El carácter republicano chileno –de las instituciones, de los actos públicos, de las autoridades– representa una larga tradición de dos siglos. Se ha ido desarrollando y consolidando a través del tiempo, mediante costumbres, normativas legales y el ejercicio de prácticas políticas que hoy forman parte de una historia que, con éxitos y fracasos, en general representan un legítimo orgullo en la sociedad y en la clase política.

En la conformación de esta tradición republicana han participado diversas instituciones, como la Presidencia de la República, el Congreso Nacional y el Poder Judicial; también los partidos políticos y la Iglesia Católica; las Fuerzas Armadas y los funcionarios públicos.

Como es posible comprender, en estos también ha habido retrocesos y deserciones, problemas y momentos de mayor tensión, horas de orgullo y otras de lamentos. En una historia tan larga como compleja parece evidente que hay mezclas de triunfos y fracasos, pero en general podemos observar algunos momentos claves en los cuales el espíritu republicano se expresa en toda su dimensión.

Así ocurre habitualmente, por ejemplo, con las elecciones presidenciales, que tienen participación popular, un triunfador reconocido, un candidato derrotado que felicita a quien ganó los comicios y resultados que se conocen pocas horas después de cerradas las urnas. El cambio de mando también es un escenario propicio para registrar esta realidad, incluso con un valor doble cuando quien entrega la Presidencia es de convicciones contradictorias con quien recibe el gobierno.

Desde el 18 de octubre de 2019 Chile vive un proceso revolucionario que, progresivamente, ha manifestado una doble negación. Por una parte, contra los 30 años de la historia reciente del país; por otra parte –en una mirada de más largo plazo– a toda la historia nacional, tanto la de la república como aquella vivida bajo la monarquía. La expresión más clara de esta forma de ver las cosas ha estado presente dentro de la Convención Constitucional, desde su instalación en adelante, y ha tenido diversos hitos que manifiestan un sello refundacional, una crítica lapidaria al pasado y una sensación de que la historia de verdad comienza desde ahora.

Lo manifestó muy claramente Elisa Loncón al asumir la presidencia de la Convención, el pasado 4 de julio de 2021, cuando recién comenzaban las actividades del órgano. Sus palabras –emotivas, simbólicas e históricas– estuvieron también marcadas por el sello de la transformación, en un momento de grandes expectativas: “Es posible refundar este Chile, establecer una nueva relación entre el pueblo Mapuche, las naciones originarias y todas las naciones que conforman este país”. En otra parte aseguró: “Todos juntos vamos a refundar este Chile”. En alguna medida, la nueva carta fundamental propuesta por la Convención tiene ese sello.

En esa línea se inscriben también las declaraciones del abogado constituyente Jaime Bassa –que fue vicepresidente de la Convención–, cuando declaró: “Las tres grandes constituciones que ha tenido el país no solamente han surgido de contextos no democráticos, sino que además pueden ser considerados como fracasados”.

Por cierto, dicha afirmación es parte de la libertad académica y política, pero muestra en principio dos convicciones muy afincadas en la actual clase dirigente, en los constituyentes y en parte del Ejecutivo: a partir de hoy Chile tendrá una primera constitución democrática, llamada a dar vida a una sociedad mejor, muy distinta a lo que ha heredado en dos siglos de república.

Me parece que en esa misma dirección puede anotarse el espectáculo que ha dado la Convención esta última semana, en relación a la (no) invitación a los expresidentes de la República, para que asistan a la sesión de clausura del próximo 4 de julio.

El tema debe analizarse en dos planos. El primero se refiere al sentido de la revolución de octubre de 2019 y su repetido eslogan: “No son 30 pesos, son 30 años”. De esta manera, debemos entender la “revuelta popular” como una negación de la historia reciente y a la nueva carta fundamental como una forma de dar cierre a esta historia ominosa de abusos, desigualdad y fracasos. El segundo es, precisamente, la falta de espíritu republicano y el sello refundacional que han animado los trabajos de la Convención. En esa línea se inscribe la eliminación del Poder Judicial y del Senado, así como la creación de numerosos órganos, siguiendo la línea refundacional de la mayoría del órgano. Asimismo, la falta de consideración hacia las autoridades más importantes de la República, por razones de política partidista o diferencias ciertamente menores que la relevancia de las instituciones nacionales de larga data.

La conocida carta del presidente Ricardo Lagos (2000-2006), enviada el jueves 16 de junio a la Convención, es una manifestación del enfrentamiento entre la refundación y la tradición republicana. Es una carta sencilla, clara y que reitera la colaboración prestada por el exgobernante al órgano redactor de la nueva carta fundamental. Ante las contradicciones y falta de tino manifestados por los convencionales, Lagos decidió “no participar en la Ceremonia de Clausura donde se entregará el texto final”, optando por “dejar mi lugar a otra persona que lo requiera más”. Las reacciones inmediatas –en forma mayoritaria– destacaron la actitud del primer Presidente de Chile del siglo XXI, en tanto se multiplicaron las críticas a la Convención y su mesa, precisamente por su falta de sentido republicano.

Es verdad que la trayectoria de un dirigente político y de un gobernante forma parte del debate, y pueden encontrar tanto apoyos como detractores. Sin embargo, deben analizarse con rigor y madurez, sin la simplicidad que conduce al error ni el fanatismo que destruye la posibilidad de comprensión.

Hace algunos años Ricardo Lagos reivindicó su labor en la historia, ante lo cual la actual ministra vocera de gobierno sostuvo: “Aquel señor en ese entonces que apuntaba con el dedo al dictador agachó el moño, agachó la cabeza, ante los grupos empresariales”. Quizá el “ninguneo” del presidente Gabriel Boric hacia Lagos, en su discurso del 1 de junio, se ubique en esta misma comprensión histórica, aunque requiere un análisis más completo. En una hora psicológica de la vida política nacional, el expresidente Lagos ha mostrado ciertamente más grandeza y espíritu republicano que sus ocasionales detractores. Es de esperar que la lección tenga trascendencia y resultados en el modo de hacer política en Chile.

El futuro sigue abierto. No sabemos todavía qué quedará de la revolución, de la refundación y de la tradición republicana chilena. Lo que sí resulta claro a esta altura es que hay estilos que pugnan –lo cual no tiene que ver con izquierdas y derechas–, historias cruzadas y procesos que requieren una segunda vuelta intelectual. Después de todo, esta aceleración del tiempo histórico que ha vivido Chile en los últimos años ha dejado tal vez poco espacio para la reflexión y demasiado para la descalificación.

Alejandro San Francisco, Académico Universidad San Sebastián y Universidad Católica de Chile. Director de Formación del Instituto Res Pública.

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