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Publicado el 27 de mayo, 2020

Ricardo Manzi: Vapores al alza

Abogado, Magister en Derecho Público con mención en Derecho Constitucional Ricardo Manzi

Todo indica que, de tanto perseguir patógenos orientales en concomitancia con Donald Trump, Izkia Siches se habría visto afectada por una variante del mencionado síndrome, denominado “el mareo de la tribuna”, fenómeno recurrente que altera las percepciones de la realidad cuando alguien se eleva algunos metros por sobre el suelo en que apoya sus pies.

Ricardo Manzi Abogado, Magister en Derecho Público con mención en Derecho Constitucional
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La señora Siches, saliendo de una reunión de la mesa social la semana pasada en La Moneda dijo: “A mí no me sirve que el ministro de salud cambie el tono, yo necesito como representante de los médicos y médicas del país que haya un cambio en la forma de gobernar la pandemia.” En otra parte añadió “… no podemos seguir hablándole a una pared.” Esto último es el fundamento del audaz intento de debilitar y quizá cambiar la contraparte técnico-política con la que concurre en la mesa social creada para recibir recomendaciones y visiones plurales de las estrategias, requerimientos, dificultades y efectos de la pandemia. Hasta ahora le ha ido mal, puesto que el gobernante, la mesa social, la comisión de expertos y los médicos de la orden no se han sumado a sus desbordes, por la simple razón que todos entienden, que el afrontamiento al Covid19, no es una cuestión personal, de estilos ni de adscripciones partidistas, sino que una lucha colectiva contra un enemigo sibilino cuya peligrosidad se prueba día a día con cifras preocupantes de contagiados, muertos y congestión creciente del sistema sanitario nacional y mundial.    

No cabe duda que la señora Siches pareciera estar aquejada del denominado “síndrome de Vapores al Alza”, patología agresiva, frecuente y en extremo contagiosa, por no decir derechamente pandémica, afín al tiempo presente y cuyo grupo de riesgo se centra en jóvenes estudiantes y dirigentes gremiales novatos que aspiran a desarrollar una carrera política arrolladora y que, como todos ellos, con más o con menos, le hablan a sus pares, las autoridades sanitarias, al país y al mundo desde la ciencia de la infectología patógena intensiva, en la deriva salubrista y, principalmente, desde la superioridad moral, la arrogancia y un dilatado y complaciente ego.

Todo indica que de tanto perseguir patógenos orientales en concomitancia con Donald Trump, se habría visto afectada por una variante del mencionado síndrome denominado “el mareo de la tribuna”, fenómeno recurrente que altera las percepciones de la realidad cuando alguien se eleva algunos metros por sobre el suelo en que apoya sus pies; máxime si el mareado comienza a vislumbrar una potencial candidatura política a cualquier magistratura que lo o la saque del ámbito gremial, como pareciere ser el caso de esta dirigente que viene hace rato comportándose como si ese lugar de la representación gremial fuere un corsé estrecho que limita su expansión vital, política y social. No sería el primer caso, sino que se uniría a una legión de dirigentes gremiales, estudiantiles, sindicales y políticos, que desde siempre, pero especialmente en el tiempo presente se ven tocados por una epifanía, esa revelación transformadora personal, transitoria y contingente, que de la mano de aduladores y conmilitones, comienza a soñar con el espacio sideral y a hablar, ya no desde la sensata y modesta primera persona plural (nosotros, incluyéndose junto a los representados) sino que desde la altiva primogenitura de la primera persona singular (yo, el líder providencial, que tutelo vuestro destino).

Esta técnica retórica se dirige al pueblo, aquel sujeto colectivo objeto de los desvelos del conductor; aquella comunidad que congrega entre sus miembros las mejores características del alma humana: la bondad, el esfuerzo, la lealtad y la paciencia, atribución que con el alzaprima de esta “captatio benevolentiae” busca atraer, seducir y conquistar la sumisión bobina del colectivo popular.

Como corresponde, para que la oscura falacia populista cierre hasta el último intersticio, se levanta la figura del antagonista, el antihéroe, el enemigo del pueblo, que corresponde a aquel o aquellos que en las descripciones literarias de la política, el populismo ejemplifica como “el otro” o “los otros”, “los extranjeros”, “el empresariado”, “la burguesía”, “el Tío Sam” y un largo etcétera. Bueno, en nuestro caso ese antagonista, ese adversario terrible devenido en un muro de la infamia y detonante de los lamentos de esta lideresa gremial es Mañalich, el ministro de Salud. ¿Alguien en su sano juicio ante esta emergencia o aún sin ella, cree que una crisis sanitaria de magnitud universal podría afrontarse en el seno de una asamblea? De hecho, ni ella ni sus conmilitones lo creen, puesto que, participando de la mesa social, con una ética dúctil, recorren los matinales de la TV, contrariando los acuerdos y opciones alcanzadas en esa instancia, sembrando el temor y la duda y desacreditando todo lo que hace la autoridad sanitaria. La señora Siches y otros integrantes de la actual directiva del Colegio Médico no se resignan a su rol de asesores y pretenden que la autoridad sanitaria quede privada de la facultad de clausura del debate. Este comportamiento ha sido criticado por numerosos y destacados miembros de la profesión médica y así se lo han hecho saber. ¿Saben por qué? Porque contra la pandemia no se lucha desde la soberbia, el populismo ni los proyectos políticos personales. Porque a esta causa nacional no le sirven los “Vapores al Alza”.     

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