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Publicado el 22 agosto, 2020

Ricardo Manzi: Clemencia antropolótica, indulgencia política y Celestino Córdova

Abogado, Magister en Derecho Público con mención en Derecho Constitucional Ricardo Manzi

Una red de protección y ayudistas asumió la defensa y amparo de Córdova con una completa campaña comunicacional ideada para presentarlo como una víctima actual de los males del pasado; una víctima del racismo y “supremacismo” blanco.

Ricardo Manzi Abogado, Magister en Derecho Público con mención en Derecho Constitucional

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El caso de Celestino Córdova, chileno de origen mapuche condenado por el crimen del matrimonio Luchsinger Mackay, obedece al típico reflejo de una sociedad que se avergüenza por abusos y salvajismos antiguos infligidos a un pueblo indígena. Esto, al punto de hacerlo a él y a otros integrantes de esa asociación criminal inimputables o intocables frente a delitos cometidos por ellos en el presente, aunque sean los más graves, crueles e inhumanos del catálogo descrito y consignado por el conocimiento jurídico penal y moral universal.

Celestino Córdova, actuando en cuadrilla -en manifiesta superioridad numérica- junto a otros jóvenes armados, de noche y en despoblado, atacó a dos ancianos pacíficos con ínfimas posibilidades defensivas y los asesinó a través de uno de los medios más brutales disponibles: el fuego, que no solo suprime una vida, sino que la quita lentamente bajo los más atroces sufrimientos, dolores que pudieron extenderse por largos minutos antes de sobrevenir el alivio de la muerte.

Posteriormente, una red de protección y ayudistas asumió su defensa y amparo con una completa campaña comunicacional ideada para presentarlo como una víctima actual de los males del pasado; una víctima del racismo y “supremacismo” blanco. En el juicio subsecuente hubo de todo, desde numerosas triquiñuelas judiciales que demoraron el inicio de la causa hasta la deposición de un testigo que, abrumado por su conciencia -a pesar del discurso políticamente correcto inoculado por años, aún distinguía entre el bien y el mal-, declaró delatando a otros miembros de la cuadrilla… pero que, saltando del temor al pánico, sucumbió con una titubeante retractación, para terminar otros imputados absueltos. No obstante, Córdova no pudo exonerarse de su responsabilidad y fue condenado a una pena suave, tanto, que hace de la clemencia antropológica que justifica salvajadas una burla a la justicia y a la memoria de las víctimas.

No obstante, como ha ocurrido en casos semejantes, se presentaron esos terroristas como heroicos huelguistas de hambre, ejerciendo presión ilegítima sobre el sistema judicial y político, sobre los gobiernos de la Concertación entonces y de Chile Vamos ahora. Estos permanecieron en la primera plana informativa por meses, a lo Bobby Sands en Irlanda, pero a diferencia de éste, no mueren, sino que parecieran haberse sometido a dietas impulsadas más por valores estéticos que por presiones políticas contra las instituciones democráticas para justificar causas terroristas o insurgentes. Dejan así sentada la sentencia de que en Chile no existe la igualdad ante la ley o, al menos, no existe respecto de estos indígenas que salieron del closet de la chilenidad para figurar en el universo etnográfico de las víctimas tribales de occidente. Esta posición la lograron con ayuda de la red de protección de la prensa, comunicadores de matinales, algunos profetas de la educación, dirigentes y políticos populistas de todas las esquinas, que jamás cuestionan el disvalor que entraña el comportamiento antisocial de estas personas, puesto que, su pertenencia o filiación étnico-cultural las absuelve de cualquier responsabilidad ética o penal. Este es el Chile de hoy -y que se viene manifestando hace rato-, donde hay quienes pueden saquear, quemar, lacerar, matar, destruyendo los sueños de otros sin consecuencias. Uno de esos es Celestino Córdova, que al igual que sus cómplices y ayudistas se hace llamar machi o comunero sin serlo o comportarse como tal y que ahora exige ser tratado como el buen salvaje que en estado de naturaleza será siempre un inocente movido por pulsiones culturales que no pueden ser evaluadas por la sociedad post moderna y sus instituciones.

Dentro del orfeón de apoyo, no podía faltar el Colegio Médico, gremio que, so capa de defender en este caso un discutible concepto de salud multicultural, se ha erigido en sensor y custodio de la moral y la justicia, invocando erradamente el Convenio 169 de la OIT y otras normas y declaraciones internacionales, que sindica como tratos crueles, inhumanos o degradantes, la eventual alimentación forzada que salva la vida de aquel huelguista que no respeta la ajena. Es decir, una infracción menor para evitar un mal mayor, ya que todo parece indicar que sólo pueden ser víctimas de crueldad e inhumanidad aquellos que asesinaron al matrimonio Luchsinger Mackay, ambos ancianos, aislados en despoblado mientras eran atacados por una hueste cobarde que, sin importar su pertenencia originaria, suprimió su existencia, con el máximo dolor de sus víctimas y sin piedad, correspondiéndoles ahora la clemencia de la justicia, el perdón del estado de derecho.

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