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Publicado el 5 mayo, 2021

Roberto Munita: Un fiambre

Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University Roberto Munita

Es importante que los líderes de opinión comprendan que son eso, líderes, y no borregos de la opinión pública. Un dirigente político tiene que “escuchar a la calle”, pero también ser capaz de influir en ella. Si no, mejor que de deje de llamarse dirigente, porque no estará dirigiendo nada.

Roberto Munita Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University
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Las AFP se acabaron. Finito. Hoy no son más que un fiambre. La idea de un sistema de ahorro que premie la responsabilidad y los aportes adicionales fue linda mientras duró. Da lo mismo lo que pase en los próximos meses; ya sea porque el sistema se desangre hasta verlo, o bien porque termine convertido en escuálido esperpento, lo único claro es que quienes aún contamos con algunas décadas de vida productiva deberemos pensar en otra forma de financiar nuestra vejez.

¿Vale la pena entonces gastar esta columna en algo que no es más que un muerto caminando? Por supuesto que sí, ya que la lección del ocaso de las AFP es una demostración de lo que no hay que hacer, y nos puede servir para futuras peleas similares: ya se está poniendo en duda la autonomía del Banco Central, y similar suerte corre el Tribunal Constitucional (el fallo sobre el tercer retiro bien puede leerse como una maniobra de supervivencia). Incluso, es posible que a algún cerebrito se le ocurra eliminar la autonomía del Servicio Electoral. Mejor no les doy ideas.

Volvamos al declive de las AFP. ¿En qué momento se jodió el sistema? ¿En qué minuto pasamos de ahorrar para la vejez, a contar con un caja pagadora en cómodas cuotas? Este caso ofrece una magnífica muestra de cómo operan las llamadas “salami tactics”. Tal concepto fue acuñado por el líder comunista húngaro Rákosi, quien apostó en su momento a eliminar progresivamente las instituciones contrarias al marxismo, una a una, como rebanadas de salame. Rákosi tenía claro que no se pueden hacer cambios radicales de la noche a la mañana, porque serán resistidos por la opinión pública, pero si se hacen de forma continua y casi inadvertida, no sólo serán aceptados, sino que —tal como los retiros de las AFP— serán exigidos por la ciudadanía.

Tal como en la antigua Hungría roja, podemos advertir que el fiambre de las AFP empezó a rebanarse mucho antes del inicio de la pandemia. Sin ir más lejos, en 2019, Fernando Atria y otros abogados patrocinaron dos causas de mujeres para que se les permitiera retirar lo ahorrado en la AFP. En aquella oportunidad, el Tribunal Constitucional falló rotundamente 9 a 0 por la negativa, pero daba lo mismo: ya se había instalado el tema en la opinión pública… el cuchillo ya estaba afilado.

En seguida, la crisis económica provocada por el Coronavirus funcionó como una “ventana de oportunidad”, tal como diría Overton. La necesidad de liquidez, sumada al bajo prestigio de esta institución, generó un caldo de cultivo para quienes estaban ávidos de acabar con las AFP. Y por supuesto, encontraron eco en una gran porción de tomadores de decisiones, quienes sucumbieron ante el canto de sirenas posmoderno: una opinión pública empoderada y con poco enfoque en el futuro.

Así, la batalla ideológica se perdió, no con este tercer retiro recientemente aprobada, sino con el primero. Fue con aquel que se abrió una puerta que hoy ya no es posible cerrar. Lo que quedó al descubierto con dicha política pública fue algo mucho más grande que la popularidad de Pamela Jiles: una clase política incapaz de oponerse a medidas altamente irresponsables y perjudiciales en el mediano o largo plazo, sólo porque son “populares”.

En esto no hay que perderse: era totalmente obvio que la idea brillante de tener dinero contante y sonante, sacado de los mismos fondos de pensiones, sería extremamente apetecida. ¿Quién en su sano juicio podría oponerse al exquisito placer de llenar un formulario online y recibir, a los pocos días, un suculento depósito? La vejez es algo siempre lejano; en cambio las necesidades —infinitas, para el pobre, para el rico, para la clase media— están siempre en tiempo presente. No por nada hubo una tremenda presión para que el segundo retiro saliera antes de Navidad. El retail, dicho sea de paso, se frotaba las manos.

Ahora, para el tercer retiro, la excusa no fueron las fiestas de fin de año, sino el nuevo peak del Coronavirus. Algunos políticos se escudaron en que era necesario otorgar un nuevo giro para calmar a las masas y evitar un nuevo estallido social… a esas alturas, ya había un clima de opinión tan fuerte que desconocerlo sería temerario. OK. Punto válido, pero entonces surge una pregunta: ¿qué hicieron esos mismos políticos para evitar que se formara dicho clima de opinión?

Es importante que los líderes de opinión comprendan que son eso, líderes, y no borregos de la opinión pública. Un dirigente político tiene que “escuchar a la calle”, pero también ser capaz de influir en ella. Si no, mejor que de deje de llamarse dirigente, porque no estará dirigiendo nada.

Y esto lo digo —insisto— no pensando en las AFP, sino en futuras disputas ideológicas que tendremos que enfrentar en los próximos meses. Somos muchos los que esperamos contar con una clase política que se atreva a liderar, con cifras, narrativa y emociones, a la opinión pública, antes que dejar que opere una espiral del silencio, y termine por imponerse la “dictadura de la calle”. A veces, liderar implica tomar posiciones impopulares. De lo contrario, pasémosle la banda presidencial a Twitter.

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