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Publicado el 3 septiembre, 2020

Roberto Munita: ¿Qué te pasó, Pablo?

Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University Roberto Munita

La jugada de Longueira está destinada al fracaso: si pierde en la interna, será la derrota más grande de su carrera. Y si gana, pondrá en serios aprietos al gremialismo, pues no hará otra cosa que ayudar al fortalecimiento del Partido Republicano. De esta forma, paradójicamente, la victoria de Pablo puede significar una derrota aún más profunda.

Roberto Munita Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University
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Se respira nerviosismo en el ambiente: es 9 de marzo de 2016, y en la sala de prensa de la UDI aparece un Pablo Longueira sonriente y entusiasmado. Días atrás se ha sabido de un correo electrónico de Patricio Contesse, gerente general de SQM, con un texto que terminaría siendo copiado literalmente en la ley de royalty minero. El tema es aún más complejo, considerando los pagos que SQM realizó en favor del ex candidato presidencial, a través de boletas ideológicamente falsas.

A pesar de todo, Longueira está tranquilo. Incluso dice, bromeando, que “no había visto nunca tanta prensa”. El tiro de cámara no logra medir la cantidad de gente congregada, pero por las voces que se escuchan en off, podemos inferir que Suecia 286 está repleto de periodistas y partidarios. Son estos últimos los que aplaudirán a más no poder cuando el líder gremialista asevere: “dedicaré toda mi voluntad y mi energía a defender mi honor y mi inocencia”. Y son ellos mismos los que, estrepitosamente, caerán en el desconcierto cuando Longueira anuncie su renuncia a la UDI, en vivo y en directo. “No, Pablo, no”, se escucha de fondo, mientras su ex presidente declara: “he resuelto renunciar a la militancia en mi partido, para volver a postular a ella sólo cuando los Tribunales de Justicia de mi país acrediten que no he cometido delito alguno”.

Al parecer, la justicia se estaba tardando demasiado, porque Pablo, el coronel, decidió volver a la militancia, aún cuando hay algunas aristas abiertas en el “Caso SQM”, traicionando así la promesa que él mismo se autoimpuso. Explicaciones más, explicaciones menos, todo parece indicar que el “momento constitucional” era una coyuntura demasiado sabrosa como para mirarla desde la galería. Por supuesto que no. Un capitán como Pablo necesita estar en la cancha.

El punto es que volvió con la camiseta del equipo contrario al de sus hinchas y compañeros de camarín. El retorno de Longueira ha llegado con la guaripola del “Apruebo” y sugiriendo —implícitamente— que el resto de sus antiguos correligionarios son retrógrados y torpes por no subirse al que, según él, es el carro de la victoria. Para alguien trató siempre de destacarse por sus principios, es una jugada curiosa, pero no del todo incomprensible, pues al fin y al cabo de eso se trata el mesianismo: son pocos los iluminados que le pueden mostrar el camino al resto.

No contento con eso, el ex ministro también ha señalado que va por la presidencia de la UDI y que, tras su mandato, dejará instalada una directiva joven (su mesianismo es tal, que habla como si ya hubiera ganado las internas). All in. El capitán no sólo está de vuelta, sino que además viene a poner las cosas en orden, como Von Trapp, cuando vuelve de la guerra y se da cuenta que sus militarizados niños ahora son una tropa de dulces cantores. Longueira vuelve con el anhelo de “una vieja UDI” —controversialmente, al alero de la socialdemocracia lavinista— pero no se da cuenta que el escenario político es muy distinto al de cinco años atrás (de hecho, es muy distinto al de 11 meses atrás), y deja un mar de dudas sobre si su visión política podrá tener cabida en el Chile post-estallido social.

Así las cosas, el nuevo emprendimiento de Longueira es una apuesta arriesgada y probablemente con poca base, pues desprecia los esfuerzos que los dirigentes de la UDI han realizado en los últimos años, y no sólo en torno en torno al tema constitucional. Además, y más grave aún, es una jugada que está destinada al fracaso: si pierde en la interna, será la derrota más grande de su carrera. El ex candidato presidencial siempre se ha jactado de nunca haber ha perdido una elección; sería una lástima que la primera se la suministre su propio partido. Y si gana, pondrá en serios aprietos al gremialismo, pues la versión Longueira 2.0 no hará otra cosa que ayudar al fortalecimiento del Partido Republicano de José Antonio Kast. De esta forma, paradójicamente, la victoria de Pablo puede significar una derrota aún más profunda. Todo parece indicar que la mejor apuesta para Longueira habría sido mantener su promesa intacta, y sólo volver a la política partidista una vez resueltas aquellas contiendas judiciales que llevaban largo tiempo en pausa, pero que él mismo acaba de revivir.

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