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Publicado el 12 de noviembre, 2018

[Reseñas de libros] El mundo feliz de Yuval Noah Harari

Con su tercer libro, «21 lecciones para el siglo XXI», el historiador israelí superventas que cautivó al mundo con «Sapiens» y «Homo Deus» anticipa un futuro tan lúgubre y deshumanizado como el que presentó el autor inglés Aldous Huxley.

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21 lecciones para el siglo XXI. Editorial Debate. 2018. 400 páginas.

 

“En un mundo inundado de información irrelevante, la claridad es poder”. Así arranca el tercer y último libro del famosísimo historiador israelí —y best seller mundial— Yuval Noah Harari, quien se ha caracterizado por explicar claramente procesos políticos, sociales y culturales evitando la verborrea y las pautas academicistas. Con ello ha conseguido seducir a millones de lectores de todo el planeta. Sus dos primeros libros —Sapiens: de animales a dioses y Homo Deus: Una breve historia del mañana— se han traducido a más de 30 idiomas, concitando la clamorosa admiración de legos, críticos y especialistas.

Con su tercera obra, 21 lecciones para el siglo XXI, Harari compila artículos y reflexiones sobre una veintena de temas candentes frente a los cuales muchos políticos y gobernantes sencillamente no saben qué hacer, como el terrorismo, la ecología, la post-verdad, la inmigración, la decadencia de la democracia y la religión, y el auge del nacionalismo, entre muchos otros.

 

A lo largo de estas páginas, Harari despliega una agudeza incomparable y digna de imitar por los mejores publicistas, para ir dejando incontables “citas citables”: “Los humanos pensamos más en relatos que en hechos, números o ecuaciones, y cuanto más sencillo es el relato, mejor”; “los humanos siempre han sido mucho más duchos en inventar herramientas que en usarlas sabiamente”, o “la estupidez humana es una de las fuerzas más importantes de la historia, pero a veces tendemos a pasarla por alto”.

 

Uno de los mayores méritos de este autor de 42 años que enseña en la Universidad Hebrea de Jerusalén y que se doctoró en Oxford, es su extraordinaria habilidad para dar estructura y sentido a hitos y procesos complejos aparentemente desordenados. Véase este ejemplo: “En 1938 a los humanos se les ofrecían tres relatos globales entre los que elegir, en 1968 solo dos y en 1998 parecía que se imponía un único relato; en 2018 hemos bajado a cero”. Con qué envidiable facilidad Harari sintetiza así las luchas ideológicas que convulsionaron el planeta en los últimos 80 años. Y es precisamente por esa claridad y ese cúmulo enciclopédico de datos y conocimientos de todas las áreas que Harari se ha convertido en una de las mayores celebridades intelectuales, lo que le permite dictar conferencias en todo el mundo, debatir en público con actrices como Natalie Portman y ser entrevistado por los periodistas más influyentes del planeta, como el rostro de CNN Christiane Amanpour.

 

Tres grandes pesadillas

Siguiendo el afán clarificador y sintetizador de Harari, vale la pena centrarse en tres grandes desafíos que afronta la humanidad en este devenir histórico acelerado y que, unidos al reto tecnológico, de no ser afrontados correctamente podrían llevar al homo sapiens a desaparecer en poco tiempo, al menos como lo conocemos actualmente. Ellos son: a) cómo afectarán la imparable automatización y la inteligencia artificial a millones de trabajadores y profesionales que en unas pocas décadas nos volveremos simple y llanamente objetos desechables, b) cómo la unión de las revoluciones biotecnológica y la infotecnológica llevará a la manipulación masiva de las emociones y los pensamientos, permitiendo a gobiernos y empresas alterar el sistema operativo de las personas,  y c) cómo sortearemos la debacle ecológica que parece imparable e inminente, y frente a la cual no basta con respuestas nacionales sino con acuerdos y acciones globales que parecen cada vez más difíciles de alcanzar.

 

Ahora la inteligencia artificial cuenta con dos capacidades que  nunca podremos igualar: la conectividad integral y la actualización instantánea de datos, información y conocimientos.

 

Sobre la acelerada disrupción de la inteligencia artificial y la automatización y su impacto en el mercado laboral, Harari es categórico: dentro de una o dos décadas, miles de millones de personas se volverán “innecesarias” desde el punto de vista económico. ¿Por qué pasará aquello? Porque los humanos hemos perdido nuestras ventajas competitivas: si en el pasado las máquinas vencían a los humanos solamente por su capacidad física y su fuerza bruta, mientras nosotros las derrotábamos con nuestro intelecto, ahora la inteligencia artificial cuenta con dos capacidades que  nunca podremos igualar: la conectividad integral y la actualización instantánea de datos, información y conocimientos.

 

A diferencia de los humanos, a quienes nos resulta muy difícil conectarnos con nuestros pares para mantenernos permanentemente actualizados, a los computadores les resulta sencillo integrarse en una única red flexible que se perfecciona automáticamente. Y esas dos ventajas —la conectividad y la capacidad de actualización— son tan enormes que “al menos en algunas profesiones podría tener sentido sustituir a todos los humanos por ordenadores, aunque de forma individual algunos humanos todavía hagan una tarea mejor que las máquinas”.

 

Profesiones aparentemente tan especializadas y prestigiosas como la medicina, por ejemplo, se verán severamente afectadas por la inteligencia artificial. Gracias a la información almacenada en bases de datos, algoritmos de aprendizaje y sensores biométricos que portarán las personas, podremos saber con certeza qué dolencia o enfermedad está sufriendo cada uno, recibiendo sin demora la prescripción correspondiente, sin confundirse ni equivocarse con relatos personales imprecisos: “creo que me duele por aquí cuando doblo el codo… aunque no estoy muy seguro… podría ser por este otro lado”.

 

En apenas tres décadas más no solo la idea de “un trabajo para toda la vida” será una reliquia. También lo será la noción de que tenemos “una profesión para toda la vida”. Y como no todas las personas serán capaces de adaptarse y reinventarse con la habilidad de las máquinas en el sofisticadísimo mercado laboral del 2050, “podríamos tener lo peor de ambos mundos, y padecer a la vez unas tasas de desempleo elevadas y escasez de mano de obra especializada. Muchas personas no compartirían el destino de los conductores de carros del siglo XIX, que pasaron a conducir taxis, sino el de los caballos del siglo XIX, a los que se apartó poco a poco del mercado laboral hasta que desaparecieron de él por completo”.

 

El gran hermano manipulador

Es tan tajante el temor que genera Harari al describir el rumbo que están siguiendo la revolución de la biotecnología (cómo la tecnología nos está cambiando biológicamente) y la de la infotecnología (cómo la tecnología está cambiando el almacenamiento y procesamiento de la información para conocer a las personas más de lo que ellas se conocen a sí mismas), que el historiador israelí asegura con rotundidad que ambos procesos están lanzando el sistema democrático por el despeñadero: “En su forma actual, la democracia no sobrevivirá a la fusión de la biotecnología y la infotecnología. O bien se reinventa a sí misma con éxito y de una forma radicalmente nueva, o bien los humanos acabarán viviendo en «dictaduras digitales»”. Según Harari, cuando alguien disponga de la capacidad tecnológica de acceder al corazón humano y manipularlo, “la política democrática se transformará en un espectáculo de títeres emocional”.

 

«Las elecciones y los referéndums no tratan de lo que pensamos. Tratan de lo que sentimos».

 

Muy en la línea trazada por Walter Lippmann, Harari describe el talón de Aquiles de nuestro sistema democrático: la supremacía de la emoción sobre la razón, lo que se ve agravado por la igualdad del voto, al dársele el mismo poder de decisión a personas desinformadas que el que se concede a los más eruditos. Después de todo, “para lo bueno y para lo malo, las elecciones y los referéndums no tratan de lo que pensamos. Tratan de lo que sentimos”.

 

El problema surgirá, entonces, cuando las empresas o los gurús tecnológicos aprendan a usar el gigantesco volumen de información personal que reciben de nosotros cada día para incitar el deseo o la emoción que esperan de nosotros. Como los biólogos están descifrando los misterios del cuerpo humano, en particular del cerebro y los sentimientos, y los informáticos están logrando un poder de procesamiento de datos sin precedentes, la fusión de la biotecnología y la infotecnología producirá algoritmos de macrodatos que supervisarán y comprenderán nuestros sentimientos mucho mejor que nosotros mismos, “y entonces la autoridad pasará probablemente de los humanos a los ordenadores”.

 

A medida, entonces, que los gobiernos y las empresas consigan acceder al sistema operativo humano, estaremos expuestos a una andanada de manipulación, publicidad y propaganda dirigidos con precisión, lo que se verá aún más agravado al ceder a las corporaciones, por conveniencia, el ya escaso poder de decisión que mantenemos: “Google podrá decirme que perderé el tiempo en la Facultad de Derecho o en la academia de ballet, pero que podré ser una excelente (y muy feliz) psicóloga o fontanera”.

 

A largo plazo, al unir suficientes datos y suficiente poder de cómputo, las gigantescas compañías que procesan nuestros datos podrán acceder a nuestros secretos más profundos y usar ese conocimiento “no solo para elegir por nosotros o manipularnos, sino también para remodelar la vida orgánica y crear formas de vida inorgánicas”.

 

«Es un error depositar tanta confianza en el individuo racional».

 

Mientras tanto, la gente apenas se dará cuenta de lo que ocurre, lo que no le impedirá manifestarse a favor de una determinada política medioambiental sin tener idea de meteorología o biología, o lanzar arengas contra los gobiernos de Irak o Ucrania sin ser capaz de ubicar esos países en el mapa. Como si fuera Lippmann, y sin temor a ser acusado de antidemocrático, Harari sentencia: “En los últimos siglos, el pensamiento liberal desarrolló una confianza inmensa en el individuo racional. Representó a los humanos como agentes racionales independientes, y ha convertido a estas criaturas míticas en la base de la sociedad moderna. La democracia se fundamenta en la idea de que el votante es quien mejor lo sabe, el capitalismo de mercado libre cree que el cliente siempre tiene la razón y la educación liberal enseña a los estudiantes a pensar por sí mismos. Sin embargo, es un error depositar tanta confianza en el individuo racional”.

 

Lo anterior se vería agravado porque no sabemos realmente lo que más nos conviene: “Si por «libre albedrío» entendemos la libertad para hacer lo que deseamos, entonces sí, los humanos tenemos libre albedrío. Pero si por «libre albedrío» entendemos la libertad para escoger qué desear…, entonces no, los humanos no tenemos libre albedrío”.

 

No resulta trivial, en este sentido, que Harari cite un largo extracto de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, para reafirmar su tesis de que la humanidad avanza aceleradamente hacia una distopía que la despoja de toda conciencia. No en vano, la tesis subyacente al libro de Aldous Huxley es que “los humanos son algoritmos  bioquímicos, que la ciencia puede piratear el algoritmo humano y que entonces puede usarse la tecnología para manipularlo”. Frente a lo cual los manipulados responderán con una frívola felicidad, disfrutando del placer y el sueño que les brinda su droga preferida—el soma—con la misma buena disposición y buena cara con que ahora  entregamos nuestros datos y nuestra capacidad de decisión a las grandes empresas que acumulan nuestros secretos y conversaciones al precio de quitarnos el tiempo y la estabilidad emocional.

 

Asesino ecológico en masa

Como han hecho otras grandes personalidades en los últimos años, incluido el Papa Francisco, el último libro de Harari también lanza una sentida arenga en favor de la ecología, pues este historiador asegura que “tanto en el plano personal como en el colectivo, los humanos son propensos a dedicarse a actividades autodestructivas”.

 

«Ahora tenemos una ecología global, una economía global y una ciencia global, pero todavía estamos empantanados en políticas solo nacionales».

 

Con su ya comentada habilidad para acuñar catchphrases,Harari asegura quedurante miles de años el homo sapiens se ha comportado como un asesino ecológico en serie, pero que ahora está transformándose en un asesino ecológico en masa: “De ahí que no sea suficiente que reconozcamos el peligro al que nos enfrentamos. Es fundamental que realmente hagamos algo al respecto ahora. Por desgracia, en 2018, en lugar de haberse reducido las emisiones de gases de efecto invernadero, la tasa de emisión global sigue aumentando. A la humanidad le queda muy poco tiempo para desengancharse de los combustibles fósiles. Es necesario que iniciemos la rehabilitación hoy mismo. No el año próximo o el mes próximo, sino hoy”.

 

Al respecto, no bastará con tomar decisiones unilaterales ni nacionales. Ellas deberán ser globales, lo que parece cada vez más complicado: “Con la disrupción tecnológica ocurre lo mismo que con el cambio climático: el estado nación es simplemente el marco equivocado para enfrentarse a esa amenaza. Ahora tenemos una ecología global, una economía global y una ciencia global, pero todavía estamos empantanados en políticas solo nacionales”.

Como el libro de Huxley era una terrorífica obra de no ficción, algún consuelo o salida nos quedaba. Se trataba de una angustiante novela, después de todo. El libro de Harari, en cambio, es un documentado trabajo de difusión científica que nos muestra un mundo muy diferente del que tenemos ahora. El mundo actual nos parece inmoral, crispado o conflictivo, pero lo echaremos de menos si se cumplen las tesis de Harari.

 

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