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Publicado el 11 de junio, 2020

Roberto Munita: “Por si pasa”

Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University Roberto Munita

El incremento de las mociones que derechamente contravienen la Constitución está erosionando su importancia y nos hace olvidar que es nuestra hoja de ruta como Estado, relegando su valor a un simple texto formal que sólo obedecemos en cuanto nos es útil. Esto es grave porque nuestro país se apresta a iniciar un camino constitucional. Que los mismos actores que hoy no son capaces de dar cumplimiento a la normativa aspiren a construir una nueva normativa es, a todas luces, peligroso, y puede poner en jaque todo el proceso.

Roberto Munita Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University

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«Giles versus pillos». Así se titula una recordada columna escrita por los académicos Darío Rodríguez y Louis de Grange (el mismo que hoy ejerce como presidente del Metro), y publicada en La Tercera hace casi diez años. La tesis de los autores es que conductas generalizadas como la evasión al Transantiago —problema ya visible el 2011— terminan siendo normalizadas por la sociedad, a tal punto de que quien transgrede la norma es visto como un “pillo” y, en cambio, quien sigue cumpliendo con el deber es un “gil”. Y lógicamente, en la escala social, es más atractivo ser pillo que gil.

Es curioso cómo se van formando las corrientes de comportamiento que pueden llevar al incumplimiento de una norma. Muchas veces aparecen sigilosamente, incluso con cierta resistencia en un principio, pero si no son fuertemente revertidas, se pueden instalar de forma irremediable en el ambiente. Y no se trata de que hayamos olvidado la norma, o su fuerza imperativa. Es simplemente una ventana de oportunidad que lleva a algunos a intentar pasarse de pillos… “por si pasa”.

El problema de este comportamiento masivo no es sólo jurídico, sino también social. La transgresión progresiva de normas atenta contra la confianza entre los miembros de una sociedad, lo que a la vez puede mermar la predisposición a seguir formando parte de ella. Tönnies dijo alguna vez que sin la confianza que tienen los individuos entre sí, la sociedad se desintegraría. Por tanto, mantener el deber de cumplimiento de las normas jurídicas es, de alguna forma, un imperativo social.

Si bien el llamado a evitar los “por si pasa” es amplio y nos incumbe a todos, es aún más importante para los tomadores de decisiones públicas, por diversas razones: primero, porque en tanto autoridades, han jurado o prometido el cumplimiento de la Constitución y las leyes; segundo, porque —en su mayoría— han sido elegidas para representar al pueblo, justamente, en la redacción de la Constitución y las leyes; y tercero, porque se trata de líderes que pueden influir en la población a través de su conducta.

Por este motivo es tan preocupante la actitud advertida en el último tiempo por parte de distintos parlamentarios de oposición, que han insistido en impulsar proyectos de ley a sabiendas de que —según la normativa vigente— son de iniciativa exclusiva del Presidente de la República. En algunos casos se han defendido diciendo que es mejor “ser sacrílegos” con la Constitución que dejar un noble proyecto sin discusión; en otros, han aludido a una “admisibilidad ética” que sería superior incluso a la Constitución; y también han guardado inescrupuloso silencio, esperando que la Sala de la Cámara o el Senado —con mayoría circunstancial de la oposición— le dé el vamos a la iniciativa… o sea, por si pasa.

Los alcances jurídicos de esta rutina escapan al alcance y espacio de esta columna. En cambio, para concluir, me atendré a los alcances políticos que esta práctica está generando: el incremento de las mociones que derechamente contravienen la Constitución está erosionando su importancia, y nos hace olvidar que es nuestra hoja de ruta como Estado, relegando su valor con ello a un simple texto formal que sólo obedecemos en cuanto nos es útil. Y esto es grave no sólo porque —como bien señalan Robinson y Acemoglu— las naciones que más fracasan son las que no respetan sus normas e instituciones, sino principalmente porque nuestro país se apresta a iniciar un camino constitucional. En ese sentido, que los mismos actores que hoy no son capaces de dar cumplimiento a la normativa aspiren a construir una nueva normativa es, a todas luces, peligroso, y puede poner en jaque todo el proceso. De alguna forma, es como cometer un foul antes del pitazo inicial. Por si pasa.

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