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Publicado el 25 de julio, 2020

Ricardo Leiva: El naufragio de la revolución silenciosa

El sistema de AFP ha sido desprestigiado, tergiversado y basureado durante ya demasiados años, sin que nadie lo defienda con el estusiasmo que mostró a fines de los ochenta el autor de la Revolución Silenciosa, Joaquín Lavín Infante.

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En 1987, cuando ya le quedaba poco al régimen militar de Augusto Pinochet, un economista poco conocido de la Universidad Católica y con un máster nada menos que de la Universidad de Chicago escribió un libro que causó un impacto profundo y duradero: “Chile, Revolución Silenciosa”, obra que terminaría convirtiéndose en el texto sagrado del modelo económico y social que, moderadamente reformado durante los primeros años de la democracia, imperaría en Chile durante más de tres décadas. Se llamaba Joaquín Lavín Infante.

Fue tal el impacto de la obra de Lavín que, cuando ya quedaban pocos meses para que se celebrara el decisivo plebiscito de 1988, el ya influyente sociólogo del PPD Eugenio Tironi tuvo que sacar un libro de respuesta, con el solo propósito de contrarrestar la poderosa defensa del modelo liberal impulsada con tanta energía por el joven economista la PUC. El libro de Tironi se titularía “Chile: Los Silencios de la Revolución”, y ya en su prólogo declaraba explícitamente: “El economista Joaquín Lavín publicó el libro ‘La Revolución Silenciosa’, que logró una altísima aceptación y notable éxito de ventas… De aquí nació la idea de mostrar ‘la otra cara de la modernización’, aquella cara dura e ingrata que no aparece en el libro de Lavín”.

El exitoso modelo económico y social chileno contaba entonces con poderosos defensores y obligaba a la izquierda democrática a contraatacar con todo lo que podía si no quería perder el plebiscito. En temas cruciales, el marco del debate público o framing era impuesto por El Mercurio y la centro derecha, como lo confirma el propio libro de Tironi: “Estando por la modernización, nos parece elemental que ella alcance a todos los habitantes del país”.

Con una abundancia de datos abrumadora y un estilo de redacción claro y entretenido, que exudaba un contagioso entusiasmo, Lavín defendía con todo el sistema privado de pensiones: “Alrededor de 3 millones de chilenos optaron por confiar sus ahorros previsionales a alguna de las más de diez Administradoras de Fondos de Pensiones existentes hoy… La acumulación de dinero en las cuentas previsionales, con su correspondiente ganancia de intereses, transformará en pocos años más a los fondos depositados en las AFP en la principal riqueza de propiedad de un trabajador, sobrepasando, en la mayoría de los casos, el valor de todas sus otras pertenencias”.

Como es fácil comprobar buscando en las hemerotecas, las alabanzas en favor de las AFP no solo se reproducían en Chile. Uno de sus tantos admiradores fue el reconocido profesor de Stanford Niall Ferguson, quien en uno de sus libros escribió: “Un signo del éxito de Chile es el hecho de que las reformas llevadas a cabo en las pensiones del país han sido imitadas en todo el continente, y, de hecho, en todo el mundo”. Ferguson llegó a conducir y producir un documental de ocho horas (“The Ascent of Money”) que se pasó por el canal de televisión norteamericano PBS, que dedicaba extensos minutos a promover la modernización económica chilena diseñada por Friedman y los Chicago Boys, y perfeccionada por los economistas de la Concertación. Aunque fueron los años más prósperos de la historia económica chilena, sabemos, sin embargo, que el sistema cargaba con un pecado original imperdonable: llevaba la firma de Pinochet.

Como Lavín ha cambiado ahora su opinión respecto de las AFP, junto a un puñado de políticos y parlamentarios de centro derecha acaban de darle al sistema de pensiones una estocada mortal. Se suman así al 70% de los chilenos que, según Cadem, se oponen a las administradoras privadas de fondos de jubilación. Lo penoso es que esos mismos estudios de opinión demuestran que la mayoría de la gente no sabe cómo funciona el sistema de AFP, algo que tampoco saben muchos diputados, como quedó de manifiesto en el reciente debate parlamentario: casi la mitad de los encuestados cree que los fondos de pensiones pertenecen a las empresas administradoras y no a los depositantes, según el estudio de Cadem.

El sistema de AFP ha sido desprestigiado, tergiversado y basureado durante ya demasiados años, sin que nadie lo defienda con el estusiasmo que mostró a fines de los ochenta el autor de la Revolución Silenciosa. Es un sistema imperfecto, por supuesto, como también lo es el español de reparto, que necesita una reforma con urgencia si no quiere quebrar dentro de poco, pero fue abandonado a su suerte hace ya mucho tiempo por los mismos que lo promovían con tanto entusiasmo. Han callado quienes debían cuidarlo, legitimarlo y mejorarlo, y le entregaron el marco de la discusión a la izquierda para que destruyera, primero simbólicamente y ahora con una nueva ley, una de los cimientos de la revolución económica que modernizó Chile y sacó de la pobreza a un tercio de compatriotas durante los primeros años de la consolidación democrática. Faltaron más voces como las del persuasivo y joven economista Joaquín Lavín.

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