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Publicado el 17 de enero, 2020

Rodrigo Ahumada: Apología por la historia en un tiempo de dudas

Académico Correspondiente, Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Asociado de Historia y Filosofía Rodrigo Ahumada

Los expertos en educación agrupados en el CNED parecieran desconocer que en la sociedad actual aumenta la exigencia social por una educación que sea verdaderamente tal. La exigen los padres, pero también los jóvenes, muchos de los cuales buscan, a veces con desesperación, algo que le otorgue sentido a su vida, ante el “vacío existencial” que caracteriza a nuestro tiempo.

Rodrigo Ahumada Académico Correspondiente, Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Asociado de Historia y Filosofía

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 ¿Qué significa una verdadera reforma educacional? ¿Tiene que ver en su esencia con preparar a nuestros jóvenes para el mundo laboral o para la educación superior? ¿A qué fin debe apuntar la educación? ¿A formar una persona íntegra con una clara visión sobre el significado y sentido de la vida, formación que requiere no solo el desarrollo intelectual de nuestros estudiantes, sino también y sobre todo la formación ética, cultural e histórica? ¿O lo único que debe interesar es capacitar a nuestros estudiantes en habilidades o competencias para el mundo laboral del siglo XXI, según la lógica individualista y economicista que pareciera dominar sin contrapeso nuestra sociedad?

Estas son algunas de las cuestiones que están latentes en los debates actuales sobre la educación y que han vuelto al primer plano como consecuencia de la decisión del Consejo Nacional de Educación (CNDE), presidido por Pedro Montt, de aprobar por unanimidad, la modificación de las bases curriculares de la educación chilena, y sobre todo del currículum de 3ro y 4to medio. En este currículo asumido sin la menor crítica por el MINEDUC, se excluye la asignatura de Historia de Chile (Siglo XIX y XX) de Tercero y Cuarto Medio, sacándola del “Plan Común de Formación General”, para privilegiar una larga lista de electivos, colocando las habilidades ciudadanas, por encima de la formación integral de la persona. El debate ha tomado mayor fuerza como consecuencia de la decisión del CRUCH de no aplicar la PSU de Historia para este año en el proceso de selección universitaria 2020.

Ambos hechos parecieran inscribirse en la misma lógica: un cierto menosprecio hacia las humanidades, particularmente la historia, porque no resultan útiles y funcionales para las necesidades del ciudadano del siglo XXI en un mundo globalizado (lo cual es sencillamente paradojal). Esto, más allá de las bellas declaraciones de principios formuladas en la Introducción, donde se busca justificar el cambio de las bases curriculares (Cf. “Principios Valóricos”, p. 20). Como ha señalado Gabriel Salazar, con justa razón, “a la enseñanza de la historia se ha buscado no solo reducirle su horario sino también bajarla a niveles inferiores en la Educación Media” y esto ocurre justo cuando la ciudadanía necesita más que nunca de cultura histórica para poder abordar las temáticas actuales. Pensemos tan solo en la discusión constitucional actual en Chile. Sergio Villalobos, por su parte, escribía en El Mercurio: “los graves sucesos que experimentamos hoy día se deben a la falta de conciencia histórica que, al parecer, también invade círculos aparentemente cultos. Somos un conglomerado espiritualmente desordenado, que no sabemos hacia dónde vamos… El próximo paso de los políticos y gobernantes será eliminar definitivamente el estudio de la historia”.

Como señalaba magistralmente Polibio de Megalópolis, “si los historiadores que nos han precedido hubiesen descuidado hacer el elogio de la historia, tal vez sería necesario hacerlo para inducir a todos a estudiarla y a dar favorable acogida a semejantes estudios, pues no hay manera de corregirse más apropiada para los hombres que el conocimiento de los hechos del pasado. Sin embargo, no solamente algunos sino casi todos los historiadores, se podría decir -y no ya en forma incidental, sino desde el comienzo hasta el fin de sus obras- han afirmado repetidas veces que la enseñanza de la historia es la instrucción y preparación más veraz para la vida política, al mismo tiempo que el recuerdo de los reveses ajenos es el maestro más apropiado, mejor dicho, el único, que enseña a soportar valerosamente los cambios de la fortuna” (Las Historias, Libro I, 1).

La Historia junto a la Filosofía, la Literatura, y el Arte, es uno de los pilares de la formación humanista, que son las disciplinas que apuntan a la verdadera humanización y personalización de la sociedad.

Los expertos en educación agrupados en el CNED parecieran desconocer que en la sociedad actual aumenta la exigencia social por una educación que sea verdaderamente tal. La exigen los padres, preocupados y con frecuencia angustiados por el futuro de sus hijos; pero también la requieren y la esperan de nosotros los mismos jóvenes, que no quieren verse abandonados ante los desafíos de una sociedad cada vez más individualista y exitista que hace del ser humano un mero individuo (o un bien útil) sustituible o desechable y no una persona que posee un valor en sí misma. Son muchos los jóvenes que buscan, a veces con desesperación, algo que le otorgue sentido a su vida, ante el “vacío existencial” que caracteriza a nuestro tiempo (Vicktor Frankl). Este fenómeno ha sido puesto de relieve por diversos pensadores y filósofos contemporáneos tales como Gilles Lipovetsky que denuncia el narcisismo, hedonismo e individualismo que caracteriza a nuestros jóvenes, pero también por autores como Guy Debord, Jean Baudrillard, Zygmunt Bauman, Tony Anatrella, Giovanni Reale, Alejandro Llano, Leszek Kołakowski o el filósofo surcoreano Han Byung-Chul, entre otros.

Cuando la ministra de Educación Marcela Cubillos señalaba que “el esfuerzo está en formar estudiantes que sepan desenvolverse como ciudadanos responsables, capaces de comunicarse efectivamente, y desarrollar habilidades para el siglo XXI”, olvida (junto al panel de expertos), que la existencia humana es una existencia histórica, por consiguiente no puede haber una “comunicación efectiva” sin una clara comprensión de los contextos históricos donde la persona se desenvuelve tanto individual como colectivamente, comprensión que no es posible al margen del conocimiento histórico. Sin el conocimiento de la historia queda “hipotecado” cualquier intento de proyección hacia el futuro. ¿Por qué? Sencillamente porque las realidades humanas en cuanto son humanas son realidades temporales, eso quiere decir que están constituidas por la textura de la historicidad, este es un hecho evidente (no requiere demostración).

Aún más, el ser humano es el único sujeto histórico, no solo porque vive en el tiempo, sino más radicalmente porque vive el tiempo. Justamente por ello solo él, en cuanto posee razón o ‘logos’, tiene conciencia de su presencia y devenir en el tiempo, lo que Agustín de Hipona llamaba magistralmente “presente de las cosas presentes (visión), presente de las cosas pasadas (memoria) y presente de las cosas futuras (expectación)”. Este hecho es fundamental si se tiene en cuenta que hoy vivimos en una sociedad caracterizada por cambios profundos y vertiginosos en todos los ámbitos de la vida. ¿Cómo comprender entonces el mundo actual caracterizado por la obsolescencia al margen de la Historia? ¿Cómo proyectarnos con cierta seguridad hacia un futuro siempre incierto sin un conocimiento claro de lo que hemos sido? Esa es a todas luces una pretensión sofista.

Por esta razón, el caso de la enseñanza de la Historia es tan emblemático. En efecto, la Historia junto a la Filosofía, la Literatura, y el Arte, es uno de los pilares de la formación humanista, que son las disciplinas que apuntan a la verdadera humanización y personalización de la sociedad. Ellas contribuyen directamente a que los estudiantes se encaminen hacia la madurez personal que consiste en el paso progresivo y orientado del yo egoísta al nosotros, de la individualidad excluyente a una vida como comunidad de personas tanto en la sociedad familiar (oikos-οἶκος) como en la sociedad política (polis-πόλις).

No se debe olvidar que la persona solo se realiza plenamente como tal en su relación con los otros, y esa relación no se reduce solamente a quienes comparten nuestro presente, ella se arraiga profundamente en el legado de quienes nos han precedido con sus luces y sus sombras. Es justamente a esa esfera de relación con el otro a la que apunta la Historia, al establecer un diálogo permanente entre dos planos de humanidad, la humanidad presente y la humanidad que nos ha precedido, mediante la comprehensión del presente por el pasado y del mismo pasado por el presente, lo que garantiza la continuidad dinámica de las sociedades y el necesario equilibrio entre tradición y progreso. Si se nos priva de la Historia, se nos condena a un “Alzheimer colectivo”. Sin el conocimiento de su historia, las sociedades transitan en la oscuridad, al margen de su herencia y patrimonio que configuran su identidad cultural, quedando expuestas a toda suerte de “utopías” o “ensayos” políticos y sociales que fue una de las características del trágico siglo XX, y que nuestro país vivió de forma dramática en lo que el gran historiador Mario Góngora, llamó la época de las “Planificaciones Globales”. La Historia más allá de efemérides, hechos o datos cronológicos, es una meditación sobre el drama de la existencia humana, que es el drama de la libertad en el tiempo. He ahí su grandeza y su contribución al desarrollo integral de las personas, las sociedades y sus culturas.

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