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Publicado el 21 de octubre, 2019

Rodrigo Ahumada: La violencia de los falsos demócratas

Académico Correspondiente, Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Asociado de Historia y Filosofía Rodrigo Ahumada

Su mirada no está puesta en el bien de Chile, sino en imponer el modelo de sociedad que acabó en pocos años con la estable democracia venezolana, transformando al país de Bolívar y Bello en un Estado en ruinas. Ese estado que tanto admira la izquierda de capuchas y puños en alto.

Rodrigo Ahumada Académico Correspondiente, Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Asociado de Historia y Filosofía
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El viernes 18 de octubre Chile ha vivido el día más triste desde el retorno a la democracia. La violencia se apoderó de las calles burlando sin pudor nuestro debilitado “ethos” republicano. El ciudadano común –sobre todo el sencillo trabajador, profesional, obrero u oficinista-, observó con estupor cómo la violencia de los falsos demócratas arrasaba con todo lo que encontraba a su paso. La violencia que se apoderó de Santiago solo tiene parangón con los hechos que observamos cotidianamente en la dictadura de Nicolás Maduro. ¿Puede la razón seguir tolerando el doble estándar de “políticos” que justifican a anárquicos y violentistas que destruyen colegios, bienes públicos y privados, hipotecando el derecho de las personas honestas a vivir en paz en democracia? Indigna observar hasta qué punto las normas básicas de toda convivencia social, claves para la existencia del orden democrático, sean constantemente vulneradas por una tropa de fanáticos y fundamentalistas, sin respeto alguno por sus semejantes, sin hábitos ni valores, sin pautas de conducta ciudadana. Qué rápido han olvidado el costo que significó recuperar la democracia aquellas minorías que hoy se empeñan en arrojarla por el despeñadero.

Estas son tan solo algunas de las contradicciones que nuevamente han mostrado los llamados movimientos estudiantiles y ciudadanos o simplemente “populares” (como ocurrió el 2013), movimientos que en Chile hace tiempo perdieron el rumbo y su verdadero sentido, especialmente después que sus dirigentes hicieran un llamado explícito a radicalizarlos. Por eso no extraña ver participar en ellos a delincuentes y violentistas que actúan de manera sincronizada con el único objetivo de destruir o sembrar el terror en la población por la vía del vandalismo como lo han mostrado los medios de comunicación social. Esta es la esencia de la demagogia de los falsos demócratas que han asolado nuestra capital, cegados por el odio de sus pasiones y resentimientos.

Sin embargo, aquello que más entristece es constatar que todavía existe gente que piensa que los estudiantes que iniciaron las revueltas son “jóvenes idealistas”, sin siquiera percibir los oscuros intereses que movilizan a quienes los instrumentalizan. Detrás de muchos de ellos está la vieja y caduca utopía del socialismo dialéctico, que en su esencia no tiene ninguna relación con la social democracia europea y menos aún con lo que fue la Concertación de Partidos por la Democracia. Sí, el socialismo dialéctico, el mismo de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, de Daniel Ortega y Evo Morales. Ese socialismo que piensa que la violencia y el odio social se encuentra en el corazón de la sociedad y de la historia, por eso para ellos las reformas y la misma democracia (a la que antes llamaban “burguesa” y hoy “neoliberal”) no sirven. Su mirada no está puesta en el bien de Chile, sino en imponer el modelo de sociedad que acabó en pocos años con la estable democracia venezolana, transformando al país de Bolívar y Bello en un Estado en ruinas. Ese estado que tanto admira la izquierda de capuchas y puños en alto.

Por esta razón, la pasividad del gobierno nos parece incomprensible frente al actuar de grupos violentistas, grupos que se venían preparando desde el instante que el Presidente Piñera asumió el poder. ¿Cuáles fueron las advertencias de la Agencia Nacional de Inteligencia? ¿Cuántas horas estuvo la ciudadanía sin una vocería oficial que transmitiese sensación de seguridad a la población? ¿Dónde estaban el ministro del Interior y la ministra Secretaria General de Gobierno? Como ha señalado el alcalde de La Florida Rodolfo Carter, no estamos frente a una protesta pacífica, sino frente a grupos violentos y organizados. Por su parte el Secretario General de RN, diputado Mario Desbordes ha señalado con justa razón que se trata de grupos violentistas organizados que han usado el malestar de la población para proceder al “asalto de Santiago”.

Frente a la violencia de los falsos demócratas siempre debe imperar la fuerza de la ley que garantice la paz de la sociedad. El gobierno no puede aceptar que en plena democracia se pretenda legitimar el uso de la violencia como medio lícito de expresión ciudadana, eso sería sencillamente un suicidio político y moral. Esto no quiere decir en modo alguno que el presidente Sebastián Piñera no deba convocar a la brevedad a todas las fuerzas políticas para enfrentar la difícil situación que estamos viviendo. Si no lo hace, el país podría entrar en una espiral de violencia que se puede extender al resto de las regiones. Lo que hoy vivimos es una de las tantas consecuencias del fin de la democracia de los acuerdos que imperó en Chile desde el gobierno de Patricio Aylwin y que hizo posible el desarrollo del país durante decenios.

En estos momentos de desolación, no puedo dejar de recordar las palabras del gran filósofo de la democracia, Jacques Maritain: “Los que recuerdan las lecciones de la historia saben que una sociedad democrática no puede ser una sociedad desarmada que los enemigos de la libertad puedan tranquilamente conducir al matadero en nombre de la libertad. Precisamente porque es una república de hombres libres, debe defenderse con particular energía contra aquellos que, por principio, se niegan a aceptar y trabajan incluso en destruir los fundamentos de la vida común de semejante régimen” (La Carta Democrática).

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