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Publicado el 1 octubre, 2020

Roberto Munita: La trampa de la hoja en blanco

Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University Roberto Munita

Reescribir la historia tiene mucho de épica, pero se vuelve un ejercicio peligroso cuando no se hace con alturas de miras, y destruyendo aquello que ha costado tanto construir.

 

Roberto Munita Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University
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Al comenzar a escribir, la hoja en blanco puede ser un brutal enemigo. Reconozco, de hecho, que normalmente ensayo varias formas de introducción antes de largarme a escribir (esta columna no es la excepción). No obstante, una vez superada la primera valla, se van abriendo incalculables caminos distintos por los cuales el texto puede tomar forma. Y esto, que en las letras puede ser una maravilla, en un asunto tan complejo como la redacción de una Nueva Constitución puede ser la ruta al precipicio.

Quizás es por eso que algunos incautos defensores del Apruebo se han apurado en señalar que no existe tal hoja en blanco. Señalan, impávidos, que la Mesa Técnica que llevó a piso el famoso “Acuerdo de Noviembre” estableció que un eventual nuevo texto constitucional debe respetar el tipo de gobierno actual, las sentencias dictadas y los tratados internacionales ratificados por Chile y que se encuentran vigentes. Sin embargo, al otro lado, algunas voces dentro de la oposición han tomado el frame de la “hoja en blanco” como una bandera de lucha. Prueba de ello es un adorable spot de la franja electoral del PS, en el que un grupo de niños se dedican a pintar —en una hoja en blanco, por supuesto— el Chile que sueñan. Una vez en off termina diciendo “Si ellas y ellos no le temen a una hoja en blanco, menos lo vamos a temer nosotros”.

Algo no cuadra. ¿Quién está en un error?

Ambos grupos, por cierto. Es efectivo que el articulado que quedó en nuestra actual Constitución —no deja de ser paradójico que cierto grupo se haya abierto a plasmar las reglas del proceso constituyente en un texto que, para ellos, es ilegítimo— reconoce algunos límites, como que Chile es una república democrática, o que hay ciertos pactos sociales que no podemos vulnerar. Buena cosa, porque la mayoría de esta normativa —nacional e internacional— se ha ido construyendo en democracia, con el aporte de diversos gobiernos, de izquierda y de derecha.

El problema no está ahí, sino en lo que está más allá, sobre lo que sí se puede aplicar “borrón y cuenta nueva”. Si el PS —y otros— han buscado instalar la idea de la hoja en blanco es porque, en la práctica van con ganas de arrasar con todo lo consensuado hasta ahora. Reescribir la historia tiene mucho de épica, pero se vuelve un ejercicio peligroso cuando no se hace con alturas de miras, y destruyendo aquello que ha costado tanto construir. Así, lo que está en peligro es mucho más que “la Constitución de Pinochet” (si es que aún se puede hablar de eso, después de casi 50 leyes modificatorias aprobadas por el Congreso); lo que está realmente en peligro es una tradición constitucional de casi 200 años.

¿Nos molesta que la Constitución consagre el derecho de propiedad en todas sus especies? Vaya usted a saber que dicho derecho fundamental proviene no de la dictadura, sino que está consagrado desde 1833, y gran parte del texto actual fue acoplado bajo la Constitución de 1925.

¿Quiere ud. reconstruir la idea de que la soberanía reside esencialmente en la Nación? ¡Adelante! ¡Qué importa que se trate de una frase que se ha mantenido intacta desde la Constitución del ‘33!

En el grueso de la historia republicana chilena, todo texto se ha construido tomando en cuenta el anterior. Y eso es, justamente, lo que hoy está en tela de juicio. Es más: la ex Presidenta Bachelet, pocos días antes de dejar el poder en 2018, presentó su propuesta de Constitución. Y si bien es una articulado que requeriría algo de cirugía, sí se le debe reconocer que tuvo el acierto de no buscar inventar la rueda nuevamente. Al contrario, se trata de un texto que conversa con la historia constitucional del país. Por algo, su propuesta comienza con la frase “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”.

Así las cosas, y ante el peligro de que una hoja en blanco deje de considerar fusibles fundamentales para la vida en sociedad, propongo que la eventual Convención Constitucional comience no desde cero, y no desde la Constitución actual (sería imposible), sino que desde la propuesta constitucional de Bachelet. Mejor que la hoja en blanco es tener un texto “fresquito”, confeccionado apenas hace un par de años, y que —suponemos— fue precedido de varios cabildos y encuentros locales autoconvocados.

Sin duda, trabajar sobre un texto ya elaborado, pero que no cuenta con una carga simbólica como la actual Constitución, sería un tremendo aporte, para evitar que la hoja en blanco implique atrocidades como dejar de contar con un Tribunal Constitucional o quitarle el carácter de autónomo al Banco Central. Al fin y al cabo, no debemos olvidar nunca que, tal como se lee en nuestro Estado Nacional, un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro.

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