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Publicado el 28 de octubre, 2019

Rodrigo Ahumada: Del estallido social a la reconstrucción política: Razones de una crisis inadvertida

Académico Correspondiente Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Academia Diplomática Andrés Bello Rodrigo Ahumada

¿Qué pasó con la democracia de los acuerdos que hizo posible el desarrollo político y económico del país durante decenios? ¿En qué momento los líderes políticos, empresariales y de opinión se volvieron intolerantes, indiferentes y arrogantes? ¿Cuándo se produjo el divorcio progresivo de la “clase” política con los problemas reales y urgentes del ciudadano común?

Rodrigo Ahumada Académico Correspondiente Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Academia Diplomática Andrés Bello
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Sin diálogo no hay política, menos democracia. Esta afirmación pareciera haber desaparecido súbitamente del espacio público de nuestro país, colocando en su lugar un principio que erosiona los cimientos de la paz social, la dialéctica amigo-enemigo. Esto fue lo que observamos los primeros días del estallido social ocurrido en Santiago, donde existió la acción concertada de grupos violentos y anarquistas que intentaron instrumentalizar el malestar ciudadano mediante la destrucción.

A medida que el estallido social ha ido transitando hacia un movimiento ciudadano, el rechazo a la violencia y a las tesis populistas parecieran imponerse, lo que ha permitido que emerjan con nitidez las demandas de la población. Estas demandas se sintetizan en el clamor de la ciudadanía para que se reconozca y garantice el derecho que tiene todo chileno a llevar una vida digna. Este clamor ciudadano ha expresado su malestar hacia una clase política que no ha sido capaz de escucharlos y representarlos. Una clase política que una vez más llegó tarde, consecuencia del autismo, arrogancia y despotismo en el cual ha vivido los últimos años. En este sentido, la crisis actual es fundamentalmente política y no económica.

En la vorágine política y social que hemos vivido esta semana, con sus luces y sombras (como toda realidad histórica), son muchas las preguntas que surgen: ¿Qué pasó con la democracia de los acuerdos que hizo posible el desarrollo político y económico del país durante decenios? ¿En qué momento los líderes políticos, empresariales y de opinión se volvieron intolerantes, indiferentes y arrogantes? ¿Cuándo se produjo el divorcio progresivo de la “clase” política con los problemas reales y urgentes del ciudadano común? En estas líneas quisiéramos proponer algunas pistas de reflexión para comprender algunas razones de la crisis que nos aqueja.

¿Qué grado de representatividad puede tener un diputado que fue elegido por “arrastre” y con menos de un 2% de los votos en su distrito?

La primera razón apunta directamente al evidente divorcio entre la ética y la política. En simples palabras, para el mundo político pareciera que actuar políticamente no tiene relación con actuar éticamente. Esta visión y forma de hacer política se ha transformado, se quiera reconocer o no, en la principal sepulturera de los principios y valores democrático. La sociedad chilena y sus políticos siempre se enorgullecieron por su probidad. Sin embargo, en los últimos años una serie de escándalos de corrupción tanto en instituciones públicas como privadas como los casos Penta, Soquimich, La Polar, Corpesca, por mencionar los más relevantes, han echado por tierra uno de los signos distintivos de nuestro ethos republicano. Nadie cuestiona que la política en Chile atraviesa por una crisis profunda de identidad, que el ciudadano que se ha manifestado multitudinariamente en las calles, percibe y denuncia como una tragedia para la subsistencia de un régimen democrático.

En este sentido ¿puede sorprender que numerosos políticos, entre ellos el presidente del PS Álvaro Elizalde, hayan rechazado de plano la posibilidad de reducir el número de parlamentarios? Seamos claros, ¿qué grado de representatividad puede tener un diputado que fue elegido por “arrastre” y con menos de un 2% de los votos en su distrito? A mayor ahondamiento, por primera vez desde el retorno a la democracia, un 20% de los nuevos diputados llegó al Congreso con menos del 5% de los votos. Esto es un escándalo y una burla para el ciudadano común.

Una segunda razón que nos permite comprender la crisis consiste en el hecho que la política ha sido aprisionada y absorbida por la lógica economicista. De este modo la idea de bien común ha sido reemplazada por la de bienestar económico, como si la sociedad estuviese constituida por individuos aislados entre sí y no por personas. Se trata de una visión tecnocrática y utilitaria que reduce la política a una ingeniería social. Para muchos “economistas” la idea de desarrollo se identifica con la idea de crecimiento económico, olvidando que se trata esencialmente de una categoría ética. Esta visión economicista solo considera los aspectos técnicos de la economía, olvidando que el sujeto y fin de ella no puede ser otro que la persona; lo que en ética social llamamos economía solidaria, que no se opone a una economía de mercado, sino al contrario, la humaniza.

¿Cómo se puede garantizar el diálogo político si las discusiones giran en torno a principios ideológicos?

Por eso nos encontramos ante la indignante realidad que, teniendo por años destacados índices de crecimiento económico, dichos índices no se han traducido en una adecuada distribución del ingreso que garantice la justicia social. Al contrario, lo que tenemos hoy es una inmensa brecha social, solo comparable con los países pobres de la ecúmene planetaria. ¿Era sostenible esta situación sin un estallido social? Ciertamente no. Como lo advirtiera el Papa Juan Pablo II en su profético discurso a la CEPALC en 1987: “¡Los pobres no pueden esperar! Los que nada tienen no pueden aguardar un alivio que les llegue por una especie de rebalse de la prosperidad generalizada de la sociedad”.

La tercera razón que parece relevante es la supervivencia del discurso ideológico. Recordemos que la ideología es la degradación sentimental y vulgarizada de una doctrina política o de una concepción global del mundo, que lleva consigo una mezcla de pasiones y creencias, configurándose de este modo en un discurso falso sin nexo con la realidad. La ideología dramatiza falsos problemas para hacer creer que son importantes y de esa manera obtener ventajas partidarias. ¿Cómo se puede garantizar el diálogo político si las discusiones giran en torno a principios ideológicos? La ideología es una mistificación de lo real, por eso no puede ser la base para construir una democracia que reconozca la importancia de los acuerdos políticos indispensables para la paz social.

Hoy más que nunca, se hace necesario restablecer el diálogo de cara a la ciudadanía, con la participación de todos los sectores de la sociedad que respetan el estado de derecho, para buscar una salida pacífica y duradera a la crisis que vivimos. Esto implica la renuncia a la violencia que algunos grupos minoritarios han buscado imponer, apoyados por la declaración irresponsable de políticos y partidos, que olvidan que el uso de la violencia nunca es aceptable como medio lícito de expresión ciudadana, aceptarlo implicaría un suicidio moral y político para el país.

Como lo ha señalado con rigor y agudeza el destacado sociólogo Fernando Mires, “lo que vive Chile es una situación de anomia (desintegración) política… a un lado una derecha indolente que solo sabe de números y privilegios… al otro, una izquierda errática sin programas, sin visiones, sin ideologías y sobre todo sin ideas”. Por esta razón, hasta que no se rehabiliten los canales políticos, “la crisis anunciada por el estallido continuará, expresándose bajo diversas formas”.

Lo que está en juego hoy día es la sobrevivencia de nuestro orden institucional y democrático. Si alguien no entiende esto, no tiene derecho a lamentarse si dicho orden desaparece, por su falta de visión y sobre todo por colocar sus mezquinos interesas sobre el bien del país, que no es otro que el bien de todos los chilenos.

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