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Publicado el 25 junio, 2021

Roberto Munita: Mínimos (poco) comunes

Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University Roberto Munita

El mundo socialdemócrata (o lo que queda de él) ha olvidado por completo su vocación de mesura y entendimiento con otras fuerzas demócratas y moderadas. Al final del día, puede tener diferencias evidentes con la centroderecha pero ambos son dos bloques que siempre han reconocido la importancia de la democracia representativa, el respeto por las reglas del juego y la libertad de expresión como derecho fundamental.

Roberto Munita Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University
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Julio de 1989. En televisión se transmite la franja electoral por el plebiscito que modificará la Constitución del ’80. Aparece en pantalla Patricio Aylwin, líder de la Concertación de Partidos por el NO, y futuro candidato presidencial, quien responde amablemente las pesquisas de un grupo de señoras: “Pero don Patricio, ¿cómo es posible que nosotros votemos junto con los de Pinochet?”. Y al parecer, las convence: en dicho plebiscito, las del Apruebo alcanza el 91,3% —más que el Apruebo de 2020— gracias al apoyo de casi todas las fuerzas del NO y del SI. Sólo los grupos más extremistas, de lado y lado, llaman a votar Rechazo. Es la política de los acuerdos en su máxima expresión.

Por cierto, ni a Aylwin, ni a Lagos, ni a Valdés, ni a ninguno de los principales actores de la entonces oposición a Pinochet, se les habría ocurrido decir “no haremos ningún acuerdo con los del Sí”. Fue quizás la primera vez que, en las puertas del retorno a la democracia, se buscaron los mínimos comunes. No se trataba de que aquellos personajes y otros como Jarpa, Büchi o Cáceres pasaran a ser compinches; era simplemente que el delicado momento que vivía la República exigía una mayor altura de mira.

Junio de 2021. Treinta y dos años después, el escenario es desolador. A pocos días de inaugurarse la Convención Constitucional, son pocos los sectores que abren la puerta a generar acuerdos por el bien de la misma República. “No estamos dispuestos a conversar con la derecha”, dice algún constituyente del pueblo. OK, vale. Los sectores más ideologizados pueden estar sulfurados, viviendo su luna de miel, y no podemos pedirle responsabilidad política a quien nunca ha ostentado un cargo público. Pero, ¿qué hay de la Unidad Constituyente, heredera directa de la antigua Concertación? “No hay posibilidades de entendimiento con las fuerzas del Rechazo”, ha sentenciado un senador y presidente de partido. Portazo en la cara; al parecer, en la Convención no hay mínimos comunes que salvar como República.

El problema, con todo, es mucho más que un portazo. El mundo socialdemócrata (o lo que queda de él) ha olvidado por completo su vocación de mesura y entendimiento con otras fuerzas demócratas y moderadas. Al final del día, puede tener diferencias evidentes con la centroderecha (en materias de deberes económicos, de derechos sociales y de libertades individuales) pero ambos son dos bloques que siempre han reconocido la importancia de la democracia representativa, el respeto por las reglas del juego y la libertad de expresión como derecho fundamental. Y pese a eso, hoy la Unidad Constituyente parece más llana a mirar hacia un Partido Comunista y una Lista del Pueblo que desprecian la democracia representativa, quieren cambiar antojadizamente las reglas del juego y hasta amenazan con impedir la libertad de expresión, si no va de acuerdo con la verdad que ellos buscan imponer.

Tanto es así, que no sólo están dispuestos a “matar al padre”, como reza la metáfora freudiana, sino que incluso matan a los hijos: pocos días atrás, la centroizquierda votó en contra de que Alejandra Cortázar integrara el Consejo Nacional de Educación. Cortázar es psicóloga, doctora en educación de la Universidad de Columbia y ha dedicado su vida entera a estudiar sobre educación inicial. ¿Cuál es su pecado? Ser hija de René Cortázar, ex ministro DC. Su lamento no puede dejar a nadie indiferente: “Me entristece cómo los senadores socialistas votan en contra mío diciendo que el Gobierno hace un nombramiento de sus lados, cuando he trabajado en las dos últimas campañas presidenciales del PS”.

La ex Nueva Mayoría está sufriendo el síndrome de haber dejado de ser cool, y tratar de buscar la moda donde esté. Esto sólo los llevará a la desaparición. En la Convención Constitucional casi no existen —hay que recordar que tienen menos convencionales que la Lista del Pueblo, menos que la lista del Frente Amplio con comunistas, y por cierto, bastante menos que la centroderecha— y están quedando fuera del debate público.

Pocos días después de iniciado el estallido social, un sugerente lienzo asomaba en la zona cero, con los colores y símbolos de los principales equipos del país, y la leyenda “Perdimos mucho tiempo peleando entre nosotros”. Curiosamente, después de la desastrosa elección de mayo, surgió una nueva versión del mismo lienzo, pero ahora con los principales partidos de la centroderecha y la centroizquierda, y el mismo mensaje. Y esto, que para algunos fue un simple meme, puede ser una gran verdad: la vocación de buscar mínimos comunes, entre los mundos de la centroizquierda y la centroderecha, debe estar siempre presente. De lo contrario, no sólo terminaremos con un país más polarizado, sino además, con uno en que se denueste todo lo realizado en los últimos 30 años. Tal como lo pudo presenciar, con sus propios ojos, la doctora Cortázar.

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