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Publicado el 14 de febrero, 2020

[Reseña] Una vida de encuentros

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

El reciente libro de José Rodríguez Elizondo, que recupera algunos capítulos de su vida, sigue un modelo interesante y que resulta original: hablar a través de países conocidos, de figuras con quienes le correspondió tratar, para terminar con algunas sugerencias bibliográficas.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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José Rodríguez Elizondo, El día que me mataron y otros capítulos de mi memoria (Santiago, Catalonia, 2019), 223 páginas.

El género memorias tiene un gran atractivo, aunque también indudables limitaciones, pero siempre es valioso para lectores interesados, para historiadores y para los amantes de la literatura. Son relatos que cuentan cosas que otros no vieron o no vivieron, pero lo hacen desde la perspectiva -los ojos y los recuerdos- exclusiva de quien narra, mientras otros podrían haber recordado distinto o guardar secretos por lealtades personales; en ocasiones cuentan demasiado y se detienen en detalles, otras veces son excesivamente escuetos y dejan historias por conocer; hay autobiografías intelectuales notables y otras que son narraciones centradas en acontecimientos y anécdotas; en fin, están los autores especialistas y aquellos que se dedicaron a otra cosa en la vida pero que en algún minuto deciden escribir. Así, los lectores, felizmente, tenemos derecho a elegir qué leer y qué no, cuándo y cómo hacerlo y dónde concentrar nuestros intereses. Chile, además, es un país que tiene grandes memoristas.

Valga esta introducción para presentar el reciente libro de José Rodríguez Elizondo, que recupera algunos capítulos de su vida, pero sin llegar a ser unas “memorias”, pues no comienzan desde una lejana niñez para luego desplegarse cronológicamente. Sigue un modelo interesante y que resulta original: hablar a través de países conocidos, de figuras con quienes le correspondió tratar, para terminar con algunas sugerencias bibliográficas. 

El punto de partida es un momento crucial de la historia de Chile: el 11 de septiembre de 1973, que también marcó el comienzo del exilio del propio autor, tras un breve paso por la embajada de Suiza, como asilado. Durante la Unidad Popular había sido funcionario en la Contraloría, además de escribir interesantes artículos en revista Principios y publicar el libro Mitología de la ultraizquierda (1971). En el extranjero vivió “tres años y un día”, como señala irónicamente, en la República Democrática Alemana −la de Honecker y del Muro de Berlín−, en un exilio duro y complejo, marcado por la evolución intelectual y política del autor, por experiencias humanas dolorosas (el espionaje de la Stasi y de algunos conocidos, el sufrimiento de otros), las luchas o disensiones dentro del comunismo chileno, los amigos y conocidos con sus problemas y la fuga final. El otro destino fue Perú, al que estaba vinculado por razones familiares, y donde Rodríguez Elizondo desarrolló una interesante y a veces sorprendente carrera periodística, “la profesión más bella”, en la revista Caretas, donde entrevistó a chilenos de la oposición a Pinochet (como Radomiro Tomic y el escritor Jorge Edwards), el canciller del régimen Miguel Schweitzer, economistas de relevancia mundial (nada menos que Paul Samuelson y Milton Friedman), además de manifestar una especial preocupación por los temas internacionales, en momentos de conflictos limítrofes entre Chile y Perú (sobre lo cual hay revelaciones y reflexiones de interés).

La selección de personajes es atractiva y culta, con momentos de intensa emoción: Neruda y Jorge Edwards, los comunistas Volodia Teitelboim y Orlando Millas, la figura carismática y trágica de Alan García y el escritor Artur London, entre ellos. Los pasajes sobre Neruda -sobre quien comparto interés y admiración- son particularmente valiosos y cruzan el libro, no se queda en un par de anécdotas, sino que profundiza en su poesía, la política y la del amor, aquella que es más conocida e incluso el (casi) olvidado “Un hombre anda bajo la luna”, brillante poema de la primera etapa del poeta. Teitelboim y Millas -ambos a su vez memoristas- muestran momentos importantes del Partido Comunista en el exilio y las contradicciones o matices de sus líderes: el segundo murió en 1991, en Holanda, “como un religioso que fallece dentro de su orden tras haber perdido la fe”.

Fidel Castro, héroe de la izquierda de los sesenta y setenta (y más allá para algunos) es analizado con profundidad y espíritu crítico, desde la “invención” de la muerte de Allende a la revolución que dejó de serlo, en la Cuba visitada en 1969 y 2016. No ocurre lo mismo con algunas reflexiones sobre Stalin y Neruda que, me parece, no aborda el tema central del paso de la adulación al dictador soviético al “silencio público y reconocimiento privado de los errores”, tras el discurso de Jrushchov en 1956. El tema de fondo era la adhesión comunista a la Unión Soviética, que permitía adherir a Lenin y Stalin, repudiar a Trotsky o sumarse a las críticas de Jrushchov, según fuera la línea oficial de Moscú.

Las memorias de Rodríguez Elizondo culminan con un decálogo de “bibliografía virtual”, que podrían interpretarse como preferencias personales o como recomendaciones de lectura. Hay poesía y ensayo, estudios políticos y novelas, que transitan ideológicamente desde un “marxismo sartreano” hasta el “extremismo de centro” del autor. Vale la pena leer algunos de ellos, o todos.

Se podrían comentar o anunciar otras cosas, pero lo mejor sería leer el libro, que es entretenido, culto e histórico. Se lee de un tirón y algunos lectores quisiéramos que fuera más largo. Sin embargo, es indudable que El día que me mataron y otros capítulos de mi memoria es un libro valioso, interesante, que recrea momentos y personajes de la historia reciente de Chile, donde el autor demuestra pasión por la escritura y una vida y épocas disfrutadas -y sufridas- intensamente. El regreso a Chile en 1983, aunque sólo fuera de paso, muestra a la rápida los cambios de Chile en una década

Después de todo, aunque se dio por muerto a Rodríguez Elizondo en 1973, ha tenido una larga vida posterior, parte de la cual aparece en este atractivo libro, que nos permite recrear la vida de Chile en las últimas décadas.

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