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Publicado el 28 de abril, 2020

Ricardo Manzi: Acuerdos políticos y ausencia de valores democráticos en la oposición

Abogado, Magister en Derecho Público con mención en Derecho Constitucional Ricardo Manzi

Hemos visto aparecer nuevas generaciones de izquierdistas que no son más que replicantes de aquellos que contribuyeron con afán desde la fiebre ideológica y la fanfarronería de la superioridad moral -igual que ahora- a la destrucción de la democracia de entonces, y que buscan hoy repetir el ciclo, partiendo por deshonrar los acuerdos adquiridos con sus compañeros de ruta, entre otros, sus antiguos adversarios demócrata cristianos.

Ricardo Manzi Abogado, Magister en Derecho Público con mención en Derecho Constitucional

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La Democracia Cristiana acaba de ser víctima, una vez más, de la ausencia de pluralismo de sus aliados políticos en la oposición, si así pudiere llamárselos. ¿Qué es ser aliados políticos entonces?

Uno entiende que en esa condición se encuentran aquellas personas u organizaciones que, sin coincidir en todos los aspectos de sus visiones político–ideológicas, y en ocasiones teniendo profundas diferencias, las postergan trabajando unidos en función de un objetivo político común, como alcanzar el poder Ejecutivo del estado o enfrentar a un adversario que se desea derrotar o impedir que triunfe. De estas uniones, habitualmente transitorias, podemos ejemplificar numerosos casos, recordando que nada podía ser más distante que la antigua Unión Soviética de los Estados Unidos de América y sus primos británicos; a pesar de sus profundas diferencias ideológicas y métodos de acción, juntaron fuerzas para luchar contra la Alemania nazi y su expansión vital en la mayor conflagración bélica del siglo XX.

En Chile, alianzas transitorias y otras más extensas ha habido siempre. Inicialmente felices y rápidamente erosionadas por la nunca fácil cohabitación, terminaron concluyendo, como casi siempre, en rupturas que no podrían ser calificadas como “divorcios de terciopelo”. Las cosas se comienzan a complicar cuando la Democracia Cristiana y su “revolución en libertad” alcanzó el poder el año 1964, como dispositivo político bendecido por la imperial iglesia romana y certificado por el coloso americano y su Alianza para el Progreso que logró transitoriamente evitar el triunfo de “los rojos”, que arremetían catapultados por el impulso fervoroso y emotivo de la revolución cubana en el mundo bifurcado de la Guerra Fría. Contrariamente a las pueriles prospecciones de longevidad del humanismo cristiano, su momento de gloria duró apenas un suspiro, siendo su pensamiento intervenido y su estructura partidaria penetrada y fraccionada, sufriendo sucesivos cismas que la debilitaron, acreciendo sus cuadros jóvenes y comprometidos a una izquierda creciente, fragmentada, heterodoxa e infantil; mal antiguo, vicio actual.

La Unidad Popular concentró bajo esa denominación un haz de partidos y movimientos inmaduros que, borrachos por la caída inminente del capitalismo -que para ellos siempre está en la cornisa-, escribieron el guion de su propia tragedia, transmitiendo una capacidad bélica de la que carecían tanto, que hacía de la jactancia una payasada.

La dura prueba de la dictadura produjo -lo que ahora sabemos que fueron- remisiones transitorias de la pulsión izquierdista por el caos. Las reflexiones y arrepentimientos permitieron la mejor alianza que jamás la izquierda pudo suscribir en Chile -la Concertación-, que juntó en una misma plataforma antiguos enemigos en una convivencia de civilizada camaradería, que concluyó asesinada por sus propios hijos. Éstos no se contentaron con quitarle la vida, sino que añadieron a su crimen la ignominia y el ensañamiento, imputándole todos los males posibles a una sociedad que solo mejoró bajo su mando. Esa productiva alianza política debe ser descartada y olvidada puesto que no pudo resolver todo y con la celeridad necesaria, como le exigen hoy, retrospectivamente, los viejos vinagres nostálgicos del “revival” desquiciado de los 70 y los neojacobinos, que se han erigido en los nuevos custodios de esa populista fe falsa que hace apología de que las cosas, incluyendo las complejas, se resuelven con el solo expediente de la voluntad o “el voluntarismo”, que no es otra cosa que la expresión operativa de la creencia, que una idea por estar inspirada en el bienintencionado deseo de hacer lo correcto, cobra un valor señero al que todos deben subordinarse.

Lo más preocupante de todo esto son aquellas puertas que Chaín no cierra, sino que deja abiertas, como la posibilidad de censurar a la mesa de la Cámara a partir un “principio democrático”, cuando la minoría política alcanza el control de ella.

De este modo, hemos visto aparecer nuevas generaciones de izquierdistas que no son más que replicantes de aquellos que contribuyeron con afán desde la fiebre ideológica y la fanfarronería de la superioridad moral -igual que ahora- a la destrucción de la democracia de entonces, y que buscan hoy repetir el ciclo, partiendo por deshonrar los acuerdos adquiridos con sus compañeros de ruta, entre otros, sus antiguos adversarios demócrata cristianos. Olvidaron que con ellos -entonces fuertes- construyeron los momentos más esplendorosos de su historia política; pero la DC ahora débil, es el mozo de cuerda al que se puede encargar las labores menores, el trapicheo y la menudencia. A estos subordinados se les puede prometer una modesta prebenda que luego se incumple con desdén. Así ocurrió hace unos días en la Cámara de Diputados, donde un “acuerdo administrativo”, como se le denomina, permitía que el diputado Gabriel Silber subiera a la testera a ocupar la presidencia de esa corporación, compromiso que se vio nuevamente frustrado por la maquinación de sectores de esa izquierda loteada y caótica, cuya cerril feligresía no deja pasar a aquellos que no bailan al son de sus designios; Silber, la bala de plata de la DC, algunas rebeldías había manifestado al votar proyectos del gobierno de derecha, desacato que se enmienda con la negación de la prebenda. Así ocurrió.

Lo inaceptable es que, si producto de una mala ingeniería electoral, o de las cuentas por cobrar que existan entre socios o aliados, son derrotados por sus adversarios, el legítimo triunfo democrático alcanzado por éstos amerita su enmienda mediante una nueva votación, simplemente porque ellos son mayoría.

Ante esto, el presidente de la DC, Fuad Chaín, salió al paso y señaló que a los jóvenes del Frente Amplio les atrae darse gustos o “gustitos”, como calificó esa dolosa incuria. Añadió que estos muchachos “son como niños que rompen un juguete y al día siguiente quieren que les compren otro”. En efecto, algunos de ellos postularon la indecente idea de hacer caer la nueva mesa de la corporación, esta vez presidida por la derecha, mediante el expediente de la censura, esto es, un dispositivo de remoción sancionatoria, que permite deponer una directiva cuando ha incurrido en graves infracciones al estatuto que los rige. Esta propuesta giraba en las cabezas, cuando la nueva directiva aún no asumía su mandato. La madurez de esa fórmula para deshacer el entuerto nos habla mal del concepto de democracia que anida en los espíritus de estas huestes “impolutas”, como algunos los han calificado con demasiada indulgencia; otros del mismo ruedo, haciendo alusión a la insania mental de algunos de sus miembros, los llaman “Los locos Adams” y no falta quién los asocia a los “Hermanos Macana”, paleo-trogloditas que dialogan a punta de mazazos, algo así como la “Doctrina Monroe” sin zanahoria.

Bien, pero todo este relato que refiere las miserias y esplendores de las políticas asociativas, consociativas o alianzas de ocasión, requiere que sus miembros honren, a lo menos, un acotado objeto o proyecto, mientras se cumpla la finalidad que los reúne. En el presente caso, todos los parlamentarios involucrados son opositores radicales al gobierno en ejercicio, al punto de negarse a considerar siquiera la posibilidad de dialogar sobre las materias que se someten a su conocimiento, sin que de ello se siga que deban votar en bloque y sin matices todos los puntos que componen las propuestas legislativas gubernamentales. La apertura a la negociación y a la matización de las ideas contenidas en los proyectos de ley sometidos a su consideración es de la esencia de esta actividad, pero contraria a la comprensión política del ala calvinista de este conglomerado opositor, que niega la autonomía -que declina ante la homogeneidad- para quienes es bueno para la sociedad y sus representados, aquellos designios fijados por las supuestas buenas ideas establecidas en las verdades reveladas que ellos detentan. Todo dentro del universo afectivo de los neojacobinos, nada fuera de él. Por distanciarse de ese rígido corsé, se castigó a Silber.

Lo más preocupante de todo esto son aquellas puertas que Chaín no cierra, sino que deja abiertas, como la posibilidad de censurar a la mesa de la Cámara a partir un “principio democrático”, cuando la minoría política alcanza el control de ella. Consultado por la prensa sobre lo mismo dice: “Hay un principio democrático detrás. Evidentemente a nosotros no nos representa la actual mesa, y me parece que la censura es algo que no se puede descartar, pero que hay que presentarla en la oportunidad que corresponda”. Chaín, centra su alegato en la responsabilidad de quienes hicieron posible este desastre, pero en todo momento justifica la censura de la mesa por una razón mayoritaria; no se juega por su aplicación ahora porque aparece como impresentable luego de la derrota auto inferida.

Lo inaceptable es que si producto de una mala ingeniería electoral, o de las cuentas por cobrar que existan entre socios o aliados, son derrotados por sus adversarios, el legítimo triunfo democrático alcanzado por éstos amerita su enmienda mediante una nueva votación, simplemente porque ellos son mayoría. La forma en que Chaín expresa estas ideas relevantes hace temer por la verdadera adscripción a los valores democráticos de los sectores algo moderados de la oposición, porque los otros definitivamente ya no la tienen.

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