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Publicado el 27 de diciembre, 2016

Ricardo Lagos y el fin de la jaula indígena

¿Algún político dirá que el conflicto es más profundo que la marginalidad social? Por supuesto que no, al menos no un candidato que está muy atrás en las encuestas.
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Hace unos días el precandidato Ricardo Lagos hizo un llamado a construir un “nuevo pacto con los pueblos originarios”, señalando que es posible “un desarrollo regional sostenible, armónico y en paz”. Para Lagos el problema de La Araucanía no es territorial ni político, sino que una cuestión de marginalidad social: “Aún tenemos una gran deuda con los pueblos originarios. Los índices de pobreza, desempleo y falta de oportunidades que los afectan estimulan la falta de cohesión social, la desconfianza entre las comunidades y el Estado, y los estallidos de violencia”.

La pobreza y la marginalidad social son problemas del mundo, de chilenos y mapuches por igual. El meollo del conflicto es otro, tiene que ver con disputas territoriales y con una falla en nuestro contrato social chileno-mapuche.

Irónicamente, para Lagos la solución sería política –y el fin socioeconómico-, y se lograría a través de tres cosas: primero, el reconocimiento constitucional de “la existencia y los derechos de los pueblos indígenas”, cosa que iría de la mano con un Ministerio y un Consejo Nacional de Pueblos Indígenas; segundo, señala que “hoy en día no tenemos ningún parlamentario mapuche en el Congreso”, y para revertirlo propone escaños reservados de acuerdo a un padrón electoral propio; por último, propone “impulsar políticas públicas con enfoque en derechos sociales y pertinencia cultural, que hagan transversal el tema indígena en todas las decisiones del Estado”.

Las propuestas del precandidato Lagos son el arquetipo perfecto de lo que no hay que hacer en materia indígena, ya que solo profundizaran la actual “planificación central indígena”. El problema es la incapacidad de los pueblos indígenas para elegir y ejercer libremente su desarrollo económico, político, social y cultural; Lagos busca invisibilizar a plena vista a los pueblos indígenas y sus demandas subsumiéndolos entre lo marginal y lo terrorista, sin que puedan elegir libremente su destino.

¿Cree usted que algún político dirá que el conflicto es más profundo que la marginalidad social? Por supuesto que no, al menos no un candidato que está muy atrás en las encuestas, ya que es mucho más rentable hablar de pobreza y de subsidios sociales para ganar votos. Sin ir más lejos, hace poco más de un año el ex intendente de la Araucanía, Andrés Jouannet decía lo mismo: “Tenemos un tema de fondo, la pobreza, eso es lo que nosotros tenemos que resolver, eso es lo que nos pide la Presidenta”. Bachelet terminará su mandato sin cumplir ninguna de sus promesas indígenas para los primeros 100 días de Gobierno, pero podrá decir que aumentó en un 42% el presupuesto de la región.

Debemos dejar de mirar el conflicto como una cuestión de marginalidad social o de seguridad. Hay verdades que pocos se atreven a confesar y una de ellas es que el Estado ha fracasado en La Araucanía, las políticas asistencialistas en donde el Estado decide por los indígenas han tenido por resultado desafectación, atomización y clientelismo político, además de dependencia económica y el surgimiento de la violencia contemporánea.

No va a ser fácil ni popular retomar el camino de la paz. Existe toda una generación de niños mapuches y chilenos que han crecido en la lógica del conflicto, viviendo violentos allanamientos y atentados incendiarios. Existe una casta de los mismos parlamentarios que en décadas no han hecho nada y una sucesión de gobiernos que no han respetado acuerdos previos. Implicará reconocer las atrocidades de nuestro pasado, condenar con fuerza la violencia y comenzar un proceso de diálogo de largo aliento, horizontal, de buena fe, que nos permita construir un país donde todos puedan convivir.

Se trata de construir un Chile intercultural en donde no se niegue la diversidad y, por el contario, ésta se convierta en la principal virtud de nuestro país. El camino es largo y pedregoso, pero es el único posible en una república que se dice democrática.

 

Venancio Coñuepan, director ejecutivo Fundación Chile Intercultural

 

 

FOTO: DAVID CORTES SEREY/AGENCIAUNO.

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