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Publicado el 12 febrero, 2021

Roberto Munita: Rompan todo

Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University Roberto Munita

No debemos olvidar nunca que —a pesar de la cuarentena, los confinamientos y el toque de queda— seguimos caminando por hielo extremadamente delgado. Hay un montón de gente esperando el más mínimo error o situación compleja por parte de las autoridades, civiles o policiales, para salir a quemarlo todo.

Roberto Munita Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University
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En unas pocas horas, Panguipulli se convirtió en la ciudad de la furia. Un complejo incidente —no me vengan con pavadas que todo fue evidente, si hasta la justicia ha tomado decisiones contradictorias unas con otras— dio lugar al peor de los desastres imaginables: durante la noche de aquel fatídico viernes 5 de febrero de 2021, un grupo de voraces antisociales quemó una decena de inmuebles públicos, incluyendo la Municipalidad, la oficina de Correos, la Comisaría, y un largo etcétera. ¿Qué tiene que ver la correspondencia postal, o los trámites sociales, con el incidente del malabarista y sus machetes? Da lo mismo; había que hacer daño. Rompan todo.

Lo más grave del asunto es que el ambiente de crispación se contaminó rápidamente a otras ciudades. Como una mecha que enciende ante la más mínima chispa, protestas en apoyo a Francisco Martínez (el malabarista) terminaron con —nuevamente— incendios en Villarrica, y durante los últimos días se ha observado un caudal mayor de gente en puntos neurálgicos de la capital, como Plaza Ñuñoa o Baquedano. A una semana del incidente, es de esperar un nuevo viernes negro en la capital, repitiendo momentos nefastos como las primeras semanas post estallido social, o hitos como la muerte de Camilo Catrillanca. Las distintas urbes de nuestro país están muy lejos de haber superado el clima de violencia y odio visto durante los meses posteriores a octubre de 2019, y no es ocioso preguntarse qué habría sido del estallido si no hubiera aparecido el Coronavirus… acaso, escenas como las de Panguipulli se habrían prolongado durante todo el año 2020. Probablemente, nuestro país estaría hoy infinitamente más damnificado, y lo peor es que quienes sufrirían más los avatares de la violencia serían quienes más necesitan ayuda del Estado (poco les importó a los antisociales quemar servicios básicos tan relevantes como Chile Atiende o el Registro Civil).

Ante esto, tres pequeñas reflexiones: la primera, no debemos olvidar nunca que —a pesar de la cuarentena, los confinamientos y el toque de queda— seguimos caminando por hielo extremadamente delgado. No es que Panguipulli haya sido la ciudad de la furia. Es Chile el que sigue siendo el país de la furia, y hay un montón de gente esperando el más mínimo error o situación compleja por parte de las autoridades, civiles o policiales, para salir a quemarlo todo. Si algo que aprendimos con el episodio de George Floyd, en Estados Unidos, es que da lo mismo el tenor de la pandemia: la gente se movilizará y hará daño si recibe el estímulo adecuado.

Una segunda reflexión es que es imposible detener la violencia si no están todas las autoridades políticas alineadas. Por eso duelen tanto declaraciones como las de la Presidenta de RD, Catalina Pérez, quien señaló en una red social que “en Chile la vida de un pobre no vale de nada ¿Cómo quieren que no lo quememos todo?” (es cierto que después reculó, pero con un arrepentimiento tan enclenque que no resiste el mayor análisis). O para qué hablar de César Pizarro, candidato del mismo Frente Amplio a la Convención Constituyente, quien en un video publicado por El Líbero, se mandó un fulminante epíteto sobre la “plandemia” (sic), haciendo un llamado a no vacunarse, y rematando “hoy en día es necesario romperlo todo”.

La tercera reflexión, quizás la más grave de todas, es que esto no es nuevo. Y ni siquiera partió en octubre de 2019, sino mucho antes, y no nos dimos cuenta. El destacado escritor Mauricio Rojas lo explica muy bien, en su libro “94 horas, crónica de una infamia”, sobre su corto paso por el Ministerio de la Cultura, al que debió renunciar por el acoso político del que fue víctima sin siquiera poder defenderse (y ojo: este episodio fue a mediados de 2018, un año antes del estallido social). A propósito del golpe de estado del ‘73, Rojas ensaya una reflexión que calza justo con lo que el país ha estado viviendo en los últimos meses: “La muerte de nuestra democracia no fue un accidente inesperado, sino el producto de una larga enfermedad que se había ramificado por todo el tejido social, destruyendo la convivencia cívica y convirtiendo a Chile en un país dividido, lleno de odios profundos y confrontado de una manera extrema consigo mismo”.

¿Cómo salimos de esto? Hoy no estamos en condiciones de pedir solidaridad o reconciliación. No contamos con esos lujos. La misma enfermedad que relata Mauricio Rojas ha reaparecido con tal crudeza, que antes de aspirar al diálogo, necesitamos con urgencia un cese al fuego. Sólo con paz social podremos recuperar la senda del republicanismo y el entendimiento. Así que, en simple, y por Chile, dejen de romperlo todo.

  1. Veronica Munita Bennett dice:

    Sólo habrá paz social si el gobierno asume el deber de recuperar el orden público con todos los costos que ello implica. Si el presidente deja de lado ese temor profundo por ser acusado de violador de derechos humanos y si sus ministros se alinean en la defensa de Carabineros. Declaraciones como las de la ministra de Desarrollo Social, Karla Rubilar, señalando que se debe refundar La institución, sumándose a la izquierda en esto, no contribuyen en nada.
    Las autoridades deben mostrarse unidas y en una sola línea porque la debilidad sólo alimenta el caos.

  2. Eugenio Lagos Baquedano dice:

    Me parece atinada la metáfora que vamos caminando sobre hielo muy delgado. El que contribuye especialmente a ello es sin duda la actitud timorata y reactiva del gobierno y en especial del Presidente que sigue haciendo lo imposible para congraciarse con una izquierda que no lo quiere ver ni en pintura.

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