Hace treinta años, el 14 de enero de 1993, arribó a Chile el “padre” del Muro de Berlín y dictador comunista de la denominada República Democrática Alemana, Erich Honecker. Llegó después de que la justicia de la República Federal de Alemania (ya como Alemania reunificada) suspendiera el juicio en su contra por la violación de derechos humanos atendiendo a razones de corte humanitario: su delicado estado de salud. El hombre que dirigió con mano de hierro durante 18 años el país amurallado padecía de un cáncer hepático que lo condujo a la muerte el 29 de mayo de 1994, en Santiago.

Hay asuntos en extremo paradójicos en la vida de este ícono comunista internacional. Lo primero es que fue defenestrado por sus camaradas del gobernante partido PSUA (Partido Socialista Unificado de Alemania, comunista), uno de los cinco tolerados por la Constitución política de la RDA, pero el único con derecho a gobernar. La razón de su caída en desgracia fueron las masivas protestas populares de 1989, que derribaron el Muro y el socialismo. Hasta ese momento, y desde 1949, cuando se fundó la RDA, el PSUA ganaba todas las elecciones con un “respaldo popular” que fluctuaba entre 95 y 99% (sic) de los votos. En un intento por salvar algo del poder, sus camaradas lo depusieron y permitieron el libre debate y el libre tránsito a Occidente, lo que acabó en un par de semanas con el país más próspero de los estados comunistas, pero de modesto nivel frente a Europa occidental.

Otro hecho paradójico es que fue la misma justicia alemana federal, que Honecker tanto criticó a lo largo de su vida por “clasista”, la que lo dejó en libertad por consideraciones que su régimen jamás tuvo hacia disidentes, críticos o adversarios, a los que condenaba con penas extremas y a manos llenas. Alemania comunista cobraba a Bonn 25.000 marcos occidentales por cada preso político que aceptaba liberar, lo que condujo a un macabro círculo vicioso que reportaba ingresos al presupuesto de la RDA, siempre escaso en “valuta”.

Al quedar libre, Honecker optó por irse al extranjero, al exilio voluntario, y vino a nuestra patria. Lo paradójico es que recurrió al derecho que, mediante el “padre” del Muro le negó siempre a sus compatriotas: el de salir (temporal o definitivamente) de su patria. En esto fue de una crueldad escalofriante: mantuvo la orden de disparar a matar contra quienes intentaran trepar la frontera interalemana para huir del socialismo. Los documentos prueban que fue su sucesor y delfín, Egon Krenz, quien modificó esa instrucción en los estertores del régimen, instruyendo a los guardafronteras impedir las fugas “aplicando sólo métodos de fuerza corporal”, no letales. Nada más acusador contra Honecker que el documento con la firma de su camarada Krenz. 

Pero hay más elementos paradójicos: Honecker desechó el asilo que le ofrecieron Cuba, Corea del Norte y Siria (Moscú no quiso que se quedara en Rusia), aliados o socios ideológicos de su extinto Estado, y prefirió venir al país “neoliberal” que daba los pasos iniciales en su exitosa transición a la democracia con estabilidad y crecimiento, y al cual los comunistas definían (y definen) como “el modelo impuesto a sangre y fuego por el dictador Pinochet”. Es cierto, tenía familiares en nuestro país, pero de un ícono comunista mundial como él, que jamás se arrepintió de sus actos represivos al mando del Estado totalitario, se hubiese esperado un exilio con mayor simbolismo y consecuencia política.

Hay otra situación paradójica en su desplazamiento final a Chile, una que nos atañe e interpela como chilenos: ¿Por qué este exilio tan significativo, que cierra en cierta forma la Guerra Fría y vincula a nuestro país con esa fase, se desvaneció de la memoria en los medios, los partidos políticos, el mundo intelectual y, por ende, de la memoria de los chilenos? ¿Qué incomoda de este capítulo a fuerzas hegemónicas en la escritura del relato y la memoria nacionales que posibilitó una amnesia colectiva? No hubo otro país en el mundo que recibiera a dictadores comunistas defenestrados, todos violadores sistemáticos de derechos humanos. Ninguno. Sólo Chile. 

Y sin embargo, un espeso silencio, una lápida de la desmemoria terminó por ocultar aquí ese exilio que culmina parte importante de la segunda mitad de nuestro siglo XX. Al mismo tiempo que reconstruíamos nuestra democracia, frágil y amenazada entonces, brindamos refugio precisamente a un dictador implacable, al “arquitecto” del ignominioso Muro de Berlín, donde murieron acribilladas más de doscientas personas, miles quedaron mutiladas o heridas, y miles más fueron encarceladas por intentar cruzarlo y vieron así arruinadas sus vidas y la de su familia. Sí, se trató del hombre que mantuvo encerrado por decenios a 17 millones de habitantes hasta que cumplieran 65 años de edad, y que impuso a quienes lograron evadirse una pena criminal e inmisericorde: prohibición vitalicia de volver a visitar la tierra natal.

Existen más aspectos paradojales. Corresponde preguntarse si hubo fuerzas nacionales o extranjeras que presionaran al gobierno del demócrata don Patricio Aylwin a recibir al tirano defenestrado. Porque la contradicción es flagrante: Chile recién saliendo del régimen militar, al que un vasto sector nacional condenaba por violar los derechos humanos vociferando el “¡Nunca más!” y el “No habrá perdón ni olvido”, brindaba al mismo tiempo hogar al tirano Honecker. Y hay más reflexiones pendientes al respecto: Gradualmente se fue extendiendo en Chile un manto de silencio sobre este particular vecino de nuestra capital, el segundo mayor dictador alemán del siglo XX. Se observa en esta materia un perdón y una amnesia que huele a incoherencia política y ética, y que reclama ser analizado.

La verdad es que nuestro país no ha abordado, en tanto conciencia histórica democrática, el exilio del dictador Honecker en Santiago. ¿Por qué se facilitó o posibilitó su exilio? ¿Qué factores permitieron que, en un país donde la denuncia contra la violación a los derechos humanos es desde entonces una constante crucial en el debate político, se sepultara esta contradicción que clama al cielo? Cuesta entender que un país que venía de 17 años de régimen militar haya acogido a quien encabezó durante 18 años a un régimen comunista que sólo sobrevivía manteniendo de rehén a toda su población.

Hiere el silencio que han cultivado durante tres decenios sectores de la izquierda chilena al respecto, y azora el que han guardado sectores de derecha. El silencio de unos y el de otros revela quién entiende la importancia de la batalla de las ideas y de los relatos en la sociedad, y quién no la capta o, peor, la descarta.

Un último apunte sobre el tema: Cerca de 2.500 chilenos vivieron (viví) detrás del Muro, en la RDA gobernada por el dictador Honecker, pues huían del dictador Pinochet. Muchos de ellos recuerdan hasta hoy con gran nostalgia al sistema que los acogió y que encerraba asimismo a sus propios vecinos y colegas alemanes. Estos compatriotas vitorearon hasta el final al dictador y a su esposa (durante la friolera de casi 30 años ministra de educación de la RDA, y acusada de incidir en adopciones forzadas de menores) por identidad ideológica. Piensan que lo recibido obliga a callar.

Hay otra parte de los compatriotas, creo mayoritaria, que también vivieron detrás del Muro y captaron que era una dictadura, pero prefirieron silenciar su crítica por gratitud hacia la solidaridad recibida. Pero también hubo compatriotas, una ínfima minoría entre los 2.500, que al comprobar la esencia dictatorial del régimen amurallado, renunciaron (renuncié) a la beca, al puesto de trabajo o al techo que les otorgaba el Estado comunista, y que buscaron (busqué) su futuro al otro lado del Muro, en la inseguridad social y la dura competencia del capitalismo, para hacer su vida libremente y exigir fuerte y claro para otros pueblos -a través de la palabra, el arte o la literatura- lo mismo que exigíamos entonces para Chile: libertad, democracia y prosperidad. 

La historia le dio la razón a los chilenos que rompimos con el marxismo-leninismo en el socialismo realmente existente como alternativa para nuestra patria. Nada queda ya de aquel mundo, y la RDA existe hoy en un museo en el Berlín unificado y en los grises segmentos del criminal e ignominioso Muro. 

En este año en que se cumple medio siglo del 11 de septiembre, y el Presidente Boric se propone una maratón de actividades conmemorativas, corresponde que intente acompañarla con una reflexión amplia, compleja e integral, no esquemática ni maniquea, sobre las causas que a partir de fines de los años sesenta nos dividieron y enfrentaron y estuvieron a punto de llevarnos en 1973 a la guerra civil. 

La visión presidencial también debe incorporar la fatal atracción  de amplios sectores de izquierda por dictaduras redentoras, sean las de los Castro, Chávez, Maduro, Ortega o Kim. Utilizar la conmemoración del medio siglo para obtener resultados electorales de corto plazo no le servirá al Mandatario para contribuir a la educación cívica del país ni tampoco para unirlo.

Boric tiene este año una gran oportunidad para imitar de verdad a don Patricio Aylwin, y para dar el imperioso brinco que necesita para dejar atrás la imagen del dirigente estudiantil que aún muchos tenemos de él y alcance y “habite” el sitial que le corresponde constitucionalmente, el de Presidente de la República de Chile.

*Roberto Ampuero, escritor, doctor y magíster en literatura, ex canciller, ex ministro presidente del consejo nacional de las artes y la cultura, ex embajador en España, Andorra y México.

Roberto Ampuero

Escritor, excanciller, ex ministro de Cultura y ex embajador de Chile en España y México. Profesor Visitante de la Universidad Finis Terrae

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