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Publicado el 4 septiembre, 2020

Ricardo Manzi: Territorio Comanche o Arauco abandonado

Abogado, Magister en Derecho Público con mención en Derecho Constitucional Ricardo Manzi

Cómo no pensar en un Territorio Comanche cuando nos llegan tristes noticias de la Araucanía, territorio cuya belleza subyuga y donde las injusticias y abusos del pasado están siendo actualizados amargamente día a día desde hace años por un grupo que no quiere olvidar la humillación y la ofensa, el dolor y la pobreza y el despojo, ¡cómo no!

Ricardo Manzi Abogado, Magister en Derecho Público con mención en Derecho Constitucional
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El escritor español Arturo Pérez–Reverte escribió hace treinta años una novela -llevada al cine- sobre el desastre humano y social de los Balcanes cuando se produjo la secesión de Bosnia–Herzegovina de la Federación Yugoslava; como diría Burleigh, fue una guerra lejana en algún lugar remoto, ruptura no tan distinta a otras muchas vividas en la Turquía europea desde hace siglos en ciclos que se reiteran como las estaciones del año. Sí, ese quiebre no fue precisamente un divorcio de terciopelo, puesto que para los que lo vivieron fue “otra generación perdida en los Balcanes”.

Esta novela teñida de vivencias autobiográficas nos muestra todo el horror de la guerra desde la perspectiva de un reportero y su camarógrafo. No cabe duda que en esa novela Pérez–Reverte profundiza, sustituyendo las impresiones formales del trabajo periodístico, informativo y objetivo para un espectador lejano por la pasión y pulsión del sentimiento; aquí muestra a los hombres que están detrás de la captura del hecho noticioso y de aquellos sufrientes que lo protagonizan con todo el desgarro que los incinera.

El desastre histórico que nos recrea sucede pocos años después de los felices Juegos Olímpicos de invierno del 84, celebrados en esa localidad, tras lo cual Sarajevo bajó a los infiernos de la mano de antagonismos oceánicos que nadie supo o quiso detener. Había ocurrido tantas veces antes, como cuando la mano negra gatilló con Gavrilo Princip la bala supresora del archiduque Francisco Fernando de Austria, atentado que inaugura, en esa ciudad, la primera Gran Guerra Europea del siglo XX, sembrando sus campos de jóvenes mortajas.

Por eso que cuando comencé a escribir esta columna no pude dejar de asociar la belleza escénica de la Araucanía y sus alrededores, a donde amenaza extenderse el conflicto mapuche, con la de los Balcanes y sus concurrencias étnicas en un mismo territorio. Tampoco pude dejar de relacionarlo con la “Zona Cero” de Santiago luego que la asonada de octubre de 2019 condenó a unos ciudadanos inocentes a vivir una pesadilla balcánica, confinados en el barrio que escogieron o consiguieron, cercados por un odio ideológico nunca visto en nuestra patria. Cómo no pensar en un Territorio Comanche cuando nos llegan tristes noticias de la Araucanía, territorio cuya belleza subyuga y donde las injusticias y abusos del pasado están siendo actualizados amargamente día a día desde hace años por un grupo que no quiere olvidar la humillación y la ofensa, el dolor y la pobreza y el despojo, ¡cómo no!

No es fácil el acuerdo con quienes que se niegan a buscar la paz sin haber ejecutado la venganza.

Hace treinta años, los gobiernos de la Concertación desarrollaron en sus programas de gobierno un paquete legislativo y un haz de planes y medidas gubernamentales para atender la postergación y el atraso de la población mapuche de la Araucanía, destinados a mantener la paz social y evitar la extensión de un conflicto incipiente que pequeños grupos mapuche atesoraban como el fuego paleolítico que enciende una conflagración racial en ciernes. Más allá de las buenas intenciones y de la calidad de las acciones de esos gobernantes, el hecho es que transcurridos los años se ha podido comprobar que esas políticas públicas no podían satisfacer a grupos radicales, que nunca han querido el simple progreso económico y social o la integración de personas al margen de sus familias raciales.   

Por su parte, Piñera y su gobierno, habitualmente extraviados -noqueados después de La Asonada -, llaman a la unidad y una paz que no llegará, porque no la quieren los grupúsculos indigenistas dominantes, que armados y tolerados han hecho de esa ideología un catecismo sectario, donde conversión significa silencio, y el que se mueve se purga. Mientras tanto, arde la Araucanía por Malleco hasta Cautín, desde Angol, Ercilla, Contulmo, Lleu–lleu y la Tirúa no es confín, pues no cesa la quema de camiones, maquinaria agrícola, aserraderos, bosques y siembras, casas e instalaciones forestales, recintos de culto: iglesias y capillas; la toma de recintos municipales y la destrucción de su equipamiento, usurpación de propiedades, el robo de animales, madera, la amenaza y agresiones físicas a personas, donde la palabra etcétera es una voz corta para significar la extensa lista no exhaustiva de derechos ciudadanos y humanos vulnerados. Esta realidad desespera a los habitantes de la Araucanía, partiendo por los campesinos chilenos de origen mapuche, que ven que sus vidas están entregadas a la voluntad de los violentos o al azar (como un sismo o una inundación), porque la autoridad estatal no es capaz o no quiere por temor a su oposición dar provisión de orden público ni restablecer el estado de derecho.

Por eso en la toponimia del terror y el abandono, Balcanes significa: Turquía Europea y Sarajevo, Zona Cero de Santiago y, ahora, Araucanía.

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