Dice Sun Tzu en “El Arte de la Guerra”, escrito antes de nuestra era: “La impetuosidad de las aguas torrenciales es la que hace arrastrar las piedras”.

En Chile no ha triunfado ninguna revolución como lo han dicho algunos analistas. Aunque sí se ha intentado, de eso no hay ninguna duda. Lo doloroso es que esos intentos estuvieron muy lejos de ser por la vía de las empanadas y el vino tinto, como Allende, sino que por la vía más violenta, visceral e insurrecta que se podía esperar, y que derivó en la intentona refundacional materializada en la convención constitucional.

De todos los análisis surgidos desde el domingo falta aún la conclusión final, capaz de desnudar nuestra realidad: que este no es un país izquierdizado; que Chile sí valora sus últimos 32 años y, por último, que en verdad las nuevas generaciones no llegaron a arreglar nada sino más bien todo lo contrario. 

La verdad sea dicha, en los últimos años hemos sido víctimas de falsedades y consignas añejas provenientes de jóvenes acomodados, fans de Silvio y los Quila, pero que se aprovecharon del movimiento pingüino de 2006 para imponer una realidad a medias. 

Ya no es un secreto ni un sacrilegio decirlo: la insurrección octubrista no fue ejecutada desde las entrañas del pueblo y no fue el hastío frente a las injusticias sociales lo que la provocó. Aquí el objetivo era el derrocamiento de un Gobierno legalmente constituido, con lo que se pretendió también horadar la institucionalidad para hacerse del poder total. Así de simple, porque esta experiencia la tiene de sobra el movimiento comunista internacional.

Ya lo dijo el Proyecto Cambio Democrático a fines de 2019, que lo desatado era un intento de golpe al Estado y que lo único que correspondía a los realmente demócratas era condenar la violencia y restablecer el Estado de Derecho.

Es más, la alianza en el frente insurreccional la constituyeron comunistas, anarquistas, frenteamplistas duros, que usaron sin vergüenza a barristas, delincuentes y toda aquella minoría necesitada de expresar violentamente sus odios, concertados en la otrora “heroica” primera línea. 

Cómplices pasivos fueron la oposición parlamentaria al Gobierno y las directivas partidarias de la centroizquierda que callaron y no hicieron nada, ni siquiera por defender la propia obra de sus gobiernos. 

Hoy quizás, esos mismos autores de la sedición comparten responsabilidades de Estado con una parte importante de los que estuvieron por la destrucción de la democracia chilena. Y con ello no se apunta solamente al PC y a sus aliados directos en la revuelta, porque estuvieron también los que azuzaron directa o indirectamente la insurrección, enfrentando para la TV a las FF.AA. y Carabineros, más allá de la prefabricación de funas falsas. Otros actores, como el Ministerio Público, activistas en el Poder Judicial o en la Contraloría, son también parte de esta trama.

No se puede olvidar tampoco a los otros actores relevantes en este tinglado: la prensa parcial y los canales de televisión con su farándula politizada, organizaciones católicas disputando audiencias con el extremismo, colegios profesionales devenidos en referentes políticos, como los casos extremos del Colegio de Profesores, el Colegio Médico o el Colegio de Periodistas. Es de esperar que en ellos haya una reflexión al menos, o quizás sea mucho pedir, una autocrítica.

Hoy, la derrota infringida por el ‘Pueblo’ en las urnas a las izquierdas en Chile es de categoría mundial. Ello porque no solo se derrotó al “octubrismo” en Chile, sino que les golpea en todo el mundo occidental pese a que se jugaron el todo de manera grotesca pero sin advertir que trasuntaban una visión totalitaria que los chilenos pudimos advertir a tiempo.

*Darío Contador, analista político

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