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Publicado el 8 enero, 2021

Roberto Munita: “Esta no es tu fiesta”

Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University Roberto Munita

Al final del día, lo que se está incubando no es otra cosa que un crudo desprecio por la política, lo cual es un cáncer muy difícil de extirpar. Tenemos la obligación de ponerle un atajo a esto, ya que tal menosprecio es un terreno fértil para experimentos populistas, que ven en la sociedad extremadamente despolitizada una masa de gente fácil de persuadir, con las ideas más absurdas.

 

Roberto Munita Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University
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La decisión del senador Harboe de renunciar a su escaño en el Senado para disputar un cupo en la Convención Constituyente encendió las alarmas de la tuitósfera: que los políticos no pueden intentar cooptar la Asamblea; que no han entendido nada del estallido social; que degradarán un espacio que —ahora nos enteramos— fue pensado exclusivamente por y para los ciudadanos de a pie. Y estos dardos (que le tocaron a Harboe, pero que le podrían haber llegado a cualquier otro “político profesional” en la misma situación) no provinieron sólo de anónimos tuiteros enardecidos; hasta Rodrigo Jordán, una persona de la cual tengo la mejor impresión, alegó al respecto en un diario: “Cómo es posible que una persona que tiene toda la ventaja de ser senador, rompe con lo que la gente quiere”.

En otras palabras, te lo digo ahora, y no te lo mando a decir con nadie: “Amigo político, esta no es tu fiesta”.

Tal orientación me parece particularmente grave, por tres razones: primero, porque algunos respetables miembros de la sociedad civil (muchos de los cuales también son, después de todo, líderes de opinión y están lejos de ser hijos de vecino) se están atribuyendo la vocería de “la calle” sin que nadie les haya otorgado —aún— dicha prerrogativa. Esto es curioso y, de alguna forma, bastante patudo. ¿Qué pasa si el electorado efectivamente quiere votar por ex parlamentarios o políticos que conoce? ¿Les vamos a negar ese derecho? No deja de ser irónico que, quienes alegan las ventajas de algunos, se basen también en tribunas mediáticas que, legítimamente, han construido con el tiempo.

En segundo lugar, el asunto es preocupante, pues deslegitimar el derecho de los ex parlamentarios o ex ministros de Estado a presentarse (ojo, nadie está pidiendo que les cedan un cupo; todos ellos deberán ir a la papeleta, como cualquier cristiano) equivale a decir que la Convención no requiere personas con experiencia en política dura. Me corrijo: no sólo no requiere, sino que sería nefasto. Y este es el peor punto de partida para el que, esperamos, sea un camino que podamos recorrer todos juntos. Es como si, entre todos, nos propusiésemos construir un puente, pero que nos represente a todos, y no sólo a los ingenieros, que tienen poca preocupación por la estética o la cultura. Un puente en el que participe la ciudadanía podría quedar, efectivamente, mucho más pulcro y acabado, pero si le prohibimos a los ingenieros que participen de su construcción, no lo atravesaría ni amarrado. Restarse, por tanto, a que políticos profesionales quieran legítimamente participar del proceso es un flaco favor que le podemos hacer a las futuras generaciones.

Y finalmente, el asunto es grave, pues ideas como esas van carcomiendo y deslegitimando el sistema político, un sistema del que —a pesar del deterioro visto en los últimos años— aún nos debe enorgullecer como chilenos. Efectivamente, en comparación con otros países, tenemos una clase política aún bastante digna, pero lamentablemente nos hemos ido comprando, progresivamente, el slogan barato de que “la clase política es una mierda”.

Esto, por cierto, no es nada nuevo: hace prácticamente un siglo, William Isaac Thomas propuso el “teorema de la definición de la situación”, según el cual el valor (positivo o negativo) que le otorgamos a las situaciones que consideramos influye decisivamente en cómo la opinión pública termina viendo dicha situación. Y de ahí, nace la sociología de la interpretación, según la cual, analizamos la situación como la percibimos. O sea, no sirve de nada tener cifras que demuestran que Chile no es el país más desigual del mundo, o que nuestra clase política no es una mierda; si lo creemos, lo asumiremos como verdad.

Al final del día, lo que se está incubando no es otra cosa que un crudo desprecio por la política, lo cual es un cáncer muy difícil de extirpar. Tenemos la obligación de ponerle un atajo a esto, ya que tal menosprecio es un terreno fértil para experimentos populistas, que ven en la sociedad extremadamente despolitizada, una masa de gente fácil de persuadir, con las ideas más absurdas. Y en esto no hay dobles lecturas: no se trata de ser alarmista, sino de darnos cuenta que, por permitir la movilización social sin convicciones y principios políticos, podemos terminar como un conocido país del norte, cuyo presidente saliente no fue capaz de controlar una horda dispuesta a tomarse el Capitolio, y todo por defender una verdad irrisoria.

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