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Publicado el 2 abril, 2021

Roberto Munita: El dilema de salir con o sin paraguas

Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University Roberto Munita

Este es un problema de percepciones, las que en materias de decisiones colectivas valen tanto como los datos. La gente está con pánico y no saldrá a votar. Punto. Y lo que es peor, hemos visto y seguiremos viendo una mordaz campaña del Gobierno buscando que la población se movilice lo menos posible.

Roberto Munita Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University
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El domingo recién pasado, los teléfonos y chats de Whatsapp no paraban de sonar en todos los círculos políticos. Ya llevábamos varios días con una estrepitosa tasa de contagios por Covid-19, habíamos recibido el recado de diversos actores científicos, sociales y políticos (incluyendo la opinión unánime del Consejo Asesor Covid-19) y se hacía patente el temor en la población por enfrentarse a una mega-elección en el peor momento de la segunda ola (y de toda esta crisis sanitaria). Ni siquiera fue necesario esperar la publicación de la encuesta Cadem, que se entrega todos los domingos en la noche. Durante la tarde, ya estaba claro: no quedaba otra que postergar las elecciones.

Sin duda, se trataba de una decisión difícil, “maldita” (en el sentido de Rittel y Webber, quienes introdujeron en los ’70 el concepto de “problemas malditos”) y compleja de implementar. De hecho, el Congreso se ha demorado varios días en discutir los detalles de este asunto, y al momento de meter esta columna en el horno, aún no había humo blanco en el Senado.

¿Se justificaba una decisión de esta envergadura, sabiendo lo complicado que resulta para una campaña que estaba terminando, con candidatos que arriesgan caer en el olvido y que probablemente deberán contraer más deudas, con un sistema político que sufre un descrédito cada vez mayor, y con una ciudadanía que hace más de un año espera con ansias la redacción de una Nueva Constitución?

Evidentemente, sí. Y lo quiero explicar muy brevemente, a través de una metáfora.

Imagine, apreciable lector/a, que ud. tiene que salir de su casa, a pie, y el día está oscuro. Amenazante de lluvia. Es de esos días en que se respira el agua en el viento fresco, aunque no ha caído gota alguna y, al menos en el Chile de la zona central, es posible que no llueva en todo el día. Por supuesto, ud. revisa su celular, y el pronóstico no puede ser más amarillo: 50% de probabilidades de lluvia. ¿Qué hace usted? ¿Toma su paraguas o no?

Esto es resuelto, en teoría de juegos, a través de un cuadrito de doble entrada, bastante sencillo, en el que uno puede apreciar los costos y beneficios de cada acción. Así, si ud. no lleva su paraguas y no llueve, o bien si lo llevó y se larga a llover, impecable, le achuntó y no tendrá mayores dificultades. El problema surge en las dos alternativas intermedias: si ud. lleva paraguas y no llueve, lo pasará mal, porque tendrá que acarrear innecesariamente dicho implemento; pero si ud. no lleva paraguas y se pone a llover, lo pasará infinitamente peor. Blasfemará todo el día por no haber recogido el pequeño artefacto, que vio incluso al salir, al lado de la puerta.

El Presidente de la República estuvo, hace algunos días, en una disyuntiva astronómicamente más enredada, pero que sigue la misma lógica: ¿Qué habría sido peor? ¿No haber postergado las elecciones, y ver con el paso de los días que el escenario hacia el 10 y 11 de abril se volvía un caos? O bien, ¿postergar, y constatar posteriormente que el escenario no era tan grave, porque los casos comenzaron a disminuir? Creo que la respuesta se escribe sola, y no es necesario ahondar más en el asunto.

Es verdad que después del Plebiscito de octubre 2020 no aumentaron los casos, y es posible que sea cierto lo que muchos creen: que los actos eleccionarios no son vectores que aumenten considerablemente el contagio. Pero acá no se trata de eso. Este es un problema de percepciones, las que en materias de decisiones colectivas valen tanto como los datos. La gente está con pánico, y no saldrá a votar. Punto. Y lo que es peor, hemos visto y seguiremos viendo una mordaz campaña del Gobierno, buscando que la población se movilice lo menos posible. No tiene lógica, entonces, seguir insistiendo con un proceso electoral en abril, el que, si tiene baja participación, puede producir la más completa deslegitimación del futuro cuerpo constituyente.

Las autoridades tienen la obligación de asegurar que todo proceso electoral sea abierto, participativo y tranquilo. Y hoy no están las condiciones para ello. Por eso, aplaudo la medida liderada por el Presidente, y que ha sido secundada por el Congreso Nacional. En días nublados y oscuros, siempre es mejor ser precavidos.

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