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Publicado el 16 abril, 2021

Roberto Munita: Yo no vengo a vender (tampoco vengo a regalar)

Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University Roberto Munita

Quienes nos dedicamos al confortante ejercicio de escribir columnas, tendemos a estar casi siempre enfocados en persuadir a una determinada audiencia. Sin embargo, esta columna intentará todo lo contrario: yo no vengo a vender, es decir, no vengo a persuadir, sino que vengo a ser persuadido.

Roberto Munita Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University
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El entonces senador Ignacio Walker dijo alguna vez, a propósito de la discusión del aborto en tres causales, que no tenía una postura clara, y que por tanto, quería “persuadir y ser persuadido”. Tal frase me quedó en la retina todos estos años, por tratarse de un absurdo oxímoron: para persuadir uno tiene que estar convencido de sus ideas, y si lo está, no será persuadido. Se puede hacer o lo uno o lo otro, pero nunca las dos cosas juntas.

Ahora, quienes nos dedicamos al confortante ejercicio de escribir columnas, tendemos a estar casi siempre enfocados en persuadir —con la razón y la emoción— a una determinada audiencia. Es lo lógico, es lo que se espera de nosotros. Sin embargo, esta columna intentará todo lo contrario: yo no vengo a vender, es decir, no vengo a persuadir, sino que vengo a ser persuadido. ¿Sobre qué? Sobre un tema que se discute en estos días en el Congreso, y al que —a mi juicio— no le hemos dado la importancia que se merece, probablemente porque tenemos en la cabeza otros temas más urgentes, como el tercer retiro de las AFP o el debate constitucional. Me refiero a la eutanasia.

Hay pocos temas más complejos, para mí, que la eutanasia. Hace varios años fui invitado a escribir sobre el aborto para un blog de salud pública llamado “Matasanos” (el que desgraciadamente ya no existe, por lo que no puedo compartir el link), y a mi juicio, era un ejercicio mucho más simple. Y lo saco a colación, justamente, porque quiero comparar la reflexión que por años he desarrollado frente a la cuestión del aborto —nada fácil de resumir en pocas palabras— con la de la eutanasia.

Después de mucha reflexión, llegué a la convicción personal de que el aborto es un mal que, como sociedad, debiéramos impedir. Y no digo esto basándome en argumentos religiosos o morales, sino en dos tipos de razonamientos: liberales y sociales. Por el lado liberal, mucho se ha discutido sobre la autonomía de cada persona para tomar sus decisiones; de hecho, este es uno de los principales argumentos de quienes apoyan el aborto. Eso me recuerda a John Stuart Mill —un innegable liberal— y su “principio del daño”. Según Mill, cada persona puede hacer lo que quiera, salvo que su actuar dañe a un tercero. Y si asumimos que un embrión tiene tiene carga genética distinta a la de sus padres, un corazón que palpita y está desarrollando ya un cerebro que tendrá ideas propias, no hay ninguna duda de que se trata de “un tercero”. Luego, matarlo es contrario al principio del daño. Es por eso que muchos liberales, desde Hayek hasta Bobbio, han reconocido estar en contra del aborto. Sin duda el debate es mucho más complejo que esto, pero para los que les interese el tema, les recomiendo un artículo de Jorge Fábrega sobre el tema, publicado en el CEP.

Pero además, para oponerse al aborto, hay argumentos sociales: los miembros de una sociedad tienen un llamado “deber de cuidado” sobre el resto de su comunidad (idea que es muy bien desarrollada por un antiguo profesor de Georgetown, el chileno Alfonso Gómez-Lobo, en su libro “Los bienes humanos”). Si bien filósofos y antropólogos se han interesado mucho en el “deber de cuidado”, hay que decir que es un asunto probablemente biológico: es algo que se ve no sólo en grupos humanos, sino en otros animales, ya que de el deber de cuidado depende la supervivencia de las especies; de hecho, es un instinto desarrollado por hembras desde el período de gestación de sus crías. Luego, por “solidaridad” con los más débiles, también deberíamos oponernos a la muerte de aquellos.

Con la eutanasia, empero, el razonamiento es distinto: el argumento liberal lleva a estar a favor, y el argumento social en contra. Aplicando el mismo principio del daño de Mill, no hay forma de oponerse: acá no se está dañando a un tercero. Es por eso que, a mi juicio, los liberales hacen bien al promover la eutanasia. Pero los solidarios debieran oponerse: el “deber de cuidado” se mantiene intacto: la sociedad tiene la obligación de proteger a los más débiles y no abandonarlos en sus últimos días.

Reconozco que ambas líneas argumentativas combaten en mi cabeza. Y es por eso que, en este caso, no estoy en condiciones de persuadir. Sí me abro, tal como el ex senador Walker, a ser persuadido. Quizás algún ávido lector me puede ayudar a discernir entre dos fines fundamentales para vivir en sociedad: la autonomía individual y el cuidado de la comunidad. Por ahora, mientras tanto, prefiero seguir inmóvil, al lado del camino, fumando el humo mientras todo pasa.

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