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Publicado el 29 de mayo, 2020

Roberto Munita: La pandemia marxista

Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University Roberto Munita

La entrega material de comida es una forma de demostrar preocupación por la alarmante realidad por la que están pasando miles de familias en todo Chile, y muchos dirigentes de la oposición intuyen que dicho gesto será recordado por los beneficiarios más tiempo de lo que duren los kilos de arroz.

Roberto Munita Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University

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Junto con la crisis sanitaria, la económica y la social, nuestro país está sufriendo otra pandemia: las distintas oposiciones, desde la más moderada hasta la más extrema, se han vuelto irremediablemente marxistas. Pero no porque sigan —necesariamente— los postulados de Karl Marx, sino porque sus actos han terminado por confirmar una célebre frase atribuida al comediante Groucho Marx: “estos son mis principios; pero si no les gustan, tengo otros”.

¿Qué otra cosa, sino una absoluta vuelta de carnero, puede significar la crítica a la repartición de cajas de alimentos por parte del Gobierno? De manera insólita, quienes se han negado sistemáticamente a ideas como la entrega de vouchers para que la gente elija donde educar a sus hijos, u otros subsidios a la demanda, ahora son los primeros en señalar que el Estado debiera —en vez de distribuir comida lista para ser consumida— otorgar asistencia en dinero, para que la gente decida qué y dónde comprar. Incluso, tímidamente, se ha llegado a señalar que la ayuda debería consistir en gift cards. Milton Friedman no podría estar más orgulloso.

Las razones técnicas para preferir la entrega material de mercadería saltan a la vista, y no merecen mayor análisis: primero, en muchas poblaciones los almacenes son limitados (y no hay retail cerca, para mala suerte de los fanáticos de las gift cards); eso hace correr el riesgo de rápido desabastecimiento, lo que podría generar escasez, mercado negro y alzas inusitadas de los precios de los productos más básicos. O las tres juntas. Segundo, la entrega de plata abre la puerta a que se gaste en otros insumos, y es deber de la autoridad asegurar que la ayuda apunte primordialmente a cubrir las necesidades más básicas, como alimentación o aseo. Y tercero, una política así obligaría a la gente a movilizarse a lugares de aglomeración, aumentando la posibilidad de contagio.

Lo que sí merece mayor análisis es el porqué del rechazo a una medida que la izquierda debería aplaudir con frenesí. A muchos les duele que el Gobierno esté impulsando una ayuda como esta, pues es una política que les permite conectar de forma inmediata y directa con las sensibilidades locales. La entrega material de comida es una forma de demostrar preocupación por la alarmante realidad por la que están pasando miles de familias en todo Chile, y muchos dirigentes de la oposición intuyen que dicho gesto será recordado por los beneficiarios más tiempo de lo que duren los kilos de arroz. Por algo, Maya Angelou —otra actriz, que terminó convertida en líder social y marchó con Martin Luther King— dijo alguna vez que la gente podrá olvidar lo que dijimos, pero nunca olvidará cómo los hicimos sentir.

A fin de cuentas, la caja de alimentos se ha transformado en un buen marco de política pública, y al mismo tiempo, un buen marco comunicacional (ambas cosas están íntimamente ligadas, ya que como nos recuerda Marshall McLuhan, “el medio es el mensaje”). Y eso es algo que parte de la izquierda no puede tolerar, al punto de incluso convertirse en marxista —grouchista marxista, para ser exactos— y llegar a abandonar algunos de sus principios, sólo para intentar deslegitimar una acción efectiva y eficiente del Gobierno.

Corren tiempos difíciles, qué duda cabe. Y como tales, requieren una mayor responsabilidad por parte de todos los actores políticos. Oponerse a acciones prácticas, técnicamente correctas y políticamente valiosas, sólo porque le otorgan réditos políticos al adversario, es mezquino e insensato. A fin de cuentas, comportamientos así nos recuerdan otra frase que, sin ser de su autoría, también solía decir el viejo Groucho Marx: es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente.

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