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Publicado el 03 de octubre, 2019

Rodrigo Ahumada: La doctrina del desarrollo: Una mirada desde la Ética Social

Académico Correspondiente Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Academia Diplomática Andrés Bello Rodrigo Ahumada

¿Qué idea de desarrollo entonces es la que ha acompañado y acompaña a muchos de nuestros líderes políticos y de opinión? Me parece que una visión tecnocrática que no da cuenta del ser humano en la integralidad de su ser.

Rodrigo Ahumada Académico Correspondiente Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Academia Diplomática Andrés Bello
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Una interrogante preside y acompaña la presente reflexión. ¿Qué idea de desarrollo es la que domina en el debate tanto académico como público sobre materias económicas, sociales y políticas en nuestro país? ¿Se trata de una visión integral centrada en la persona? ¿O se trata más bien de una visión que tiene un carácter esencialmente economicista que se expresa en los modelos de “Sociedad de Mercado” y de “Sociedad Estatista”? A estas interrogantes se agregan otras de candente y permanente actualidad. ¿Tiene algo que decir la filosofía sobre el tema del desarrollo? ¿Cuáles son los principios filosóficos, tanto antropológicos como éticos, que la Ética Social pone en juego en su reflexión sobre el desarrollo?

Estas interrogantes tienen como trasfondo una problemática mayor que excede ampliamente el campo de una visión puramente empírica y técnica -por muy importante y necesaria que estas sean-, para situarse de lleno en el corazón mismo de la reflexión filosófica. En efecto, la pregunta que nos interesa es la siguiente: ¿Quién es el principio, sujeto y fin de todas las instituciones humanas? ¿La persona o el individuo? ¿La persona o el colectivo? ¿La persona o El Estado? ¿La persona o el mercado? En síntesis, lo que está en juego es una antropología de la persona que considere a cada ser humano como un sujeto racional y libre, el cual solo se realiza plenamente como persona en la donación de sí mismo a los demás. En esta perspectiva la genuina libertad de la persona solamente tiene sentido en la gratuidad y generosidad propia de la donación del ser personal. Sin esta filosofía de la persona, la noción de bien común como fundamento del orden político, social y económico queda privada de su savia y de su sustento, transformándose en una mera caricatura ideológico-partidaria fácilmente absorbida por las ideas confusas de “bien público” o de “interés común”.

Es esta filosofía de la persona la que se encuentra hoy día gravemente amenazada por una concepción del hombre y de la sociedad que tiende a la exaltación del individuo en desmedro de la identidad y dignidad de la persona. Una concepción que reduce al ser humano a su condición de viviente corpóreo, y en cuanto tal solamente parte de una especie -como la abeja en la colmena-, una suerte de “partícula” más especializada o más compleja del universo material y que solamente reconoce en él una identidad biológica y psicológica a la vez que un condicionamiento histórico y cultural. De este modo, se aspira solamente a dar razón de lo humano desde las ciencias empíricas, sean estas naturales o sociales.

Como se ve, no se trata de una cuestión menor, por cuanto si el ser humano solamente es considerado como un individuo corpóreo, ya no puede ser pensado como una totalidad en sí misma, ese “universo” o “microcosmos” del cual nos hablan los filósofos, sino tan solo como la parte de algo o de una realidad que es superior a él y que se presenta como el único fin para su vocación personal. A partir de este momento el Estado y el Mercado se perfilan en el horizonte social como los sujetos o aquellas “totalidades” que le confieren significado y sentido a su propia presencia en el mundo. Así, se revierte el orden natural de las cosas y ya no se dirá más que el Estado existe para la persona sino que la persona existe para que la maquinaria o engranaje del Estado funcione. Del mismo modo, tampoco se dirá que el mercado es un instrumento o un medio al servicio de la persona, sino que esta última deberá adecuarse a un mercado concebido como un fin en sí mismo.

El desarrollo no se identifica con el crecimiento económico porque apunta a cada persona y a toda la persona, lo que implica no solamente el bienestar económico, sino sobre todo el crecimiento intelectual, espiritual y valórico.

¿Qué idea de desarrollo entonces es la que ha acompañado y acompaña a muchos de nuestros líderes políticos y de opinión? Me parece que una visión tecnocrática que no da cuenta del ser humano en la integralidad de su ser. Lo que se ha olvidado, es que el desarrollo, antes de ser una categoría económica o política, es esencialmente una categoría ética. Esto quiere decir que solamente tiene sentido cuando está referido a lo humano. Como lo señala, el gran Papa de la doctrina del desarrollo, Pablo VI, acogiendo los notables aportes del fundador del Movimiento Economía y Humanismo, el dominico Louis-Joseph Lebret: “El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre. Con gran exactitud ha subrayado un eminente experto: ‘Nosotros no aceptamos la separación de la economía de lo humano, el desarrollo de las civilizaciones en que está inscrito. Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad entera’” (Encíclica Populorum Progressio, n° 14).

En este párrafo se encuentran contenidos los principios esenciales de toda genuina doctrina sobre el desarrollo fundada sobre la metafísica de la persona y el bien común, por oposición a las ideologías del desarrollo. El desarrollo no se identifica con el crecimiento económico. Este es el axioma fundamental ¿Por qué? Sencillamente porque apunta al desarrollo de cada persona -es decir nadie puede ser excluido-, y el desarrollo de toda la persona, lo que implica no solamente el bienestar económico, sino sobre todo el crecimiento intelectual, espiritual y valórico en una sociedad como la nuestra, donde la ética funcional ha suplantado a la ética del bien y de las virtudes. Esta es la noción filosófica del bien común, que hoy suele confundirse con la noción económica del mismo.

No podemos seguir engañándonos. La superación del drama de la pobreza y de las profundas inequidades que existen en nuestro país requiere de una solución integral fundada en una concepción humanista del desarrollo que coloque a la persona en el eje de la reflexión. Hemos tardado demasiado tiempo en asumir que el desarrollo que tanto anhelamos compromete tanto a la educación como a la economía, tanto a la ética como a la política, tanto a la cultura como a la sociedad. Esta tarea exige por parte de nosotros una nueva mirada sobre la realidad país. Una mirada que sustituya la ideología por la persona, que remplace la tecnocracia y la burocracia por el bien común, que integre al mismo tiempo la óptica de los más necesitados y marginados de la sociedad. Esta nueva mirada ha sido expresada de manera maravillosa por el Papa Juan Pablo II, en su discurso pronunciado en la CEPAL y que me permito recordar: “Al igual que yo, estoy seguro de que, tras el lenguaje conciso de cifras y estadísticas, vosotros descubrís el rostro viviente y doloroso de cada persona, de cada ser humano indigente y marginado, con sus penas y alegrías, con sus frustraciones, con su angustia y su esperanza en un futuro mejor. ¡Es el hombre, todo el hombre, cada hombre en su ser único e irrepetible, creado y redimido por Dios, el que se asoma con su rostro personalísimo, su pobreza y marginalidad indescriptiblemente concretas, tras la generalidad de las estadísticas!”.

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