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Publicado el 07 de noviembre, 2018

Roberto Sánchez: Antonio Escohotado, el predicador de las interrogantes

Analista social Roberto Sánchez

¿Cuántos somos conscientes de lo mucho que ignoramos? Hoy abundan las certezas, muy pocos están dispuestos a ceder un lugar a la duda, por ende, la asunción de la posibilidad de equivocación es casi inexistente. Si éste no fuese el espíritu predominante en nuestra sociedad, no habría polarización, habría más diálogo, menos violencia y más amistad cívica.

Roberto Sánchez Analista social
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El pasado lunes 29 de octubre tuve la oportunidad de escuchar en vivo al maestro Antonio Escohotado, y tengo la imperiosa necesidad de plasmar aquella experiencia en estas líneas. Apenas me enteré que el Centro de Estudios Públicos traía a este gran intelectual postergué todo lo que tenía que hacer por estar en primera fila escuchando lo que tenía que decir este lúcido pensador.

 

En sala había un auditorio expectante, diverso. De hecho, con personajes políticos de izquierda y derecha. En la palestra de expositores esperaba un whisky de 18 años (a pedido del maestro, no ameritaba menos), quien entró en la sala raudamente, a pesar de sus 77 años, activo y lúcido. Acompañaron su exposición a través de preguntas el director del The Clinic, Patricio Fernández, y el director del CEP, Leonidas Montes, ambos con rostros perplejos ante algunas respuestas de Escohotado y manifestación de admiración ante su profundo saber.

 

Escohotado no espera un público que afirme a todo lo que diga, sino que piense críticamente acerca de lo que ha escuchado.

 

La diferenciación del Doctor Escohotado con otros intelectuales es la templanza con la que expone sus ideas. Sin ánimo de convencer a nadie, él buscar relatar con lo que ha ido estudiando en el transcurso de décadas por varias etapas de su vida. De esta experiencia de incesante búsqueda por el saber y la derrota de su propia ignorancia han surgido eruditos libros, decenas de obras escritas, entre las que ha abordado tópicos como la libertad, la droga, la economía, la cultura y la sociología. De los que más destacan están: “Historia general de las drogas” (3 volúmenes, 1989, Alianza), “Los enemigos del comercio” (3 volúmenes, Espasa-Calpe), “Caos y orden” (1999).

 

La modestia intelectual con la que se presenta Escohotado es poco usual entre los estudiosos, he ahí el elemento llamativo. Se presenta como un liberal sin tapujos, por ende, dispuesto a cambiar de opinión si la evidencia así lo sugiere. No viene a plantear ninguna certeza, sino dudas que tensionan lo que damos por hecho. No espera un público que afirme a todo lo que diga, sino que piense críticamente acerca de lo que ha escuchado. No quiere dejar convencido a nadie, sino perplejo ante la inquietud de que se podría estar equivocado. En pocas palabras, es un predicador de las interrogantes, un intelectual que se sitúa en la vereda escéptica y de un espíritu abierto dispuesto a siempre estar aprendiendo.

 

En la actualidad, con tanto conocimiento e información accesible como nunca antes en la historia de la humanidad, se hacen más carentes ese tipo de actitudes; la de la interrogante, la del escepticismo y la disposición a aprender. En su momento, tal como planteó Karl Popper en “El conocimiento de la ignorancia”, haciendo alusión a la clásica historia que Sócrates contó por primera vez en su juicio, relata que “uno de sus jóvenes amigos, un miembro del pueblo de nombre Querefon, había preguntado al dios Apolo en Delfos si existía alguien más sabio que Sócrates, y Apolo le había contestado que Sócrates era el más sabio de todos. Sócrates halló esta respuesta inesperada y misteriosa. Pero, después de varios experimentos y conversaciones con todo tipo de personas, creyó haber descubierto aquello que el dios había querido decir; por contraste de todos lo demás, él, Sócrates, se había dado cuenta de lo lejos que estaba de ser sabio, de que no sabía nada”. Por lo tanto, lo que ese dios nos había querido decir y que tan bien representa esta historia, es que la sabiduría consistía en el conocimiento de nuestras limitaciones y, lo más importante de todo, en el conocimiento de nuestra propia ignorancia.

 

¿Cuántos somos conscientes de lo mucho que ignoramos? Lo que observo es que hoy abundan certezas, muy pocos están dispuestos a ceder un lugar a la duda, por ende, la asunción de la posibilidad de equivocación es casi inexistente.

 

Miremos a nuestro alrededor, escuchemos y observemos a los intelectuales públicos, a los referentes de opinión y a nosotros, la ciudadanía en general. ¿Cuántos estamos dispuestos a admitir nuestra propia ignorancia? ¿Cuántos somos capaces de reconocer nuestras propias limitaciones? O, yendo un poco más lejos, ¿cuántos somos conscientes de lo mucho que ignoramos? Lo que observo es que hoy abundan certezas, muy pocos están dispuestos a ceder un lugar a la duda, por ende, la asunción de la posibilidad de equivocación es casi inexistente. Por eso, por doquier encontramos “expertos” cazabobos y profesionales vendedores de humo. Si éste no fuese el espíritu predominante en nuestra sociedad, no habría polarización, habría más diálogo, menos violencia y más amistad cívica. ¿Para qué nos vamos a enfrentar con tanta vehemencia por algo que podría tener un margen de error?

 

Escohotado encarna el profundo sentido del saber, la erudición y la sagacidad intelectual, que con estilo mayéutico emplea la conversación como instrumento dialéctico para llegar al conocimiento, a las inquietudes intelectuales y a la reflexión profunda. Dicho sea de paso, ejercicio muy necesario en todo tipo de aulas educativas. Ningún docente puede olvidar que la enseñanza consiste en no inculcar al estudiante el conocimiento, pues su mente no es un receptáculo o cajón vacío en el que se puedan introducir las distintas verdades, ideologías o doctrinas. El estudiante debiera ir en busca del conocimiento a través del diálogo, la reflexión, la investigación y la comprobación.

 

Para finalizar, sin duda alguna, recomiendo su lectura o, al menos, escucharlo en YouTube. Respecto a la magistral conferencia de Antonio Escohotado, cierro enfatizando la abierta invitación que dejó, aunque sin decirlo explícitamente, a ¡atreverse a saber!, a ¡tener el valor para disponer del entendimiento propio! Tal es el lema de la Ilustración que, según Immanuel Kant, entendía que con eso el ser humano había llegado a la mayoría de edad y había de empezar a pensar por sí mismo. Reflexionar más sobre esto puede ser una gran oportunidad para fortalecer la democracia, hacer educación de calidad para desarrollar personas autónomas que sean capaces de cultivar sus propias virtudes ciudadanas, converger en el espacio público con civilidad y una disposición al diálogo. Sin reparos, una actitud diferente ante la fanaticada y el mundo que nos rodea.

 

 

FOTO: CENTRO DE ESTUDIOS PÚBLICOS

 

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