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Publicado el 30 de abril, 2020

Roberto Munita: La fortaleza de la debilidad

Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University Roberto Munita

La debilidad de nuestra especie es una tremenda oportunidad para realzar el valor y la importancia de la democracia. La crisis del Coronavirus nos ha permitido entender que, lejos de creernos homo deus, necesitamos un entramado social y respeto por la autoridad.

Roberto Munita Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University

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Si algo podemos sacar en limpio del Coronavirus —dentro de lo nefasto que ha sido este tiempo para todos— es que nos ha obligado a reparar en lo débiles que somos como especie. Hoy los países luchan por mantenerse a flote, combatiendo contra un enemigo microscópico que apenas conocen. Pocos meses atrás, en cambio, las tesis más acreditadas hablaban de estar avanzando hacia un estado de bienestar social cada vez más próspero, rayando casi en la inmortalidad, producto del avance de la tecnología y la inteligencia artificial. Y si bien es cierto que dicha visión utópica tenía detractores, como Yuval Noah Harari, tales críticas no se basaban en vaticinar la aparición de un virus como el Covid, sino en el rol de las máquinas frente a la naturaleza humana.

Asumir la fragilidad de nuestro tejido social nos obliga a buscar ayuda, a creer en líderes y, por cierto, a aumentar nuestra confianza social. De hecho, la idea de la debilidad está íntimamente ligada a la idea de la democracia, tal como señala Alexis de Tocqueville en su recordada obra La democracia en América, inspirada luego de la visita del francés a Estados Unidos. Según el autor, la gracia de la naciente república era su “aptitud asociativa”, como sustento y pilar de su democracia. Individuos asociados por un interés común sería, para Tocqueville, la receta para el ethos democrático norteamericano.

¿Cómo se construye tal aptitud asociativa? Dos importantes sociólogos chilenos, Eduardo Valenzuela y Carlos Cousiño, publicaron hace algunos años un ensayo en el que señalan que la asociatividad encuentra dos requisitos fundamentales: que los hombres sean libres, y a la vez, débiles. Sin lo primero, la asociatividad no sería posible; sin lo segundo, no sería necesaria.

Expuesto así, la debilidad de nuestra especie es una tremenda oportunidad para realzar el valor y la importancia de la democracia. La crisis del Coronavirus nos ha permitido entender que, lejos de creernos homo deus, necesitamos un entramado social y respeto por la autoridad. Y los hechos parecen darnos la razón: en las últimas jornadas no sólo hemos podido presenciar casos espontáneos de mayor colaboración social, sino que además la ciudadanía ha valorado la necesidad de tomar medidas severas, como el toque de queda o el control sanitario. Salvo contadas excepciones, la opinión pública ha apoyado a los gobernantes en la toma de decisiones, sabiendo que hoy necesitamos un liderazgo fuerte que esté pensando en el bienestar social.

El problema es que esta crisis pasará, y con ello, volverá la tentación de sentirnos autosuficientes, sin necesidad de confiar en la sociedad ni —menos— en la autoridad. Es posible que se nos olvide todo lo vivido, el temor, la incertidumbre, y no encontremos nada mejor que volver a pensar que no necesitamos nada de nadie, lo que podría poner en jaque nuevamente la democracia. Por ello, el desafío consiste justamente en no perder el foco, y darnos cuenta que nos necesitamos unos a otros, como también necesitamos autoridades que nos gobiernen, en un marco democrático. Al final del día, reconocer nuestra propia debilidad puede ser nuestra mayor fortaleza.

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