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Publicado el 11 de noviembre, 2019

Ricardo González Middleton: Berlin, Santiago y el silencio de cierta izquierda

Cientista Político U. de Bologna y U. de Chile Ricardo González Middleton

¿Han estudiado, estudian, las izquierdas chilenas los regímenes existentes hoy en China y Vietnam? ¿Les interesa alcanzar un conocimiento sobre este tema para tratar de comprender qué pasó, por qué pasó y, por lo tanto, qué deberíamos hacer, qué deberíamos aprender? ¿Queda aún en el mundo real de hoy alguna experiencia concreta susceptible de ser señalada como modelo -sin ambigüedades- por las izquierdas intransigentes del 2019?

Ricardo González Middleton Cientista Político U. de Bologna y U. de Chile
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El trigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín este 9 de noviembre, uno de los eventos más simbólicamente relevantes del siglo pasado, se ha convertido ya en una más de las cuentas del rosario de silencios que los grupos dirigentes de la izquierda intransigente han ido coleccionando en Chile. Habría sido digno de encomio que en ese sector -PC, Frente Amplio y parte del PS- se hubiesen realizado seminarios, encuentros y debates destinados a reflexionar colectivamente y con la perspectiva del tiempo transcurrido para verificar lo hecho y, sobre todo, lo no hecho desde esos días históricos de Berlín. Pero esas élites –lo piensan los chilenos y lo dicen las cifras­– creen contar con un derecho adquirido para continuar formulando realidades virtuales mediante omisión, sin contar con que el poder termina por descubrir que no hay plazo que no se cumpla cuando ya es demasiado tarde y a veces al improviso. Tal como en el caso de la caída de aquel muro.

En efecto, de los citados silencios existe ya una larga lista, que en el caso del PS incluso podría comenzar con la antigua política de alianzas del Frente de Trabajadores, muchos años después lanzada como eslogan por el MIR y, en tiempos más recientes -en el ámbito del Frente Amplio- por Revolución Democrática. Esa política representa el elogio del espléndido camino propio únicamente “de la clase”, pero, en realidad, no es más que la propuesta de sectores convencidos de que lo deseable es ser pocos pero buenos, más aún, los mejores sin discusión.

Casualmente presente en Berlín en aquellos días de noviembre de treinta años atrás, tuve conciencia de que los allí estábamos éramos testigos de un evento símbolo del siglo. Habiendo visitado varias veces Alemania Oriental, yo sabía que la vida más llevadera de todo el bloque soviético era la de esos alemanes. Pero los chilenos allí residentes también nos relataban hechos tales como que, fuera de Berlín, a lo largo del límite entre ambos Estados, los ciudadanos alemanes orientales tenían una frontera previa a aquella real: su libertad de tránsito terminaba cinco kilómetros antes de llegar a aquellas barreras temibles que dividían a ambos Estados. Y a pesar del discreto y relativo bienestar de esa llamada República Democrática Alemana, bienestar que ya estaba llegando a su fin -en una situación de progresiva crisis económica estructural-, existía un magnético y avasallante soft power de Alemania Occidental, que al oriente del muro se traducía en callada ansia y sentimiento de encierro. Nos comentaban que en las bibliotecas de Leipzig y Dresde los libros sobre viajes tenían gran demanda. Sobre aquellos viajes que esos ciudadanos no podían realizar. También supimos que, después de algunos años, buena parte de los exiliados chilenos que llegaron a Alemania Oriental ya habían partido de vuelta al mundo occidental. Incluido el mismo Carlos Altamirano O., de la manera y por los motivos que dejó detallados en sus memorias.

Fue la destrucción del muro de Berlín la que mostró al mundo que aquel modelo conducía a la nada y, en efecto, hoy deberíamos estar actualizando nuestra mirada a la luz de las experiencias sucesivamente vistas y vividas.

Ahora bien y más allá de Berlín, volviendo a los mencionados silencios actuales, ¿cuáles fueron los modelos proclamados por los socialistas chilenos en el pasado? La Yugoslavia de la autogestión, Cuba, Vietnam, Nicaragua y más recientemente Venezuela, país hoy gobernado por un Partido Socialista Unido. ¿Nada nos dice tampoco este último hecho? ¿Nada habría que explicar y comprender en profundidad?

¿Han estudiado, estudian, las izquierdas chilenas los regímenes existentes hoy en China y Vietnam? ¿Les interesa alcanzar un conocimiento sobre este tema para tratar de comprender qué pasó, por qué pasó y, por lo tanto, qué deberíamos hacer, qué deberíamos aprender? ¿Queda aún en el mundo real de hoy alguna experiencia concreta susceptible de ser señalada como modelo -sin ambigüedades- por las izquierdas intransigentes del 2019?

Después de 1989 y poco antes del desplome de la URSS, en agosto de 1990, Manuel Antonio Garretón escribía que, a su juicio, los regímenes del bloque soviético no podían ser llamados socialistas o debían ser considerados como experiencias perversas de socialismo. A la luz de los enormes costos humanos provocados y los resultados obtenidos, este mismo autor agregaba que no le parecía “que la revolución sea un modelo a enarbolar como vía ideal para alcanzar el socialismo”, evaluándola como causante de una forma alienada o fanatizada de concebir la existencia humana. Ignoro si Garretón confirmaría hoy sus juicios de ese entonces pero una mirada al mundo de hoy indicaría que siguen manteniendo plena vigencia.

La reacción estereotipada de muchos es: “condenamos la violencia, pero…”

Fue la destrucción del muro de Berlín la que mostró al mundo que aquel modelo conducía a la nada y, en efecto, hoy deberíamos estar actualizando nuestra mirada a la luz de las experiencias sucesivamente vistas y vividas. Ello no está sucediendo y se está confirmando la vocación de silencio de quienes se acostumbraron a lo fácil. Hoy en el PS hay propuestas cupulares de retorno al materialismo histórico y al anticapitalismo sin apellidos. Desde luego, termina siendo casi jocoso el hecho de que los dirigentes recuerden proclamarse anticapitalistas solo cuando pierden las elecciones.

Pero quizás el principal tema en torno al cual los silencios demuestran una fragilidad de la cultura democrática de aquel sector de la izquierda que va a tumbos por la vida -sin ideas que no sean divagaciones-, se refiere a la práctica de la violencia en estos días en Chile. Recordemos que un concepto basilar para toda democracia es el monopolio del uso de la fuerza por parte del Estado, tal como sucede en Gran Bretaña, Francia, Alemania y, obviamente, con mayor energía aún en regímenes autoritarios tales como Cuba, China, Vietnam (más aún, nadie se atrevería siquiera a romper algo en las ciudades y calles de estos últimos). Elemental es que nada puede justificar que las personas se hagan justicia por su propia mano o practiquen la ley de la selva y, a este respecto, cabe constatar hoy en Chile inconsistencias muy graves para la convivencia civilizada.

El mutismo se refiere a aquella violencia practicada desde hace años por un grupo minúsculo y de modo sistemático en la Araucanía, a esa otra violencia practicada en colegios y liceos por parte de grupos estructurados y a aquella masiva de encapuchados hoy en las calles de medio Chile. La reacción estereotipada de muchos es: “condenamos la violencia, pero…” Para luego achacar también muertes provocadas por incendiarios y saqueadores a la acción de las fuerzas represoras de un Estado de Policía torturador, que sería, según algunas versiones, el carácter actual del Estado de Chile.

¿Cómo es posible que muchos estén haciendo política hoy desde las pasiones, la fiebre del momento y no desde el discernimiento racional? Es una pregunta que ha planteado en estos días Javiera Parada refiriéndose a sus ex compañeros de militancia.

Podrán o no llamarse partidos socialdemocráticos –los nombres no son decisivos– pero la experiencia de ese muro caído en 1989 indica que las únicas fuerzas políticas de izquierda capaces de proponer proyectos viables son aquellas que buscan la ampliación de los espacios del diálogo y de los acuerdos mayoritarios para obtener cambios a favor de quienes los están necesitando y también exigiendo.

En efecto, trincheras y barricadas de la intransigencia, sumadas al menosprecio manifestado de hecho por la democracia, representan una receta que termina llevando a construir solo cortinas de hierro y muros históricamente efímeros.

*El autor es militante del Partido Socialista de Chile. 

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