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Publicado el 19 de mayo, 2020

Ricardo Manzi: Lozanía, superioridad moral y otras supercherías

Abogado, Magister en Derecho Público con mención en Derecho Constitucional Ricardo Manzi

Tuvieron la gracia de hacer creer al educado elector chileno que la democracia se había inventado en una avenida de la comuna de Ñuñoa y no en la Grecia clásica y que, a diferencia de esta última, la de ellos justifica métodos como la barricada, “el que baila pasa” y la afamada “funa”. De hecho, ellos mismos la han sufrido y le temen, a ratos, cuando son los afectados.

Ricardo Manzi Abogado, Magister en Derecho Público con mención en Derecho Constitucional

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Pareciera ser que los ciclos políticos se repiten. No hace tantos años, agrupaciones de jóvenes interesados en la política alcanzan grados crecientes de influencia y poder con un discurso apoyado en la frescura de sus líderes, entendida esa circunstancia contingente como el porteo de una pureza y grandeza espiritual de la que carecían los políticos mayores, tradicionales, conservadores y ultramontanos. A todos ellos se les veía como diques de contención para los cambios sociales acelerados que, según esas nuevas generaciones, el pueblo requería frente a una realidad inalterable, cristalizada en el ámbar una inequidad ominosa impuesta por los custodios del status quo, el capitalismo y el imperialismo hegemónico de Estados Unidos. Esos líderes despreciables y criticables debían ser descartados del universo afectivo del pueblo, por no dar el ancho, la altura o quizá la bajura requerida para alcanzar una sociedad igualitaria en proceso de liberación.

Posteriormente y en estos días, ha llegado a mi noticia las aplicadas maniobras “filantrópicas” de Revolución Democrática para hacer de una falsa virtud, el ejemplo vivo de la necedad oceánica que hunde a la política. Bien, hace varios años los parlamentarios de esa agrupación venían vociferando urbi et orbe lo buenas personas que son, la pureza de sus designios, la concurrencia en una misma agrupación política de toda la generosidad aglutinada en el Cono Sur de América – para no incurrir en el paroxismos globalistas – mediante el expediente de la transferencia electrónica a una fundación (sin fines de lucro) de los “éticos y modestos” emolumentos con que el Estado de Chile compensa, “en la medida de lo posible”, el sacrificado esfuerzo profesional y personal que realizan en el Congreso Nacional legislando – cuando lo hacen- para el bien común general. Estos buenos muchachos llegaron a la política directamente del patio de recreo de algún liceo capitalino, o de algún colegio de alto standing de cota mil, del casino de alguna facultad universitaria de declinante reputación, donde se debatiría el futuro del país inclusivo y solidario al que dicen aspirar, renovando la política.

Tuvieron la gracia de hacer creer al educado elector chileno que la democracia se había inventado en una avenida de la comuna de Ñuñoa y no en la Grecia clásica y que, a diferencia de esta última, la de ellos justifica métodos como la barricada, “el que baila pasa” y la afamada “funa”. De hecho, ellos mismos la han sufrido y le temen, a ratos, cuando son los afectados.

Así el diputado Jackson declaró públicamente con la altisonancia de la superioridad moral que el donaba el 50% de su dieta parlamentaria de 9 millones de pesos (silenciando los otros 11 millones por asignaciones), discurso beatífico replicado por otros miembros de esa agrupación.

Cabe preguntarse, ¿con qué finalidad Jackson formuló esa afirmación?

Bueno aquí nos encontramos con la retórica de la prevaricación. Esa seductora herramienta utilizada por los populistas de toda laya para atraer, persuadir y convencer al pueblo de la nobleza de sus intenciones. Cuando se ha demonizado sistemáticamente la libre empresa que se desarrolla en la economía de mercado, el lucro como aspiración material o renta del trabajo y la inversión que florece en ese modelo económico, la expresión “donación” suena a un desprendimiento tan inusual y escaso que hace de quien lo practica un encomiable filántropo. La afirmación de ser donante eleva a quien lo practica a la angélica categoría de persona ejemplar cuyo derrotero debemos seguir, sus principios suscribir, a quién nuestra lealtad cederemos y en las elecciones nuestro voto daremos.

El populista se muestra entonces como el hombre providencial que nos guiará, el conductor o líder que ilumina el camino de la justicia y la equidad bajo cuyo mandato seguro el pueblo se alzará de su postergación, liberándose de las ataduras que lo esclavizan.

La falsa donación o si se quiere, “auto donación”, o ahorro para campañas, como sería propio por el destino de los recursos no era un acto altruista como quiso Jackson venderle al país, sino que le reportaba a él y a sus compañeros de partido el lucro de un prestigio inmerecido. Esta incuria develó que estos políticos que verdean esa supuesta impoluta lozanía no son mejores y quizá peores que los de las boletas ideológicamente falsas. Por eso cerraremos estas palabras con un epitafio del tango de Homero Manzi y Aníbal Troilo que les hace justicia a unos y otros, “Fui (mos) como una lluvia de cenizas y fatigas en las horas resignadas de tu vida (…) Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza que no puede vislumbrar su tarde mansa”.

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