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Publicado el 6 junio, 2021

Roberto Bravo: Terremoto educativo

Rector Colegio Inglés, Talca. Autor del libro “Manual de Supervivencia” Roberto Bravo

Por qué no lo vimos venir ya no es lo central; la verdadera y más urgente pregunta es: ¿cómo enfrentamos las réplicas de este enorme sismo?

Roberto Bravo Rector Colegio Inglés, Talca. Autor del libro “Manual de Supervivencia”
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Durante la madrugada del 27 de febrero de 2010, la zona central y sur de Chile fue sacudida por un mega terremoto de 8.8 en la escala sismológica de Richter, que desencadenó en un posterior tsunami en varias costas de nuestro país. En esa oportunidad, los sistemas de alerta mostraron en ese momento su fragilidad, ya que la información confusa de las autoridades (quienes descartaron un maremoto), impidió que la población evacuara las zonas costeras y muchos compatriotas perdieron la vida. Algo similar -aunque guardando las proporciones- se vivió hace un par de días, solo que esta vez el fatídico epicentro fue la educación.

“Estamos ante un terremoto educativo”, señaló el ministro de Educación, Raúl Figueroa, luego que se dieran a conocer los resultados del DIA (Diagnóstico Integral de Aprendizajes 2021). El diagnóstico realizado por la Agencia de Calidad de la Educación a 7 mil colegios reveló que los alumnos no alcanzaron el 60% de los aprendizajes necesarios durante el pasado año, período que, como todos sabemos, estuvo marcado por la adaptación a clases a distancia, los problemas de conectividad, cuestionamientos y desvalorizaciones cruzadas que -incluso hasta el día de hoy- parecen mantenerse.

A diferencia de lo sucedido en el terremoto del 27F, para muchos esta catástrofe educativa pudo ser prevista. Y no sólo eso, sino que también sus efectos pudieron ser controlados. El aumento en el porcentaje de deserción escolar que se iba acumulando, la falta de conectividad y acceso en muchas comunas de nuestro país (que aún persiste, dicho sea de paso), incertidumbre generalizada, junto a la nula voluntad de muchos actores para siquiera abrirse al debate de cómo apoyar realmente a las comunidades escolares, fueron sólo algunas de las muchas alertas que se fueron levantando durante el transcurso de la pandemia. Pero ya es tarde. El terremoto nos sacudió por completo. Por qué no lo vimos venir ya no es lo central; la verdadera y más urgente pregunta es: ¿cómo enfrentamos las réplicas de este enorme sismo?

El diagnóstico de matemática nos revela que ninguno de los niveles superó el 47% de logro y, específicamente en segundo medio, los estudiantes aprendieron solo un 27% de los contenidos ya priorizados en 2020. Porcentajes de logros que dialogan con los resultados obtenidos en muchas examinaciones internas de miles de escuelas. Hay que proponerse cómo generar una respuesta rápida y efectiva. Especialmente pensando en aquellas escuelas y colegios de Chile que permanecen con las condiciones básicas de infraestructura, soporte y recursos necesarios, para hacer frente a una catástrofe de esta magnitud. Y con esto no nos referimos solamente al problema de acceso a internet (problemática que persiste en varias comunas de nuestro país). Sino que también -y lamentablemente- a la falta de diálogo y desconfianza instalada que imposibilitan avanzar hacia un propósito común.

“Esto es culpa de los profesores que no trabajaron durante todo el 2020”, decía una persona en Twitter. Responsabilizar a las comunidades escolares por estos resultados es, tal y como se desprende literalmente de la cita, desconocer absolutamente el trabajo realizado por los docentes durante toda la pandemia. Y, en segundo lugar, no entender que los centros educativos son parte de un entramado mayor.

Después de cada terremoto vienen las réplicas. ¿Qué vamos a hacer con éstas? ¿Cómo solucionaremos los problemas de acceso y conectividad de miles de estudiantes que aún persisten? ¿Cómo avanzamos en la construcción de confianza para convocar voluntades?

En cuanto al desafío de la conexión a internet e insumos para conectarse para todos aquellos estudiantes que no pueden hacerlo, tenemos -afortunadamente- experiencias exitosas muy cercanas. Por ejemplo, al otro lado de la cordillera, en la localidad de Pilar, Provincia de Buenos Aires, implementaron el programa Conectados, que llega a más de 60 mil estudiantes. Este programa brinda wifi e impresión gratuita de material de estudio a los alumnos de todos los niveles. Son 22 puntos móviles, en donde los niños que lo requieran pueden imprimir gratuitamente el material enviado por sus colegios, digitalizar sus tareas para subirlas y, por supuesto, conectarse a internet. ¿Sería muy difícil implementar algo de esta naturaleza en aquellas comunidades donde la conectividad es casi inexistente? Las mismas que fueron testigos de cómo se instalaban enormes antenas satelitales para las pasadas elecciones. “Parece que importan más los votos que el aprendizaje”, decía un profesor a un canal de televisión. Al parecer, como queda en evidencia, sí se puede.

Pero, el desafío de superar la falta de confianza que se ha instalado es, sin lugar a dudas, un escollo que requerirá más que solo respuestas técnicas. Hoy se necesitan liderazgos capaces de convocar e influir en la toma decisiones. Líderes que, con un tono esperanzador y actuar consecuente, pongan al centro de toda discusión el aprendizaje de nuestros niños, niñas y adolescentes. Evitando atrincherarse (como tantas veces pasó) en posturas binarias y desvalorizaciones cruzadas. Personas que entiendan que amenazarse por la prensa sólo contribuirá a la acumulación de mayor energía sísmica.

Después de cada desastre natural, nuestra nación se ha caracterizado por su enorme espíritu solidario. Volcándose por completo para ir en ayuda de los más damnificados. Hoy nos encontramos frente a una nueva catástrofe. Se requieren respuestas ágiles y efectivas. De no hacerlo, corremos el riesgo que este terremoto se transforme en un verdadero cataclismo del cual nadie, en especial estas generaciones de estudiantes, pueda sobreponerse.

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