eduardo Frei Montalva, dieron origen a la Confederación de la Democracia (CODE), una alianza electoral integrada fundamentalmente por el Partido Nacional y la Democracia Cristiana en julio de 1972.

Esta alianza fue un hecho histórico providencial, entre otras razones, porque permitió el triunfo en las urnas de la oposición al gobierno de la Unidad Popular en las elecciones parlamentarias de 1973. Mientras la UP obtuvo un 43% de los votos, que equivalía a 20 senadores y 63 diputados, la CODE obtuvo un 56%, quedando con 30 senadores y 87 diputados. Con este resultado electoral quedaba claro que el gobierno del presidente Allende impulsaba un programa de gobierno que concitaba un gran rechazo por parte de la población chilena (hecho que habitualmente suele silenciarse o interpretarse como un triunfo de la UP). Al mismo tiempo, se lograba evitar que los partidarios del régimen pudiesen tener el control total del poder político, que habría significado el principio del fin de la democracia en Chile.

Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos políticos que se realizaron para impedir la espiral de violencia que se había desencadenado en el país, no pudo evitarse el quiebre de la democracia en Chile. De hecho, las acciones realizadas por la Iglesia católica, encabezada por la figura del Cardenal Silva Henríquez, para buscar una salida política a la crisis que vivía el país, no llegaron a buen puerto, la polarización entre los chilenos, agudizada por el activismo de los partidarios de la vía armada, era de tal magnitud, que era prácticamente imposible un acuerdo entre posturas tan divergentes como las que representaban en ese momento la CODE y la Unidad Popular.

El mismo Miguel Enríquez, líder revolucionario del MIR, señalaba en su discurso en el Teatro Caupolicán, el inexorable enfrentamiento como corolario de la lucha de clases (categoría que sabemos que en Marx es de carácter filosófica y no sociológica): “Trabajadores de todo Chile, en las últimas semanas el país ha sido sacudido por graves y agudos conflictos, la lucha de clases se ha agudizado, dejando al desnudo las contradicciones de la sociedad, en una rápida sucesión de hechos y choques, los trabajadores han ocupado finalmente el lugar protagónico en el escenario de la lucha política, la clase obrera y el pueblo atrincherados en los fundos y fábricas, enfrentan a sus enemigos de clase que les acechan y amenazan. Nos reunimos nuevamente en este Caupolicán para recoger la experiencia de estos días, analizar los acontecimientos y fijar los próximos objetivos. Pero éste no es solo un acto de análisis, éste es un acto de preparación para los próximos acontecimientos, éste es un acto de combate, éste es un llamado a la clase obrera y el pueblo, a reafirmar su posición combativa y a reemprender con más fuerza que nunca, la lucha sin cuartel contra las clases patronales, contra Frei, contra Jarpa, contra los enemigos del pueblo” (17 julio 1973). Esta misma lógica discursiva es la que encontraremos en Carlos Altamirano, Alberto Jerez y otros líderes de la Unidad Popular.

Como se ve claramente, en ese momento era casi utópico pensar en un diálogo político. Eso explica porqué la mayoría de los chilenos veía en la intervención de las Fuerzas Armadas la única salida posible para impedir una guerra civil, como lo señalaron tanto Eduardo Frei Montalva como Patricio Aylwin, cuya vocación democrática no puede ser cuestionada por nadie medianamente serio. Con el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 se pone fin no solo a “una democracia cansada” (Patricio Dooner), sino también a la vía chilena hacia el totalitarismo (Claudio Orrego Vicuña).

Abrir los caminos del diálogo

El segundo momento histórico, nos sitúa de lleno en la crisis política más aguda que vivió el país desde que asumió el poder la Junta de Gobierno y posteriormente el General Augusto Pinochet. Cuando Sergio Onofre Jarpa toma posesión del cargo de ministro del Interior (13 agosto 1983), lo hacía teniendo claro que el país enfrentaba una “crisis integral”. Esta crisis había sido denunciada con meridiana claridad por los obispos chilenos en su mensaje pastoral de diciembre de 1982, “El Renacer de Chile”. En ese notable documento se señalaba que el país no solo atravesaba por una grave crisis económica, sino también social, política (institucional) y sobre todo moral. Esta última se traducía en la pérdida de “valores fundamentales del cristianismo” arraigados en nuestra tradición cultural y democrática. Aeste respecto se hacía mención de “los atropellos a la dignidad humana, los apremios injustos a que son sometidos algunos detenidos, el exilio, el liberalismo económico desenfrenado, (y) la especulación en vez del trabajo honrado, (o) el derroche junto a la miseria” (Obispos de Chile, El Renacer de Chile, Punta de Tralca, 17 diciembre 1982, n°5). Finalmente, los obispos chilenos hacían un urgente llamado para que se respetasen los derechos fundamentales de la persona y se buscase un pronto retorno a una “plena democracia”.

Es importante recordar que la crisis económica que estalló en el mes de agosto del 82 -especialmente en México- nace como consecuencia de la excesiva acumulación de deuda externa por parte de los países de América Latina, generando un proceso generalizado de recesiones económicas, que golpeo de manera especialmente dura a nuestro país. Pensemos tan solo en algunos indicadores económicos de la época: el PIB disminuyó en un 14,3%, el desempleo llegó al 23,7%, al mismo tiempo que el gobierno decidió devaluar el peso en un 18%.

En ese contexto, el régimen militar se enfrentó a una severa crisis política que no encontró cauces de solución (Luis Maira). Al contrario, con el surgimiento de las llamadas “jornadas de protesta nacional” que se inician el 11 de mayo de 1983, con la primera protesta convocada por la Confederación de Trabajadores del Cobre (CTC), y apoyada por diversos sectores políticos de oposición, se configura un escenario de confrontación entre los partidarios del régimen y sus opositores. Siendo una de las grandes preocupaciones, la polarización de los grupos de izquierda cercanos al PC que insistían en la vía armada para derrocar al régimen militar, como lo recuerdan los obispos chilenos: “hay quienes buscan en el marxismo, aún en su expresión atea y totalitaria, un camino de solución. Otros alimentan un sordo rencor y aguardan el momento de la revancha. Otros, perdida la esperanza en la vía democrática, optan por la violencia. Situaciones todas estas, que dificultan una salida pacífica” (Renacer de Chile, n°5c). En este sentido, “abrir los cauces de participación política es una tarea urgente… antes que el nivel de las tensiones provoque una posible tragedia” (Renacer de Chile, n°7). Es importante considerar que el General Augusto Pinochet había decidido el 11 de agosto de 1983, sacar a las calles a cerca de 18 mil efectivos militares, quienes, apoyados por el cuerpo de Carabineros, lograron en gran medida abortar la cuarta protesta, paralizando tanto Santiago como diversas zonas o regiones del país.

En esta atmósfera enrarecida por un clima de violencia, la llegada del destacado político chileno al ministerio del Interior descomprimió el ambiente de tensión que se vivía y colocó una luz de esperanza en medio de la crisis. La asunción de Jarpa no solo representaba la llegada de un civil (el cargo, con excepción de Sergio Fernández F., había sido ocupado hasta ese momento por militares obedientes al General Pinochet), sino también de una figura pública apegada a las tradiciones democráticas de nuestro país, que comprendía la magnitud de la crisis por la cual se estaba atravesando. Esto explica que uno de sus primeros actos, apenas asume como ministro (13 de agosto 1983), sea la de visitar al arzobispo de Santiago Monseñor Juan Francisco Fresno.

En esa histórica visita, Jarpa y Monseñor Fresno acordaron un encuentro con la recientemente creada Alianza Democrática (6 agosto 1983), cuya finalidad como grupo político era establecer las “Bases del diálogo para un Acuerdo Nacional”, siendo integrada por destacadas figuras del mundo político pertenecientes a la oposición democrática, como Gabriel Valdés Subercaseaux, Patricio Aylwin, Ricardo Lagos Escobar, Hugo Zepeda, Julio Subercaseaux, Luis Bossay, Enrique Silva Cimma, Luis Fernando Luengo, Ramón Silva Ulloa, entre otros. Ese encuentro se realizó el 25 de agosto y, como lo recuerda Gabriel Valdés Subercaseaux, se trató de una reunión “que fue cordial y que abrió perspectivas por cuanto el Ministro anunció una serie de medidas que descomprimían la situación; decretando el fin del toque de queda, del estado de Emergencia, autorizando el regreso de 1.600 exiliados… Habló de consenso, reconciliación y de una nueva etapa” (Cf. Gabriel Valdés S., en El Acuerdo Nacional. Significados y Perspectivas, Matías Tagle (Editor), Corporación Justicia y Democracia, 1995, p. 53).

A este primer encuentro siguió un segundo con la presencia de Monseñor Fresno. Con posterioridad y después de un breve periodo en que no hubo ningún encuentro, se produce una reunión privada entre Gabriel Valdés y el ministro Jarpa, en las oficinas del abogado Carlos Raymond, el 29 de septiembre de 1983. Allí, nos recuerda el mismo Gabriel Valdés, “se produjo el acuerdo en una fórmula que fue aprobada por la Alianza y que fue el tema del tercer diálogo, que quedó abierto a la respuesta del ministro. Sin embargo, todo ello quedó frustrado por la declaración del General Pinochet cuatro días después, al decir: ‘el gobierno se fijó una meta, un camino y los va a cumplir’” (Valdés Gabriel, o. c., p. 53 y 54).

Si bien es cierto que hubo esfuerzos por buscar un diálogo que pudiese abrir las vías para la recuperación efectiva de la democracia y el estado de derecho, estos esfuerzos naufragaron. Sergio Onofre Jarpa no solo tuvo que enfrentar una fuerte resistencia en el gobierno y en los sectores más radicales del mismo, sino también la violencia social y política promovida por la extrema izquierda, lo que llevó al régimen militar, entre otras acciones, a endurecer su posición, lo que condujo a restablecer el toque de queda y a cerrar todas las revistas de oposición, poniendo fin a toda forma de diálogo.

Sin embargo, las semillas sembradas en ese momento histórico por la oposición democrática, con la participación de la Iglesia Católica y la actitud valiente y decidida de Sergio Onofre Jarpa, darían prontamente sus frutos. El 25 de agosto de 1985 se firmó el Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia. En ese Acuerdo Nacional se encuentran contenidos los grandes principios que hicieron posible el retorno a la democracia en Chile.

Por eso nos parece importante recordar en la hora presente, cuando la intolerancia y la violencia parecieran renacer, articuladas y promovidas por una izquierda minoritaria, no democrática y mesiánica, que no cree en el diálogo y que no ha aprendido nada de las lecciones del pasado, que la Alianza Democrática manifestó desde su fundación, su firme convicción y voluntad de lograr una salida política y pacífica hacia la democracia como pieza clave para evitar la radicalización de la violencia entre el gobierno militar y la izquierda revolucionaria intransigente. Fue esta convicción y voluntad de diálogo -sin el cual la política se disuelve en la demagogia o en la ideología-, la que condujo a la elección del presidente Patricio Aylwin por una abrumadora mayoría de chilenos (55,2% de los votos contra el 29,4% de Hernán Büchi) el jueves 14 de diciembre de 1989. Fue esa misma voluntad la que hizo posible la construcción de una democracia fundada en los acuerdos, que le ha permitido a Chile emprender el camino hacia el desarrollo y, sobre todo, vivir en paz durante 30 años.

En esa transición la figura de Sergio Onofre Jarpa (uno de los primeros civiles en reconocer el triunfo del NO en el plebiscito de 1988) ocupó un lugar preponderante. Como lo señala el mismo Gabriel Valdés Subercaseaux: “Es deber histórico reconocer que el señor Jarpa hizo esfuerzos generosos para modificar el cuadro político del país e iniciar seria y rectamente un proceso de apertura”.

Para quienes vivimos gran parte del período histórico que el gran historiador chileno Mario Góngora caracterizaba como “la época de las planificaciones globales”, hemos podido constatar y admirar el liderazgo político de grandes hombres públicos de todos los sectores, como Eduardo Frei Montalva, Salvador Allende, Jorge Alessandri Rodríguez, Patricio Aylwin, Gabriel Valdés Subercaseaux, Radomiro Tomic, Edmundo Pérez Zujovic, Francisco Bulnes Sanfuentes, José Tohá González, Clodomiro Almeyda, Bernardo Leighton, Ricardo Lagos Escobar y tantos otros. En medio de todos ellos, la figura de Sergio Onofre Jarpa adquiere especial brillo y relevancia como servidor público.

Como le gustaba señalar a Winston Churchill en sus célebres y breves frases cargadas de sentido: “El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”.

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